Capítulo 48. Puticlub.
Castro sabía perfectamente lo que era, con perdón, un piso franco. Sabía también lo que era reunirse en un restaurante de postín perdido en la sierra de Guadarrama, allá donde solo había servicios de seguridad, camareros en el ajo y proyectos políticos contrapuestos que se unían todos sin discusión en torno a un buen cordero lechal o unos langostinos del tamaño de tiburones. La historia de los grandes acuerdos secretos se componía de encuentros en el quinto pino, en lugares dispares donde nadie esperaría encontrar a un secretario de estado ni al representante de una banda armada. En el cine, a veces, esos encuentros se realizaban en lugares igualmente apartados, cines vacíos, bocas de metro (en eso James Bond se llevaba la palma), el inhóspito quinto piso de un edificio en obras. Había que tener mucha sangre fría y estar un tanto tocado del ala para reunirse con luz y taquígrafos en un restaurante céntrico, reservado de antemano con la mentira de que iban a asistir a cenar las más altas autoridades del estado con sus guardaespaldas: el pequeño Nicolás, antes de ser fugazmente estrella televisiva, había usado esa estrategia.
Castro, que estaba hecho a encontrarse con sus contactos en bastantes lugares peregrinos (un taller de motos, un billar, una iglesia, un locutorio), creía haberlo visto todo. Los baretos donde el Morsa le daba el encuentro ya le parecían el summum de la cutrez, pero había cosas aún más increíbles. Quizá la carpa de un circo sería lo siguiente, porque encontrarse con el supuesto cabecilla que estaba detrás de todo este asunto de los asesinatos camuflados y los comunicados sorpresa estilo Podemos nada menos que en un puticlub cerrado al público por problemas de trata de blancas (Castro recordaba perfectamente haber comentado el caso con los compañeros encargados de la redada) tenía un punto surrealista que le hacía sentirse como Drácula en un convento.

No había farolillos rojos en la puerta, ni coches aparcados a la deriva, restos de clientes dormilones o de los madrugadores que aprovechaban tener la capacidad de llegar tarde al trabajo para desfogar y tener el día feliz ya desde el principio. La puerta y las paredes estaban cubiertas de pintadas, algunas con ínfulas de arte moderno, y el nombre de guerra del lugar, Vulvasur, ya no era un neón que parpadeaba en azul y escarlata, sino un montón de cristales rotos por el viento o las pedradas y que apenas indicaba «V lv u« para quien se entretuviera en leerlo.
La puerta era de hierro, ahora oxidada porque nadie se había entretenido en mantenerla desde hacía más de un año. Estaba entreabierta, lo que indicaba que alguien había venido por aquí otras veces, aunque no había vehículo ninguno. Pero dentro había luz. No roja, como quizá fuera en otro tiempo, sino una bombilla de mala muerte colgando de un cable en una zona que antes pudo ser un reservado o una mesa cercana al escenario.
La barra era un caos de cristales rotos y, detrás, solo quedaban huecos en los estantes donde antes esperaban su turno de descorche las botellas. Castro imaginó que en el piso de arriba, donde el descorche dejaba ya de usar el eufemismo para convertirse en otra cosa, sería una hecatombe similar.
El Morsa estaba sentado ante una mesa. Con aspecto aburrido, sin su periódico deportivo ni su café y su sol y sombra. Fumaba un cigarrillo y no era el primero, porque el local olía a humo. Vio a Castro y, cuando el otro se acercó, le indicó que se sentara. Castro obedeció, sin que le importara la mugre del asiento ni el polvo que pudiera acabar blanqueando aún más sus vaqueros gastados. Se rascó la barba de tres días sin afeitar, imitando el gesto de nerviosismo que tantas veces había visto en las películas.
Fue sentarse Castro y levantarse el Morsa. El policía camuflado no se volvió a mirar cómo el gordo se perdía en las sombras del night club venido a nada. Una puerta a oscuras, perdida en algún lugar tras el escenario, se abrió y se cerró, y una sombra se sentó entonces en la silla que el Morsa había dejado vacante.
—¿Isidoro? —preguntó Castro.
El hombre que tenía frente a frente no contestó a la pregunta.
—¿Qué es lo que buscas, chaval? —dijo—. ¿No te han pagado ya lo suficiente?
Castro se rascó la nariz.
—He leído la prensa —respondió—. He visto las noticias. No he matado a un mindundi, sino a un pez gordo.
—Son cosas que pasan.
—Y que pueden seguir pasando. Estoy seguro. Nadie se anuncia cuando se retira. Tienes una organización. Yo no tengo escrúpulos en seguir matando.

