Memoria y no. Rafael Soler. Huerga y Fierro. Colección “Rayo azul”. Madrid, 2024. 108 pp.
Reivindican algunos poetas la sospecha o la duda que siembran los recuerdos. Esto es así: una parte de lo vivido que se alberga en la memoria se diluye con la parte de lo imaginado. Al expresarnos sobre la juventud, el amor, las personas queridas, entramos en terrenos pantanosos, nos movemos en el ámbito del “pudo ser así”. La analogía con la escritura parece evidente: se halla una parte de la experiencia y otra de la ficción. Memoria y no (Huerga & Fierro) responde a esa sospecha que destila al recordar.
El título despierta un mundo inquietante, un microcosmos del pasado, del que su autor, Rafael Soler, cimienta una parte de nostalgia y otra de apartamiento. Así pues, nos brinda dos partes que, a priori, serían opuestas, y a posteriori, complementarias. Las alegrías nacen de la oscuridad, y así se explica también que el dolor acuciante deje rastros que funda lo vivido y lo que pudo ser vivido.
El escritor valenciano, residente en Madrid, novelista primero y poeta desde siempre, dejó reunida toda su trayectoria poética hasta la fecha en la publicación de Vivir es un asunto personal (Olé Libros). Sin embargo, es patente, su obra sigue en marcha.
El más reciente de los poemarios guarda dos gestos con los anteriores. Dos gestos que tienen que ver con la actitud de Soler: la honestidad y el gusto poético. Y aunque el poeta ha evolucionado desde su primer libro de 1979, Los sitios interiores (Finalista Premio Adonáis), todavía reconocemos una voz muy singular.
Memoria y no está dispuesto con un poema inicial escrito en letra cursiva, “Toda una vida te lleva ser mortal”, que apareció publicado en revistas, cerrando el volumen Vivir es un asunto personal. En él se nos aparece, con un guiño dramático (“mirad”), como una figura que parece mantenerse al margen de sus recuerdos (“nada pregunta del que fue / nada sabe del otro que será”), y así, toma la forma de caída, de cuerpo asido a la intemperie: “dejadle así / abrazado a su urna / hasta que llegue al mar”.
La memoria se sustenta en dos secciones, plena de imágenes surrealistas: una primera, “A reloj candente podríamos decir”, que contiene cuatro poemas, donde destacaría “Empieza el tiempo de descuento”. Su comienzo nos zozobra:
«Llega el instante
de dar tinta y papel
a su memoria
por coito un monedero
por tertulia un soliloquio
por abrazo en soledad los hombros».
Se muestra el discurso poético tan puro como libre, y en consonancia con la poética del valenciano, en comunicación directa con el lector. Por esto nos parece siempre tan cercano, tan sin coraza.
La sección nuclear, “Limpieza semana con un cuchillo”, nos predispone a un viaje, mediante imágenes surrealistas, por el ámbito de la memoria, con poemas que nos remiten al vacío (“La vida que ocupo / es casa tomada / espejo cuartel para tenerme”) y a la soledad de personas queridas (“Primera puerta al frío” o “Quedamos seis, y éramos cincuenta”). En las muestras de renuncia destaca el poema “Y si fui lo que hice, ¿seré lo que esperan?”: “vano empeño volver a los orígenes / alzar pecho y voz como antaño alcé / mi petición primera // de barba impoluta listo para el día / seguro servidor de otro cuaderno”.
Pese a que Soler extrae diferentes temas de la modernidad (la recreación del ambiente de los bares, la soledad, la necesidad de vivir, el desenfado), un inventario del amor (al hecho de vivir, al deseo, la lejanía del deseo), hallamos en esta sección, que es marca de la casa, una obsesión por la muerte (y de su opuesto, el olvido), que, unidos, nos conduce a la paradoja barroca, por excelencia.
En el aspecto estilístico, mantiene Soler su expresión libre, tan suya. El sujeto no se oculta sino que exhibe de sus adentros lo que estalla. Puede verse en el poema “Todo cuanto sea historia y biografía”, una muestra íntima de esa cercanía, pauta de que el aprendizaje pasa por el fracaso: “esta indagación de la nostalgia // zarpar herido / algo que brille y me conmueva / el temblor que anuncia una farola / […] lugar para el encuentro / con cuanto soy y comparezco”.
En el modo de decir irónico hay algo que parece distanciarse de lo vivido. Se hace necesario para afrontar el mundo hostil y el peso que adquiere uno consigo mismo. En la colocación en línea con versos separados con la composición que abren cada sección. Así, en “No tienes nombre, dicen”:
«en cuanto a mi/ vencido por perdido / dejaré de
madrugar bien lo sé // coxis / fémur melancólico /
rumor de hojas que en su decir cabalgan // abrazado a
la noche con mi almohada».
Lejos del sometimiento de las convenciones, Soler se queda solo con palabras y sintagmas en minúsculas, sin signos de puntuación. Su estilo es transgresor, vallejiano. Hace añicos los tópicos y no da las frases por hechas porque buscan otro rumbo semántico. Es el poeta que explora una realidad que todos sentimos y la palabra se impone. Sigue teniendo un estilo muy vanguardista: rompe la sintaxis, ofrece un giro interpretativo.
Para terminar, un fragmento de la composición “Tengo una ojiva nuclear en la nevera”, donde se refleja el gusto por presentarnos la desnudez de un sujeto lírico que ha vivido con pasión y el gusto poético por el verso deshilado pero firme, con pleno convencimiento de que se hace necesario ese ajuste de cuentas en lo vivido y en lo escrito: “Así descalzo escribo / a letra corrida en el teclado // metáfora poética del parque al dormitorio / planta cuatro / creo / habitación esquina doce / afirmo / en fuga las neuronas / caspa cerebral y nochevieja / toma otra serpentina / campeón // ignoran / que están en lo mejor de su peor / que también ellos perderán / lo nunca escrito // una pierna / o la mujer amada”.


