La guerra de los botones

A decir de la cinefilia, los diversos remakes que ha tenido aquella deliciosa película que fue La guerra de los botones (1962) dejan mucho que desear por su sentimentalismo, estupidez y sensiblería ante el tema de la violencia infantil. Es muy probable que así sea, porque el caso es que en las últimas décadas la sociedad adulta se ha vuelto tremendamente boba y ha volcado su bobería en los inocentes, prohibiéndoles jugar a la guerra, pelearse en la calle o medir sus estrategias bélicas, todo ello a favor de crear una futura sociedad de adultos más boba todavía.

Bucear en los (no tan antiguos) juegos infantiles, incluso en las retahílas y canciones que aún pueden oírse en el patio del colegio, da una idea de hasta qué punto a los niños les interesa la guerra (la suya) y de hasta qué punto la necesitan, para ensayar así uno de los grandes roles que les depara la vida: el del enfrentamiento. Como apuntó Juan de Zabaleta en su costumbrista Día de fiesta por la tarde (1659), “Los muchachos juegan, mientras lo son, a lo que han de hacer cuando no lo sean”.

De los lúdicos enfrentamientos y disputas entre bandos contrarios y de la vocación soldadesca connatural a la infancia hay testimonios muy tempranos. La novela de un novelista, escenas de la infancia y adolescencia (Palacio Valdés, 1921) lo evoca con emoción naif: “En aquella época mi temperamento era extraordinariamente marcial, soñaba con batallas y escaramuzas, tajos y mandobles. Yo mismo, con mis propias manos, fabricaba lanzas y sables aprovechando los barretes de algún viejo cajón de pino, plateándolos con papel de estaño arrancado de los paquetes de chocolate. Y como nos hallábamos entonces en guerra con los moros de África, pensaba vagamente fugarme de casa y marchar a ponerme a las órdenes del general Prim y ofrecerle el auxilio de mi sable”. Los humanistas del siglo XVII y los folkloristas del XIX hicieron acopio de un frondoso repertorio de versos y juegos que colmaron las ansias bélicas de los niños de su tiempo. Al socaire de la lucha contra “el moro”, durante siglos se jugó al rescate o marro (división territorial entre dos bandos contrarios, encierro de cautivos y rescate heroico de prisioneros por parte del capitán), a las «pedreas» o «apedreos», a «Moros y cristianos», a «Justicia y ladrones», a «Pelear los gallos» o a «Caballos y galeras»: “Este juego es ordinario (…) porque el que sobre el otro va, pone las manos en forma de espolón de navío, y con él se embisten unos a otros y hacen una batalla graciosa” (Rodrigo Caro, Días geniales, h. 1626). Y durante siglos también las batallas culminaron en la paz: “Pero los niños, por regla general, no son rencorosos, y hacen las paces con la misma facilidad con la que riñeron… ¡Y para hacerlas sinceras y durables está probado que no hay mejor cosa que echar pelillos a la mar! Arráncase un pelo cada uno, y teniéndolos cogidos entre los dedos dicen: -¿Adónde ba ese pelo? / -Ar viento. / -¿Y er viento? / -A la má. / -Pos ya la guerra está acabá. Dicho lo cual hacen volar de un soplo los dos pelos, y se ponen a jugar como si tal enemistad no hubiera existido” (Rodríguez Marín, Cantos populares españoles, 1882).

Una escena de 'La guerra de los botones', dirigida en 1966 por Yves Robert.
Una escena de ‘La guerra de los botones’, dirigida en 1962 por Yves Robert.

Cobijando a la pelea, el juego infantil tradicional está repleto de juguetes, personajes y ritmos que, con aire marcial y muchas veces burlesco, conmemoran en lo cotidiano lo excepcional de la hazaña bélica. Caballos de cañas (una caña para el cuerpo y otra que hace de cabeza de la montura), tacos, trabucos, gorros, escopetas y sables; Juan Soldado, Juan de las Cadenas o coroneles orondos que pierden su autoridad en el contexto del juego (“Marcha la tropa / que viene el coronel / con la barriga rota / y el culo de papel”); musiquillas pseudosolemnes que proclaman la comitiva militar (“A la guerra tocan, / a la guerra van, / tápala, tápala, tápala, / tápala, tápala, tan”), ofreciendo una estampa algo desvaída, pero todavía sugerentemente colorista, de los desfiles y fanfarrias practicadas entre los siglos XVII y XIX, de las que Goya, por ejemplo, dejó testimonio gráfico en sus cartones para tapices, plasmando el desfile de dos pequeños soldados tocados con gorras y armados de bayoneta, acompañados por el repiqueteo de un tambor de un tercero que los observa.

Y la memoria de la guerra. Resguardada tras el sinsentido y el disparate de la retahíla, el cancionero infantil alberga recuerdos de la Guerra de la Independencia, de las guerras carlistas, de la Guerra de África… Sucesivas guerras que fueron a desembocar en nuestra Guerra Civil que, entre otros crímenes, dejó sin escuela, sin pan y sin canciones a millones de niños. Aquellos “niños de la guerra” apenas alcanzaron a cantar obedientemente algunos himnos patrióticos y canciones contra el “moro” en las que les instruyó la sección femenina (con minúsculas). Por eso, no deja de ser reconfortante que los nietos de aquellos niños, hoy, recuerden al principal responsable de la última guerra y que, en ese malabarismo infantil que les hace capaces de combinar memoria y tecnología , canten con esta letra el himno de su país: “Franco, Franco, / que tiene el culo blanco / porque su mujer / lo lava con Ariel…”.

Autor

  • María Jesús Ruiz

    María Jesús Ruiz (Día de San Juan de 1962) es profesora de la Universidad de Cádiz, investigadora y escritora. Colabora en CaoCultura desde sus inicios con artículos sobre patrimonio cultural inmaterial, muchos de ellos recogidos en los volúmenes 'El mundo sin libros' (Lamiñarra, 2018) y 'Lo contrario al olvido' (Lamiñarra, 2020). 'Culantrillo llama a la puerta, poética del romancero infantil' (UCLM, 2023) y 'Poética del buceador' (Garvm, 2025) recogen sus últimas investigaciones sobre literatura de tradición oral. Ha editado parte de la obra teatral y poética de Alejandro Casona, y es autora del libro de relatos 'La música me hacía llorar' (Versátiles, 2022) y de la novela-ensayo 'Higinia: Pardo Bazán, Pérez Galdós y el Crimen de Fuencarral' (Huerga y Fierro, 2024). Más información en: https://asonante.webnode.es/

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *