En las casas de las pequeñas aldeas de Liébana (Cantabria) se tapan los espejos en las noches de tormenta. Lo hacen así porque atribuyen el ruido de los truenos a las cadenas que San Lorenzo arrastra por el cielo intentando apresar a los diablos que han escapado y porque los diablos, para no ser encadenados de nuevo, se esconden en los espejos.
Los diablos lebaniegos tienen una parte humana, una parte traviesa y angelical y una parte animal y libre. Como otros seres imaginarios de esa tierra, forman parte del bestiario fantástico de una comunidad humana secularmente aislada por las montañas y muy dada por ello a construir universos sobrenaturales. Al mismo territorio pertenecen el Ojáncano (un gigante de un solo ojo con garras de león que porta un bastón que se transforma en víbora, en cuervo o en lobo), el alicornio (transmutación costumbrista del mítico unicornio), el cuegle (nacido del apareamiento de una ojáncana con un oso), el culebre (terrible serpiente que devora el ganado y duerme una única noche cada año, la de San Juan) o Lantarón, el hombre-pez.

Un pariente cántabro de Lantarón, el hombre-pez de Liérganes, imitó en su día el destino de los jándalos y chicucos, los menesterosos comerciantes que viajaron desde la montaña hasta Cádiz durante el siglo XIX y se establecieron aquí al frente de esos frondosos ultramarinos que tanto añoramos hoy. Del hombre-pez de Liérganes se cuenta que, teniéndolo su madre encerrado por la vergüenza de que no vieran lo que había dado a luz, se escapó y nadando llegó hasta el puerto de Cádiz, donde unos pescadores lo atraparon en su red y acabaron devolviéndolo a su hogar de las montañas, de donde volvió a fugarse repetidas veces hasta alcanzar la libertad definitiva que solo el mar le daba.
Entre montañas y bosques habita también el alicante, un monstruo feroz con forma de serpiente cuyo hábitat sitúan en la Sierra de Cádiz algunas tempranas referencias del siglo XVIII y que, con similares características y el mismo nombre, habita en otras zonas meridionales de la Península y de México. El alicante pertenece a la familia de las serpientes y culebras que en casi todas las culturas occidentales están asociadas al peligro de devorar inocentes o –en variantes más domésticas- a la costumbre de mamar leche del pecho de la mujer lactante mientras ésta duerme.

En su Manual de zoología fantástica, Borges atribuye la necesidad humana de los animales imaginarios a una cierta sinrazón y asombro infantiles que, aun al hacernos adultos, conservamos: “A un chico lo llevan por primera vez al jardín zoológico. Ese chico será cualquiera de nosotros o, inversamente, nosotros hemos sido ese chico y lo hemos olvidado. En ese jardín, en ese terrible jardín, el chico ve animales vivientes que nunca ha visto; ve jaguares, buitres, bisontes, y, lo que es más extraño, jirafas. Ve por primera vez la desatinada variedad del reino animal, y ese espectáculo, que podría alarmarlo u horrorizarlo, le gusta. Le gusta tanto que ir al jardín zoológico es una diversión infantil, o puede parecerlo. ¿Cómo explicar este hecho común y a la vez misterioso?”.
Nosotros hemos sido ese chico y lo hemos olvidado. Vimos esa “desatinada variedad” y nuestra alma alberga el sueño y el recuerdo de ser distintos unos de otros. La vida y nuestros inventos estúpidos de organización social nos empujan a ser iguales, idénticos. Por eso soñamos con animales. Animales en libertad.

