Todo tiene que ser para ya. Debe estar listo ahora. Inmediatamente. Da igual el cómo se ha hecho, cada proceso de elaboración, si se han empleado más o menos trampas para llegar al resultado final. La consultas de los psicólogos y los psiquiatras están repletas de personas llenas de ansiedad, incapaces de encontrar la calma, la paciencia o el detenimiento que alguna vez conocieron. Estrés, nos han importado como palabra ya incluso cotidiana de nuestro día a día. Agobio, se solía utilizar siempre y conservan muchos en su vocabulario.
Arranco con todas estas reflexiones por la sensación tan extraña y especial que experimenté el otro día mientras veía en la Escuela Politécnica de Algeciras la película Una pastelería en Tokyo, de la directora japonesa Naomi Kawase. El argumento, en apariencia, es bien sencillo: una anciana, Tokue, se planta ante el mostrador del establecimiento -pequeño y sin relevancia- para proclamar que quiere trabajar allí. Como es inicialmente rechazada por Sentaro, el pastelero, deja humildemente una muestra de sus dorayakis rellenos de anko para que él pruebe. Impresionado por el sabor que encuentra, Sentaro acaba por darle una oportunidad en el lugar. Todo son sensaciones, una detrás de otra. La nueva empleada reacciona horrorizada ante el hecho de que su jefe encargue ya precocinado el relleno de los dorayakis. Y, desde ese mismo instante, despliega todo su quehacer de paciencia, mimo y extremo cuidado e importantes cantidades de tiempo en la elaboración de lo que resulta ser, de esa forma, un manjar exquisito y que tiene como consecuencia directa que revitaliza el negocio sí que inmediatamente.

Durante la película me removía en la butaca inquieto, desacostumbrado al placer de la lentitud, incapaz de saborear el trabajo bien hecho tanto de la directora y sus actores como de la anciana que obraba el prodigio en aquella pastelería cargada de mensajes. Pensaba que de un momento a otro dos trenes chocaban con culturas y formas diferentes de entender la vida (oriental y occidental) y me aplastaban en el centro de la colisión. Pero, de pronto, me di cuenta de que todo esto estaba pasando. Fui consciente de lo que me estaba perdiendo. Y me concentré. Fue entonces cuando empecé a disfrutar bien la historia, en toda su plenitud. Sentaro había traicionado la tradición y su propia cultura y eso lo había llevado a ser una persona sin brillo, que no hacía nada de interés para los demás. La línea recta no es siempre el camino más corto, está claro. Hasta que llegó ella. Tokue derrochaba humildad y amor por su tarea y se mantenía firme e inflexible frente a las prisas. No admitía la precipitación ni los agobios, eran inasumibles para ella.
Hay muchísimo más que contar de Una pastelería en Tokyo, pero no es cuestión de destrozar aquí ni sus argumentos ni los vericuetos sensibles, delicados y llenos de contenido de su trama. Es justo añadir que este trabajo cinematográfico se vio reconocido en los festivales de Cannes y Valladolid. No es una película que haya llegado -como tantas otras- a los circuitos comerciales de las salas de cine pero es que, tropecemos de nuevo con la misma piedra, el dinero del gran marketing tiene prisa por entrar en taquilla. Y ésta es una narración alérgica a las premuras. Parece, más bien, que alza la voz de forma extremadamente educada para enseñarnos de nuevo el camino.

