Miroslava, un fetiche de Buñuel

Miroslava Sternova, o Stern, o simplemente Miroslava, que era como aparecía en los repartos, era ya famosa en el cine mexicano cuando Robert Rossen la invitó a participar en su película Toros bravos (The Brave Bulls, 1951), iniciando una fatídica cadena de acontecimientos que culminaría en tragedia. Nacida en Praga en 1926 e hija adoptiva de un acomodado médico judío, la actriz llegó a México en 1940, huyendo de la persecución nazi. En 1945, un concurso de belleza la situó en el punto de partida de una carrera cinematográfica que duraría apenas diez años.

No fue una gran actriz, y sobre sus papeles pesó siempre la limitación que suponía su acento foráneo. De carácter depresivo, determinado por sus traumáticos recuerdos de infancia y la temprana muerte de su madre, la actriz fue siempre consciente de sus carencias y sobrellevó mal las exigencias de la fama. Tampoco su vida amorosa fue muy afortunada. Su matrimonio con un joven estudiante de dirección de escena duró apenas un año, el tiempo que la actriz tardó en descubrir la homosexualidad de su marido. A partir de ahí, la prensa le atribuyó numerosos romances con sus compañeros de reparto o con otros hombres famosos que se cruzaron en su vida, tales como el cómico “Cantinflas”, el cantante Steve Cochran o el torero Luis Miguel Dominguín.

No fue ése el caso, al parecer, de la amistad que mantuvo con Rossen. En la ya mencionada Toros bravos, la actriz interpretó a una elegante mujer de mundo de la que se enamora un torero en horas bajas: como convenía al sombrío argumento de la película, el romance termina abruptamente con la muerte de la chica en un accidente de tráfico. Este fatalismo casaba bien con los guiones de Rossen, que incluían siempre una reflexión sobre la naturaleza del capitalismo, la violencia implícita en las relaciones de poder y la condición de víctimas y explotados de ciertas figuras circunstancialmente proyectadas a la fama en beneficio de quienes controlaban sus carreras: tal era el caso del torero protagonista de Toros bravos, como lo fue del boxeador del que se ocupaba Cuerpo y alma (Body and Soul,1947). El mismo año en que se estrenó Toros bravos, Rossen, que había sido militante comunista hasta 1949, fue llamado a declarar ante el Comité de Actividades Antinorteamericanas del Senado estadounidense. Su inicial negativa a delatar a sus antiguos camaradas le valió ser incluido en las listas negras que vetaban cualquier posibilidad de trabajar en Hollywood.

Miroslava en un imagen promocional de 'Toros bravos', de Robert Rossen.
Miroslava en un imagen promocional de ‘Toros bravos’, de Robert Rossen.

Se dice que la amistad de Miroslava con el represaliado la hizo también sospechosa de ser simpatizante comunista: a eso, al menos, se atuvo la policía franquista cuando la actriz, en una de las periódicas crisis anímicas que la alejaban del cine, quiso viajar a España. Y fue el torero Dominguín, a quien había conocido poco antes en México, quien la avaló ante las autoridades españolas. Tras el consiguiente romance, la actriz, momentáneamente fortalecida, volvió a su país para rodar, entre otras, la popular comedia Escuela de vagabundos y la que sería la mejor y más famosa de las películas en las que intervino: Ensayo de un crimen (1955) de Luis Buñuel, en la que interpretaba a una de las mujeres sobre las que el protagonista, el depravado Archibaldo de la Cruz, proyecta sus fantasías criminales; aunque, en esta ocasión, su aciago don de abocar a sus sucesivas amadas a la muerte antes de que él mismo las mate queda misteriosamente sin efecto: la muchacha se salva y se casa con el atribulado criminal imaginario, tal vez porque éste, a quien Buñuel retrata como un notorio fetichista, previamente había encontrado un maniquí idéntico a su amada con el que efectuar un auténtico “ensayo” del crimen soñado, que no era otro que la muerte por incineración.

El destino quiso que el estreno de esta morbosa fantasía coincidiera con el anuncio del suicidio de la actriz, que tuvo lugar el 9 de marzo de 1955. Sobre los motivos del mismo hay opiniones encontradas. La actriz pudo tomar esta trágica decisión al conocer la noticia de la boda de Dominguín con la italiana Lucía Bosé; se habló también de otros amantes, e incluso de un no probado amor lésbico, así como de que el presunto suicidio pudo ser un montaje para ocultar su muerte en un accidente de aviación en compañía de un conocido millonario mexicano…

La actriz checa en una escena de 'Ensayo de un crimen', de Luis Buñuel.
La actriz checa en una escena de ‘Ensayo de un crimen’, de Luis Buñuel.

Miroslava, la película biográfica dirigida por Alejandro Pelayo en 1993, se abonó a la primera de esas posibilidades, a la que sumó el recuerdo que la actriz tenía de su traumática huida de Praga y del destino de su abuela, a quien la familia no pudo llevar consigo. A esas alturas, Miroslava era ya un icono de la llamada “edad de oro” del cine mexicano, y también un excelente asunto para películas filmadas en una edad más permisiva, en la que era posible mostrar nítidamente los ingredientes más escandalosos de una vida como la suya. Con todo, la película de 1993 no resultó ni la mitad de provocativa que la de Buñuel, cuyo protagonista husmeaba en la ropa interior del maniquí que representaba a su amada, mientras ésta no tenía problema en probarse, sobre su cuerpo someramente cubierto por una sábana, las bragas y el sujetador que su galán guardaba para sus juegos con el mencionado maniquí.

Hubiera querido uno que el bendito humor que Buñuel aplicaba a diseccionar las relaciones entre hombres y mujeres hubiera animado a la atormentada actriz a tomarse menos en serio sus obsesiones; que hubiera tratado a sus amantes, en fin, con la distante inconsecuencia con que Lavinia –así se llamaba su personaje en Ensayo de un crimen– trataba al obseso que la cortejaba.

En estos días hubiera cumplido noventa años.

Autor

  • José Manuel Benítez Ariza

    José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) vive escribiendo y escribe sobre la vida: un poco cada día, un poco de todo, en una profusión hecha de muchas brevedades. Narrador, poeta, traductor y articulista, el hilo conductor de esta aparente dispersión de fuerzas es su "diario abierto" Columna de humo, en el que trata de explicarse.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *