Ignoro si para la Historia o la Arqueología será trascendental el hallazgo de los restos de Miguel de Cervantes, aunque, a tenor de los comentarios (esta vez en español) de Ana Botella, me temo que no. Para el Arte y la Literatura el “descubrimiento”, más que una conquista afortunada, es un lastre. Y es así porque en Literatura no valen cronologías, no hay pasado ni futuro ni presente, sólo una deslumbradora acronía que hace inteligible un buen texto para cualquier lector de cualquier época. Creo que fue Borges quien dijo que era tan posible comprobar la influencia de Góngora en Lorca como la influencia de Cernuda en Quevedo, que el estremecimiento amoroso de un soneto de Garcilaso no podría entenderse del todo sin el melancólico erotismo de Pedro Salinas, o que los versos de Manrique no tendrían un sentido cabal sin tener en cuenta la herida de Miguel Hernández por la muerte de su amigo.

Los textos se hablan entre sí. Hay un autor que los escribe, o que escribe un proyecto de ellos que luego el tiempo y la lectura deshacen, transforman, recrean y reconstruyen. Don Quijote de la Mancha fue, hasta el siglo XVIII, una novela cómica y antes aún –para muchos lectores contemporáneos de Cervantes– un relato apicarado, más en la órbita del Lazarillo y sus congéneres que en la de la gloriosa caballería española que nos intentaron explicar a los que fuimos niños en la escuela franquista. Durante el convulso y creativo siglo XIX Don Quijote se hizo romántico y trágico. Figurado por Doré como cuerdo indefenso encarcelado por locos poderosos, fue para Unamuno ejemplo definitivo de la denuncia a la imbecilidad que en aquellos momentos empezó a adueñarse de este país para nunca más dejarlo: “Es el valor que más falta nos hace: el de afrontar el ridículo. El ridículo es el arma que manejan todos los miserables bachilleres, barberos, curas, canónigos y duques que guardan escondido el sepulcro del Caballero de la Locura. Caballero que hizo reír a todo el mundo, pero que nunca soltó un chiste. Tenía el alma demasiado grande para parir chistes. Hizo reír con su seriedad”.
Esos ridículos y miserables bachilleres, barberos, curas, canónigos y duques quieren seguir escondiendo el sepulcro de Alonso Quijano, para lo cual han procedido a desenterrar los restos del hombre que quiso que supiéramos que él era el traductor de Cide Hamete Benengeli, y nada más. Matar al padre para ocultar al hijo. Matar o –en su defecto– exhibir sus tuétanos para demostrar al turista y al español perplejo de televisión que Cervantes también era de carne y hueso y que, por tanto, no hay que imaginar gigantes donde sólo hubo molinos. Bendita, ridícula, miserable y mentirosa realidad la de esta España inculta y chata.
Ignoran todos estos forenses chamarileros que el Quijote, y la Novelas ejemplares, y el Persiles, y tantas otras comedias y entremeses escritos por quien quiso llamarse Miguel de Cervantes son el alma, las venas y las medulas del autor. Que cuando la postrera sombra vino a llevarlo al blanco día no consiguió llevarse a la otra ribera su memoria. Los huesos de cervantes no son nada, pero su obra, su ceniza, tendrá siempre sentido. Polvo será, mas polvo enamorado.


Hay textos que te hacen recuperar la esperanza de que la inteligencia no ha desaparecido de este país, de esta provincia, de mi triste y decadente ciudad. Este es uno de ellos. Gracias María Jesús.
Estoy contigo, Luis.
Gracias, Luis, y sobre todo gracias a Mariángeles Robles, que sabe mandarme buenas tareas.