En fechas tan piadosas como ésta de la Navidad la lujuria no entiende de ayunos. Causa probable de ello quizás sea que la lujuria es bastante más antigua que la religión que la clasifica como segundo pecado capital. Al existir pues, antes, recuerda de cuando en cuando su verdadera condición (“su origen primero esclarecida”, que diría Fray Luis de León) y, haciéndolo, se manifiesta en aquellos momentos del ciclo de la naturaleza que favorecen su expresión, tal es la Navidad.
Antes que conmemoración de la dudosamente histórica llegada del Rey de Reyes, el solsticio de invierno marcaba en la cultura tradicional la puerta del tiempo de las heladas y, con ellas, el de las matanzas. Al “de la vista baja” (así se llamó al cerdo en público para no mencionar al impuro animal) se le sacrificaba de diciembre a febrero, buscando que el frío seco diera su punto a jamones, morcillas y chorizos, de modo que fueron estos meses tiempo de recreación, de reuniones nocturnas, de largas y trabajosas faenas que juntaban a hombres y mujeres y en las que el vino y las tripas del cochino en cuestión alentaban la alegría, el canto común y el baile.
Es probable que tal sustrato cultural justifique el frondoso repertorio de canciones navideñas que, obviando la devoción cristiana y esquivando el respeto a la Sagrada Familia, recrean escenas lujuriosas. Revisemos algunas.
Proverbial resulta en dicho repertorio la fogosidad sexual de frailes, curas, monjas y santos. De San Pedro, el portero del cielo, dice el romance: “Estando San Pedro sentaíto al sol / en calzones blancos y afuera el cordón, / se asoman las monjas por el mirador: / -¿Qué es eso, San Pedro, qué es eso, por Dios? / -Estas son las bolas de mi munición / y esta la escopeta con que apunto yo”. Y de la misma condición observadora de las monjas habla otra canción, la de El abuelo de los nabos, que en la navidad de Castilla se entona con un primaveral estribillo (“Tírame claveles y lirios moraos, claveles, claveles y lirios moraos”). Aquí el vendedor de nabos pasea su mercancía por la puerta de un convento y a sus pregones acude un revuelo de tocas novicias que le preguntan por el precio del producto; él responde “a peseta el medio kilo”, y la superiora replica: “-No los quiero, son muy caros, / que el cura a mí me los trae / más grandes y regalados”.

Para aliviar el frío de las noches de matanza se cantaron igualmente tonadas que hoy caldean el ambiente en las zambombas. El romance de La patrona y el militar detalla la seducción mutua de los personajes, así como las consecuencias de la misma: “-Buenas noches, patroncita. –Buenas noches, militar. / -Dígame usted, patroncita, ¿qué tenemos de cenar? / -Unas sopitas de ajo que muy buenas le sabrán. / -Dígame usted, patroncita, ¿dónde me voy a acostar? / -En aquel saquillo viejo que está detrás del corral. / -¡Qué saco ni qué demonios, con usted me he de acostar! / Se acostaron, se arroparon, se pusieron a jugar. / A eso de los nueve meses tuvo la niña un chaval / con perilla, con bigote y bayoneta calá”. Encuentro similar al que tienen la casada y el cebollinero quienes, aprovechando la ausencia del marido, “plantan un cebollino en el huerto”.
Pululan así por el cancionero navideño hispánico sacerdotes y molineras, criadas y frailes, monjas y buhoneros, y diversas parejas que aprovechan el encuentro ocasional del bullicio festivo para dar rienda suelta a su lujuria. Y pululan también otros personajes solitarios que, a falta de mujer con la que colmar sus anhelos, se limitan a mostrarse irreverentes y groseros en la Misa del Gallo, como si con sus gestos quisieran conjurar el yugo de la devoción obligada. A misa acude cada diciembre helado un calderero tuerto, desafortunado en el amor, que incumple de esta guisa el ritual: “Al hincarse de rodillas se le fue el punto de atrás, / al tomar agua bendita las manos se fue a lavar, / por decir Creo en Dios Padre, Creo en el canasto el pan”.
Navidades hambrientas. De pan y de amor. Hambres seculares de España. ¿Nos han saciado esas hambres la fe y los grandes almacenes?
Felices fiestas.


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