Sobre la nieve

Ilustración de Carmen Benítez Robles.

En cada uno de nosotros,
un niño sigue a la espera de la nieve.
J.M. Maulpoix.

Algo marino, como de algas flotantes, se mece en lo profundo de mi sueño, cuando mi madre me toca el hombro para despertarme. En la oscuridad sin límites de la cabaña, oigo el tictac del reloj medio oxidado de la alacena, pero al mismo tiempo sigo braceando por las corrientes glaucas de un sopor cargante y viscoso.

Ella ha encendido un quinqué y, a su luz, que ilumina en parte su dulce rostro, me dice, con voz suave, que me vista, que me dé prisa en salir.

Ignoro por qué estoy tan agotado. Tal vez porque no haya dormido bien a pesar de ese calor placentero que, durante la noche, ha preservado —y todavía continúa envolviéndome el cuerpo— mi colchón relleno de lana sin escardar. En ese letargo, que ella interrumpe, me llegan, a través de la puerta entreabierta, en una lejanía sin divisorias ciertas, susurros de impaciencia y un fresco relente, y tardo en comprender que aún continúo metido en la cama.

Desde que me despertó, desde que abrí los ojos por primera vez, hasta que me vuelve a tocar el hombro y a repetir que he de levantarme, que haría bien en salir enseguida, tengo la impresión de que han pasado siglos. Y, sin embargo, apenas si fueron unos segundos.

Me pregunto, en ese instante, por qué mi madre me ha llamado y me ha cortado en dos el descanso, qué hace, junto con mi padre, al que no veo en la cabaña, levantada a esas horas infrecuentes de la densa madrugada. Pero no abro la boca.

Entonces, me sacudo la torpeza y me incorporo con parsimonia. Me pongo pronto la ropa y, al acercarme a ella para salir, mi madre me señala:

—Abrígate bien.

Y, en cuanto advierte mi desconcierto, añade:

—Está nevando.

Es increíble. Quién podría haberlo imaginado. Cómo algo así puede ser posible. No acierto a explicar lo que me embarga. Nada ni nadie es capaz de comprenderlo. Me dan ganas de brincar, de chillar. Al fin, después de tantos años, después de tanta espera, se hace realidad esa nieve insólita de la que tanto hemos oído hablar, la que aguardábamos desde el arcón de la más tierna infancia, la de los juegos interminables, la que teñirá el paisaje acostumbrado de un silencio nacarado, esponjoso y esencial, la que nos acercará a las más primitivas leyendas de abetos verdosos, a los dibujos de renos y de otros raros animales de pelaje albino, al hechizo del nuevo año y a sus luces mágicas, aún lejanas.

Quisiera expresar a mi madre cómo me siento, pero en lugar de eso sólo se me ocurre darle un atropellado beso en la mejilla. En su gesto sereno, en su mirada que brilla a la luz del quinqué, en el amago de su sonrisa cómplice, observo que no es preciso decirle nada.

Lástima que los más pequeños se hayan perdido ese asombro de la nevada, que no aconteció hasta que ya estábamos acostados y bien dormidos. Y lástima que mis amigos no se encuentren aquí, ahora, para compartir todo esto en su compañía. En cuanto salga, sea o no noche cerrada, no dudaré en ir a buscarlos.

Y, mientras mi madre se gira para colocar el quinqué sobre la chimenea, me abrigo bien, me pongo un gorro de la lana, me calzo mis únicas botas y me planto a la puerta de la cabaña en el menor tiempo posible. Mi deseo es salir al exterior con cierta pausa para que este hecho extraordinario quede grabado a fuego en mi memoria e, inmediatamente, salir lanzado y corretear como loco por la superficie helada, lanzarme de panza sobre la nieve.

Pero, una vez en el umbral, algo me detiene de golpe. En ese amplio calvero de tierra sin empedrar que rodea la cabaña, envueltos en el sólido y esperado aire cortante, aldeanos armados con palos largos y afiladas herramientas de labriego, algunos provistos de linternas de petaca y otros rodeados de lámparas de parafina, que reposan en el suelo blanco, parecen esperar órdenes.     

Con nieve y todo, fuera, ni la noche es despejada, tal vez por las luminarias, ni el cielo, limpio. Y esa caída de albor tan de improviso, su clara presencia, ha pasado de pronto a un segundo plano —empiezo a preguntarme si la causa por la que me despertó mi madre fue la nevada— y la ilusión de poder salir, saltar, tirarme de cabeza al polvo acumulado durante la noche, en esas condiciones, se desvanece.

Atenazado por esa otra sorpresa a la puerta de la casa, un cierto respeto me oprime el gesto ante tanta gente. Me muevo con reservas, con menos entusiasmo del que hubiera deseado en un principio, para confundirme lo más aprisa posible en su entramado de piernas y, de ahí, no moverme. Eso no me impide, pese a todo, disfrutar de esa maravilla, de ese milagro que son mis primeros pasos sobre la nieve, almohadillados, crujientes, siempre demasiado breves.

Por otra parte, estaba lejos de imaginar que esa partida de hombres, engastada en la calima, que patea el suelo endurecido, se frota las manos y lanza, a través de sus bocas, fumaradas de aliento y de tabaco al aire gélido, aguardara al sereno, con temperaturas tan bajas, nada más que por mí. Tengo que rebuscar profundamente en mi memoria para recordar algo semejante. Creo que no se daba desde la agitación con la que se reunieron todos ellos, bien pertrechados, a la caída de una tarde de primavera, hacia el otro extremo de la aldea lindante con el alcornocal, en aquella ocasión nunca olvidada en la que quisieron dar caza al gran jabalí, que tantos destrozos causó en cultivos, vallas, otros animales y viviendas, y tanta angustia y quebraderos de cabeza nos dio a sus habitantes.

Así, a partir de ese momento, incorporado a la cuadrilla, observando ahora sus pantalones de lona dura y de tela áspera, los saltitos de aquellos que quieren entrar en calor, me tomo por un adulto más, aunque siento un pudor penetrante, que se me desliza espinazo abajo, porque soy el único muchacho y supongo que por esa razón trato de no llamar la atención, de mezclarme con la mayor prontitud y discreción posible entre ellos. También porque ese algo ha frenado en seco mi dicha inicial y me dice que no será ya posible el juego y, sobre todo, volar alocadamente al encuentro de los demás chicos para celebrar la gran noticia.

Amparado ahora por tantas figuras silenciosas, a salvo de miradas, no he podido resistir agacharme para tomar en mi palma una porción de nieve crujiente, palparla con mis dedos, apelmazarla en un ovillo y al final, con disimulo, soltarla y verla caer en un golpe, sin ruidos y redondeada, en el suelo. Y ese gesto me ha obligado a meterme las manos en los bolsillos de mi pelliza para calentármelas. Sin guantes de protección, la nieve se traiciona, desvela sus misterios y sus trampas y, al contacto con la piel, queda desnuda de engaños y entumece, insensibiliza, quema.

Mientras mis manos se me caldean, difícilmente, levanto la cabeza y me distraigo con el aleteo mareante e hipnótico de los copos que se descuelgan, se agarran a las vestimentas de los adultos y se desmoronan extraviados en torno al brillo de las lámparas y de las linternas que iluminan la superficie lechosa, pisoteada ya de grandes huellas moldeadas, con su fondo de tierra licuada.

Ilustración de Carmen Benítez Robles.

Hace un rato que no veo a mi madre, desaparecida en el interior de la vivienda y la puerta que se cerró. No me ha dado tiempo a despedirme de ella. Tampoco, cercado por tanto cuerpo mayor, podría haberlo hecho.

Entre los hombres, nadie habla ni pregunta nada. Sé que lo hacen porque ante la pureza muda de ese manto nevado cualquier siseo puede parecer blasfemo. El paisaje ha adoptado por sí mismo, como en un prodigio, sus propias vestiduras, que en principio ninguno de ellos se cree con derecho a rasgar, por un temor inmemorial, por un respeto atávico. Pero todos intuyen que ha llegado el momento de emprender la marcha.

A una leve señal, tal vez de mi padre, los hombres, ensombrecidos a medias, arrojan al suelo, bien apuradas en bocanadas compactas, sus colillas que se hunden con un tenue silbido en la nieve y, a continuación, se desplazan unidos en dirección a un mismo punto, por un camino que nadie es capaz de ver realmente.

Al movimiento inicial, la espadaña triangular de la iglesia con su hueco para la campana, las casitas de madera, retama o piedra y cal, van quedando poco a poco a nuestras espaldas, mientras la irrealidad fantasmal en la que andan inmersas las hace casi flotar en la neblina, con esos contados ventanucos escasamente perfilados por las luces que escapan de sus interiores.

 Si no me equivoco, hemos tomado por la cañada que enfila hacia la ladera norte y que desemboca, me pregunto por qué, en el cementerio. Es difícil precisarlo, porque la blancura maravillosa de la nieve despierta tímidamente los contornos en la noche, pero no lo suficiente, por culpa de esa bruma apretada, de esas nubes bajas.

Yo la conozco bien, esa vereda por la que transitamos, cada tronco musgoso que la escolta, cada piedra rugosa, amolada o cortante, oculta ahora bajo una espesa capa blanquecina. Cuando no le echo una mano a mi padre en el trabajo por el monte o por las huertas o aprendo a leer y a escribir junto a los otros niños, me pierdo por ahí con mis amigos para acechar nidos de pájaros y recolectar bayas y piñas, recortar ramas y leños, seleccionar y guardar como tesoros rocas raras, espesura adentro.

A través de ella, en compacto grupo, avanzamos con calma, hundiéndonos cada vez más en la frialdad de esa nieve recién caída, inmersos en el velo glacial que todo lo envuelve, con nuestras luminarias y herramientas.

Lo único que rompe el ligero susurro de la brisa helada, que custodia su mutismo blanco, son las pisadas —me recuerdan al sonido de mi lengua a contrapelo en una cucharada de leche en polvo, apelmazada en el cielo de mi boca—, también una tos, un carraspeo, los roces del metal y de las telas ásperas de duro paño.

De las lámparas emerge un cono luminoso amarillento que, en su dibujo, hacer resaltar la caída de esos copos convertidos en gotas ardientes y fugaces, como surgidos de una forja, que se posan con suavidad hasta desaparecer sobre la túnica cuajada del camino. De tanto en tanto, se apaga una de ellas, que alguien vuelve a encender prontamente, con una cierta confusión acústica de cristal y de latón.

A ambos lados del camino, se suceden árboles negros, algo menos furtivos en la oscuridad y en ella, rompiendo la quietud, ligeras fricciones del ramaje, trozos de hielo en partículas que se desmoronan, cóncavos soplos de aves nocturnas, también tauteos. Y yo me refugio, aún más si cabe, con un ligero escalofrío e inseguridad, en el centro de los que marchan, sin descanso y en silencio.

Durante la expedición, mis ojos se van acostumbrando a la grisura. Advierten la senda sin salida que conduce, efectivamente, hacia ese barranco sobre el que se levantó, en un tiempo olvidado, el cementerio. Los más jóvenes nunca nos hemos aventurado de noche hasta ese punto en concreto, por desconfianza, por superstición, por miedo quizás. Y rara vez, de día.

Parece que llegamos, pero no es así. La travesía se me hace larga, pesada y fastidiosa, porque la nieve se me agarra, con fuerza y porfía, a mi calzado y a mis pies adormecidos y estorba y frena a sabiendas mi avance, como en los sueños.

Un hombre alto y muy delgado, que camina a mi lado y cuyo rostro no consigo reconocer, me ajusta el gorro hasta cubrirme las orejas. Posa por encima de mi hombro un brazo con el que me llega un olor a caballerías, a trabajo en el bosque y en los campos, a setas y, también, un fuego agradable y amigo que protege y resguarda la parte superior de mi cuerpo de la intemperie.

Ahora, sí, la partida se detiene. Ahí está la verja de entrada. Una de sus hojas, abatida, no se encuentra en su lugar de costumbre, pero la cerradura está intacta. Tengo la impresión de que, simplemente, la han arrancado de cuajo, con sus bisagras medio oxidadas, de su soporte de piedra, y la han arrojado a un lado para que quien quiera que sea se haya abierto paso hasta el interior. Hace falta mucha fuerza para hacer eso.        

Uno de los hombres, alto y de brazos fornidos, por iniciativa propia, se separa unos pasos de la partida con gesto contrariado y trata de levantarla al brillo de un par de linternas. Pero es muy pesada. Resopla. Chasquea la lengua. Ceja en su intento y, de inmediato, otros dos hombres acuden en su ayuda, dejando una de las lámparas sobre el suelo nevado.

Con un pujante esfuerzo, al decidido movimiento de corrección de sus firmes extremidades, la cancela desencajada cede al fin, se desliza y roza contra la otra. Ese movimiento a contrapelo provoca un eco afilado y chirriante, una aguda hendedura de hierro contra hierro que abre en canal, como una puñalada, la discreta y calma armonía nocturna.

En paralelo, inesperado, como una respuesta inmediata, se produce un estrépito destemplado y fuera de lugar, que desata automáticamente, hacia la cara norte del cementerio, por donde andan las sepulturas más antiguas, alguna interjección, blasfemias, el sobresalto imprevisto de un mar de cascotes quebrados, de choques de palas, pasos apresurados, carreras atolondradas, en la noche anómala. No hay duda. Gente extraña se mueve por ese flanco del cementerio y la partida, la sorprendida en su tarea, se revuelve como cola de reptil, espontánea y en un puño, en esa dirección, con las herramientas y las estacas preparadas, las lámparas y las linternas en las manos estiradas, elevadas a la altura de las cabezas y hacia adelante.

De inmediato, como a una señal repentina y ficticia, alguien recoge el petromax, que había posado en el suelo para intentar reparar la cancela, y con el resto de los hombres echa a correr hacia esa zona de la que provienen los rumores, en tanto los reflejos que los rodean comienzan a desplazarse y se alejan también con rapidez, en la oscuridad engañosa. Con ellas, huye el brazo que calentaba mis hombros y el grupo al completo, en una piña, desaparece a mi vista, con mi padre a la cabeza, en los adentros de la noche gruesa pintada en parte de nieve limpia.

Tras las carreras, ya a lo lejos, percibo una sucesión de gritos, insultos, forcejeos, lo que parecen golpes acolchados y un indisimulado cabeceo de luces. Pisadas blandas resuenan apenas en la más completa oscuridad, por detrás de la tapia trasera del cementerio, y luego se deslizan hacia el bosque más profundo, hasta esfumarse definitivamente en una especie de vacío.

Y ahí lo tengo, tan terrible y rotundo, primario y eterno, el silencio que se instala en el mundo tras la nevada. Y, en seguida, sus apariencias. La noche brumosa se lo traga todo con ellas y una mudez mineral acaba por rodearme y convertirme en un espectador inexistente, que tarda en acostumbrarse a la blandura de las tinieblas.    

No me moví, por instinto, a la alarma de los perseguidores y ahora, me encuentro solo y como desnudo. Por arriba, no hay cielo, no hay estrellas, todo es opacidad o de un gris espeso, casi táctil. A mi alrededor, un sudario de hielo alumbra escasamente los alrededores y algunas chispas emplumadas siguen cayendo de esa nada, muy lentamente.

Siento cómo penetra algún aislado copo por mi cuello indefenso y un vahído gélido a través del dobladillo inferior de mi pelliza, demasiado ancha, la sensación de desamparo y un estremecimiento de desconfianza columna arriba, por encontrarme a solas. Y, al momento, me asalta el recuerdo de ese ausente brazo protector del hombre alto, que agranda el frío intenso sobre mis hombros.

A mi derecha, algo en lo que no había reparado, cercana a la cancela, logro distinguir una tumba, con la losa corrida, que bosteza en un cuadrado negro y profundo, en contraste con la tierra nevada. Quien quiera que sea la ha abierto y la ha dejado con la forma de una manta escalena, que me atrae y me ofrece un descanso deseado, sobre una cama honda y negra.

Hay restos de madera carcomida y descascarillada a un lado y otro, ropa podrida y huesos quebrados, un cráneo de ojos ahuecados, todo a medio cubrir por la blancura de la nieve caída a su alrededor. Más allá, tras un pisoteo de huellas hundidas, se perfilan lápidas y cruces, algunas aplastadas y desclavadas, previas a las hojas de lanza de unos cipreses de blanqueado fosforescente que, muy tiesos y crecidos entre todas ellas, sirven de decorado inmóvil antes de tropezarse, ya al fondo, con la tapia lateral.

No quiero dar un paso. Me horroriza pensar que cambie la fuerza de la corta brisa y uno de sus embates pueda hacerme caer en el interior de ese foso hueco de oscuridades. Pero tampoco me alejo de ella caminando hacia atrás. De pie, ahí continúo, en mi orfandad, con las manos en los bolsillos de mi pelliza en lo que primero son segundos, luego minutos, después tal vez horas. Anudado a una tierra congelada que se nutre de mi propia ansiedad, los pies helados, las manos ateridas y probablemente enrojecidas, la nuca rígida, he perdido la noción del tiempo.

En casa, pasé por delante y olvidé echar un vistazo al reloj despertador. Todo son dudas y no sé por qué me parece tan importante, ahora, en ese lugar, un detalle como ese, el de saber la hora exacta, y echo de menos la compañía acompasada de su tictac oxidado.

En torno a mí, la tierra está repleta de nieve, pero la nieve como tal, como acontecimiento cautivador, ya no existe, sólo el frío intenso, la sensación de soledad y aislamiento y una continua palpitación, escalofríos por todo mi cuerpo, que no se reflejan en mis miembros adormecidos.

Mientras tanto, el aire araña mis mejillas escarchadas y yo prefiero no moverme, ni siquiera golpear el suelo con los pies para entrar en calor. La escena es de hielo y podría hundirme en él, ahuyentar o atraer o quebrar algo, hacer estallar mi cuerpo en afilados fragmentos de carámbanos colgantes.

En lo que a mi fuero interno se refiere, no me han arrancado aún del colchón de lana sin escardar de mi catre y todo sucede por ahí, estancado e intemporal, como en una duradera y espeluznante pesadilla, bajo la rala nevada, si no fuera porque no hay calidez deleitable, únicamente ese helado y puntiagudo filo de cuchillo que se hunde en mi cuerpo y endurece, en un pedestal petrificado, mis pies.

Pienso en todos aquellos que viven por tierras en las que la nieve tarda meses en fundirse, en todos aquellos que se pierden por sus desiertos helados y desaparecen con una sorpresiva sonrisa de felicidad, extraviados y endurecidos en su azulado pellejo hasta que, llegada la primavera con su deshielo, se desvisten en un fundido resbaloso y son descubiertos intactos, si no los han devorado ya las bestias salvajes. Pienso en eso y una sucesión de imágenes se apelotona en mi mente, agrandada con el abandono y el terror de la cercanía de las tumbas ennegrecidas.

Ignoro cuánto tiempo ha transcurrido desde mi llegada a esos dominios alterados y aun así invariables hasta que, lentamente, empiezo a vislumbrar la poquedad de unos débiles destellos, fuegos fatuos enmascarados por el velo de la niebla, que se aproximan, entre esos árboles disfrazados con un sudario retorcido en sus ramas. De repente, suspendidos en la atmósfera helada, son linternas de petaca y fanales de tormenta, que oscilan, vacilan, se balancean y se acercan, con tanta lentitud, tan distantes, que creo que jamás van a llegar hasta mí, lo que acentúa esa sensación de zozobra, de vivencia alucinada.

Por encima de la visión equívoca de esas luces, siento el rumor de unas pisadas, espero y creo que familiares, parsimoniosas, compactas, sincopadas, enguatadas sobre la capa de nieve caída. Y siento también voces enronquecidas, frases entrecortadas que no hacen sino paralizarme todavía más. Entre ellas, oigo lo que parece mi nombre. En efecto, me llaman.

Aliviado, pero agarrotado por todo lo que experimento, intento responder con lo que resulta un débil hilillo de voz, deshecho por la extensión de la cúpula gaseosa que me envuelve y por sus sombras. Y, a pesar de mi inmovilidad, afonía y desconfianza, me oyen.

Y es cuando todos esos hombres me alcanzan de nuevo, se reúnen conmigo, me iluminan. Y consigo, medio deslumbrado, reconocer entre ellos a mi padre quien, con los labios apretados, apenas si me dirige una mirada (de preocupación y asimismo de apoyo, por no haberme movido del sitio). Y advierto resuellos, silbidos, chasquidos de lengua, enojo de aquellos que hablan en alto, ya sin temor ni turbación.

—Esos, seguro que ya no vuelven.

—Mañana, regresaremos para adecentar un poco todo esto.

—Sí. Y elevaremos las tapias, reforzaremos la cancela con mortero, colocaremos un grueso candado y, entre todos, improvisaremos una oración.

—Que alguien se ocupe también de hacer un recuento de lo que hemos recuperado, cuanto antes.

Y, en seguida, los hombres se van recogiendo otra vez, en un mismo grupo cerrado, y dejan de hablar. Están junto al camposanto. No hay duda de que quebrantar ese silencio de rígido vidrio con palabras sería casi sacrílego a esas horas, a pesar de los destrozos, a pesar de la nieve o por culpa de la nieve. Se trata de hombres cetrinos, recios como sus ropas, que se mueven por impulsos, no siempre explicables, pero respetuosos que, sin saber cómo han de actuar, esperan una respuesta a sus declaraciones en voz alta, un consuelo, una confirmación, una orden de regreso.

Cuando están todos juntos y yo me siento algo mejor, más serenado, si bien esa sensación de irrealidad que me asalta no cesa, los hay que aprovechan para echar mano de la petaca y liarse un cigarrillo. Comparten papel y hebra. Lo encienden con sus mecheros de yesca. Luego, sin esperar a acabarlo, con él pegado a los labios, se frotan las manos y se mueven al unísono. Recogen las lámparas, se echan las herramientas al hombro, seguidos de espesas bocanadas de áspero tabaco, y retoman el camino. Nos queda la larga vuelta, ya sin las extrañezas de la novedad o la sorpresa, de la aventura.

Por el suelo, a lo largo de la vereda, he descubierto, aún sin borrar, del revés, diferenciadas por su pequeñez entre tantas otras, mis huellas de la ida. Recortadas en la nieve menos limpia, mi primer impulso es, en un juego que me haga olvidar lo vivido a la entrada del cementerio, el de acertar a poner el pie sobre ellas. Eso me relaja, me sosiega, me hace obviar el frío que estoy sufriendo. Pero algo no me cuadra. Algo recóndito por lo invisible, por lo inexplicable, flota en el ambiente. Entonces, mi júbilo infantil deja paso a la incertidumbre y esa distracción, al final, casi me avergüenza.

En el susurro afilado de las herramientas que tropiezan entre ellas con sus roces de metal, observo la estrella fugaz de una colilla que forma en el aire una curva descendente, tropieza y muere finalmente en la palidez porosa de la nieve. Un bandazo de lámparas medio encendidas, el chisporroteo de sus llamas, describen breves arcadas de luz que inflaman en un suspiro todas las piernas para luego oscurecerlas en su avance por las sombras. Entre ellas, hay alguna linterna que pierde fuerza y un labriego la sacude y golpea repetidamente para reavivarla, esta vez sin detenerse y sin conseguirlo. Y la deja que se apague y continúa su marcha.

Ni uno solo de esos hombres se dirige a mí en su andar cansino. Como si no existiera, sigo oculto y resguardado entre ellos, donde la frialdad se hace sentir algo menos a pesar de que el señor alto y delgado, de cara huesuda, no ha vuelto a protegerme con su brazo. Ni siquiera lo veo entre ellos.

Y ahí está de nuevo la aldea. Presiento, descubro su proximidad, revelada poco a poco, de lejos, en la cuadriculada claridad de una ventana en la que se adivina una bujía, en el recorte del hueco donde se halla la campana de la iglesia, en el lento plumero de humo de alguna candela que adorna la techumbre de un imaginario chozo.

Pronto, todos nos detenemos. Con tanto ajetreo, ni siquiera he prestado atención a los rumores que escapan del bosque oscuro que ha quedado por detrás, a merced probablemente de extrañas fuerzas.

Hemos llegado en el mismo tiempo o puede que más deprisa o que, con la familiaridad de lo recorrido, así me lo parezca. De nuevo en el amplio calvero desde el que partimos, poco hay que decir. Recuperamos lo conocido, las pisadas de las botas calcadas sobre la nieve y su aplastamiento.

A lo lejos, por encima de nuestra cabaña, el día hace ademán de despuntar y acercarse, desbordando las supuestas colinas, con un claror tímido y ahogado. En esa alborada que crece, se oye el canto grumoso de un gallo, algún ladrido. La nieve se agarra a las techumbres ahora blancas de las casas, de sus chamizos, al ramaje de los árboles cercanos, crispado y brillante de efervescencia cristalizada.

Con la cabeza gacha, esos hombres empiezan a ganar su propia morada, sin palabras. Apenas si gruñen para despedirse. Se dispersan —poco queda para que se reincorporen a sus trabajos entre carbón, terrizo, huertas, acémilas, troncos de leña, fragua, talabarterías, algún comercio—, hasta que no quedamos en ese espacio abierto nada más que mi padre y yo, frente a la puerta de casa.

A su ida, me doy cuenta de que no he reconocido un solo rostro entre todos ellos, tal vez y muy lejanamente un cierto timbre de voz. Y cuando se ha perdido cada cual por su camino, pienso que he echado de menos sus carcajadas, su buen humor, su afición a contarme, con sus voces fantasmales, al relámpago naranja de sus pitillos, las historias del bosque, de sus desaparecidos lobos, de sus comadrejas sangrientas, de sus taimados zorros, de sus cautelosas y espectrales ginetas.

Mi madre, que ha apagado el quinqué, nos recibe con un chal de lana sobre los hombros, el pelo suelto, lo que parece cara de inquietud, su hombro izquierdo pegado al marco de la puerta. Su silueta se recorta a la claridad de oro fundido de una lumbre recién encendida que, a su espalda, resplandece y caldea la casa. Sonríe a mi padre y recoge su fanal. Me da un beso en la frente.

Entramos y, una vez traspasado el umbral, siento el profundo y cálido abrazo de los olores familiares. He penetrado en la placentera seguridad de mis dominios. Como telón de fondo, las llamas bailotean pared arriba como un armazón inmaterial que colma la casa de destellos movientes y de un agradable ardor. Veo un cazo con agua hirviente entre las ascuas.

Me quito las botas. Me deshago de la pelliza. Me desvisto. Me recuesto en el catre.

El colchón ha perdido hace tiempo la calidez que retuvo durante la madrugada. Tendré que volver a recuperarla cuanto antes en una cómoda postura de insecto enroscado, cubierto hasta arriba de mantas. Me quedaría fuera, tendido en la nieve, hundido en sus partículas primigenias o pegado a la ventana abierta, sin dejar de mirar hacia los alrededores nevados. No soy tan iluso como para pensar que eso sea posible, ni una cosa ni la otra.

El viejo despertador de dos patas, apoyado en una balda de madera sin desbastar de la alacena, perpetúa su tictac, con obstinación e indiferencia —olvidé de nuevo mirar la hora—, mientras la leña que arde en el hogar trepida y estalla en chispas llamando de vez en cuando la atención de sus tres moradores en la estancia. Todo en este pequeño espacio está a años luz de la negrura y frialdad de la tumba abierta que, no sé por qué, acaba de volver en ese momento concreto a mi memoria.

Desde el catre, oigo a mi padre, que charla con mi madre, en voz muy baja, sentados ambos al favor del fuego. De sus fuertes manos, agarradas a un gran tazón de loza, como las de un oficiante que inicia una ceremonia única y secreta, escapa el vaho ensortijado de una infusión de hierbas. Habla de creencias, de infortunio, de desazón. Habla de un vacío que no alcanzo a entender.

Mi madre lo escucha con atención y guarda un silencio vencido y doliente.

Me separa de ellos una simple cortina de tosco estambre, con algún desgarro, a través del cual consigo ver y oírlo todo. No quiero moverme, revelarles que sigo despierto, que los oigo, pero tampoco cerrar los ojos, descansar, porque me es imposible conciliar el sueño con unas imágenes vívidas e imborrables que se arremolinan, revolotean, van y vienen en mi cabeza como si imitaran, algo menos alocadas, el baile de esos mismos copos del exterior.

Desde fuera, por alguna rendija, se cuela otra vez el canto de un gallo medio ronco. Parece que está ya amaneciendo.

Mi padre da un sorbo de su tazón humeante, deja la mirada pegada a las lenguas movedizas de la candela y prosigue lentamente la conversación, masticando cada palabra. Se expresa en un susurro y habla de trastornos, habla de aflicción, de acabamiento, de cómo nos sería posible, en el fondo, seguir creyendo de verdad en la inmortalidad, ahora que hemos sorprendido, en el cementerio, a los saqueadores de tumbas.

Y yo, insomne, en mi angustia, reposo mi mejilla sobre la almohada y entiendo al fin que no podré contar la felicidad blanda o cruda de la nevada, el relato preciso de toda esa aventura, en la mañana, a mis amigos. Sé que no podría hacerlo después de descifrar en las últimas palabras de mi padre, el anuncio de una tragedia, en donde la nieve no será, en el futuro, sino una siniestra y amarga memoria, triste augurio de la desolación.

Autor

  • Manuel Gómez Angulo

    Manuel Gómez Angulo es Licenciado en Filología Francesa por la Universidad de Sevilla y de Filología Hispánica por la de Granada. Profesor emérito del IES. Padre Suárez de Granada. Traductor de poesía, novela y ensayo, colabora habitualmente con la revista El coloquio de los perros y en el Boletín de la Academia de Buenas Letras de Granada. Fue premio de cuentos Alcotán y ha publicado un volumen memorialístico 'De memoria' (Tréveris, 2003) y la traducción del primer volumen de la trilogía 'En la Alemania Nazi' (A la sombra de la Cruz Gamada) de Xavier de Hauleclocque.

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