El mundo en blanco y negro de Robert Rossen

El 18 de febrero de 1966, hace justo cincuenta años, moría Robert Rossen, a quien tres lustros después Vittorio Gassman tuvo la impiedad de recordar, en sus memorias, como “un director imaginativo y dipsómano”. El italiano respiraba por la herida: le había correspondido el papel de “malvado por antonomasia” en la película barata rodada en Italia con la que el director norteamericano, que había permanecido dos años incluido en las listas negras que vetaban toda posibilidad de trabajar en Hollywood, pretendía volver a poner a flote sus finanzas. La película en cuestión era Mambo (1954), un melodrama adobado con el tono de fatalismo social que había caracterizado hasta entonces el cine de Rossen, pero presentada al público como una nueva ocasión de ver a Silvana Mangano bailando sensualmente al son del ritmo de moda, como ya había hecho en Arroz amargo (1949) y en Anna (1951). En la primera de ellas, recuérdese, el seductor y corruptor de la exuberante recolectora de arroz en las llanuras del Po había sido también interpretado por Gassman, que por ello se referiría luego así al rodaje de Mambo: “era como si el tiempo hubiera retrocedido unos años”.

Una ecena del 'El político', protagonizada por Broderick Crawford (en el centro).
Una ecena del ‘El político’, protagonizada por Broderick Crawford (en el centro).

En realidad, el tiempo no solo había retrocedido para Gassman, sino también para Rossen: de haber sido uno de los directores más prometedores y ambiciosos de la década precedente, había pasado a dirigir una de aquellas coproducciones coyunturales en las que se ejercitaban los principiantes. Su pecado había sido negarse a declarar, en junio de 1951, ante el tristemente famoso Comité de Actividades Anti-Norteamericanas del Congreso de los Estados Unidos. Rossen había sido militante comunista hasta 1947, año en que dejó el Partido debido a la crítica adversa que éste había hecho de El político (All the King’s Men), película en la que Rossen efectuaba un descarnado análisis del ascenso y caída de un líder populista, inspirado en la figura del controvertido Huey Long, que había sido gobernador de Louisiana. La película no era precisamente favorable a este personaje: más bien se mostró implacable en el relato de su trayectoria, denunciando cómo el sistema corrompe incluso a quienes inicialmente se muestran sinceramente dispuestos a luchar por cambiarlo: es el precio del poder, que suele implicar la renuncia a los ideales de partida e incluso el sacrificio de las personas que pudieran suponer un obstáculo en semejante carrera. En ese sentido, la película de Rossen coincidía con el mensaje de otras de la época, tales como ¡Viva zapata! (1952) de Elia Kazan o incluso la mucho más matizada El último hurra (1958) de John Ford, en la que el populismo era mostrado, no tanto como una derivación malsana del sistema, sino como la evolución natural de los viejos liderazgos cuando quedaban sobrepasados por los tiempos. La de Rossen, en cualquier caso, no solo quedó en su haber como indicio de su actitud crítica hacia el sistema político norteamericano, sino que también, como decíamos, despertó las suspicacias del Partido, al parecer por el análisis que hacía de la relación entre el político en cuestión y el periodista que lo apoya hasta el último momento, en la que los camaradas de Rossen quisieron ver una alusión al papel instrumental que el comunismo reservaba a los intelectuales.

Lo anterior es solo un ejemplo de la delicada posición del creador comprometido, en Hollywood y en todas partes. A pesar de sus diferencias con el partido, Rossen se negó a declarar ante el mencionado Comité del Congreso, y el resultado fue que pasó a engrosar las listas negras que impedían trabajar en el cine a cualquier sospechoso de connivencias comunistas. Arruinado y deseoso de reemprender su carrera, Rossen finalmente hizo lo que tantos: comparecer de nuevo ante el Comité en 1953 y proporcionar a éste los nombres de cincuenta y siete presuntos miembros o exmiembros del Partido.

Este hecho marcó un antes y un después en la relativamente breve carrera de Rossen. Atrás quedaban, además de El político, títulos tan significativos como Cuerpo y alma (Body and Soul, 1947), “la mejor película sobre el boxeo hecha jamás”, en palabras del periodista Robert Thomas; o la curiosa The Brave Bulls (1951), en torno al toreo. Coinciden ambas en presentar a sus protagonistas, boxeador y torero respectivamente, como víctimas de un sistema que les hace entregar sus vidas en aras de una ilusión de fortuna que siempre beneficia a otros. El mensaje era más nítido en Cuerpo y alma, que coincide con El político en caracterizar a la camarilla que maneja los hilos fraudulentos del sistema como a una banda de gánsteres. Ése fue, quizá, el gran hallazgo tonal y estético del mejor cine de Rossen: allegar los recursos del cine negro –género en el que debutó como director, con la película Johnny O’Clock (1947)– al cine con mensaje político y social.

John Garfield, en 'Cuerpo y alma'.
John Garfield, en ‘Cuerpo y alma’.

Ese mensaje nunca estuvo del todo ausente en su cine: es perceptible incluso en la convencional Una isla al sol (Island in the Sun, 1957), un melodrama exótico, ambientado en una imaginaria isla caribeña, en el que los enredos sexuales tienen siempre como fondo la sutil barrera que separa a la minoría blanca del grueso de la población, mulata o negra. Fue una de las pocas películas que Rossen excepcionalmente filmó en color. De su gusto por la expresividad de la fotografía en blanco y negro da fe que fuera ésta la opción elegida para la que fue su última gran película, El buscavidas (The Hustler, 1961): también, como Cuerpo y alma, la historia de un fracasado que se juega su destino en un agotador combate final, esta vez una partida de billar; e, igualmente, una denuncia de la permanente amenaza que suponen quienes se arrogan el derecho a decidir en nombre de sus víctimas; sólo que, esta vez, el mánager del desnortado jugador de ventaja –no otra cosa significa “hustler”– no es tanto un representante del sistema político-social como una encarnación casi sobrehumana del Mal a secas, que juega sus bazas en varios frentes a la vez, privando así a su víctima principal, el jugador interpretado por Paul Newman, de todo asidero emocional que le permita eludir a su victimario.

Ése era el mundo de Rossen. En sus duras películas, no obstante, había siempre un resquicio a la esperanza. Cuando el boxeador que interpreta John Garfield en Cuerpo y alma se niega a plegarse a los designios de sus representantes y gana el combate amañado que se suponía que debía perder, recibe la consiguiente amenaza: “No creas que esto va a quedar así”. A lo que responde: “¿Qué vas a hacer? ¿Matarme? Todos tenemos que morir”. Es, si se quiere, la idea esencial del existencialismo sartriano: la muerte como garantía suprema de libertad en un mundo que ya no mira al más allá para redimirse. En eso el cine de Rossen también estuvo en consonancia con el espíritu de su tiempo.

Autor

  • José Manuel Benítez Ariza

    José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) vive escribiendo y escribe sobre la vida: un poco cada día, un poco de todo, en una profusión hecha de muchas brevedades. Narrador, poeta, traductor y articulista, el hilo conductor de esta aparente dispersión de fuerzas es su "diario abierto" Columna de humo, en el que trata de explicarse.

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