Manuel B. Cossío a través de su correspondencia, 1879-1934. Edición de Ana María Arias de Cossío y Covadonga López Alonso. Publicaciones de la Residencia de Estudiantes. Madrid, 2014.
“Los hombres que representan la Institución tienen que ser órganos superiores de la vida nacional en cualquier esfera… Y yo veo venirme encima, para dentro de pocos años, esta responsabilidad abrumadora”. Esto escribía Manuel Bartolomé Cossío (1857-1935) a un joven corresponsal en 1908, cuando adivinaba un futuro inmediato en el que él mismo y otras personas vinculadas a la Institución Libre de Enseñanza recibirían el reconocimiento de los elementos más progresivos de la monarquía alfonsina. Pero también cabe entender estas palabras como un oscuro presentimiento de que algunas personas muy vinculadas a la Institución que había fundado Francisco Giner de los Ríos jugarían un papel relevante en acontecimientos por venir. Hombres como Marcelino Domingo o Fernando de los Ríos, a quienes también encontramos como corresponsales de Cossío, desempeñarían cargos importantes en la futura república que advendría veintitrés años más tarde. La Segunda República puede considerarse, en efecto, como la plasmación política de un impulso reformista del que formaba parte la propia Institución. Y quiso el azar que Cossío –que, en la carta citada se definía un tanto irónicamente como “radical, ultrarradical, librepensador en todo y por todo”– alcanzara a verla, pero no a conocer su trágico final.
En este sentido, estas cartas de y para Cossío recién compiladas conducen a un desenlace agridulce: por una parte, definen la trayectoria de un hombre recto sinceramente entregado a su vocación –como pedagogo e historiador del arte, entre otras cosas– y capaz de concitar en torno a su persona los esfuerzos de varias generaciones de hombres y mujeres devotos de ese mismo impulso regenerador y reformista; pero, por otra, retratan a una de las figuras más entrañables de una España secularmente preterida, “rara avis” en un país sacudido por el atraso, las desigualdades y la violencia. A pesar de lo discontinuo de la correspondencia aquí reunida, y de que faltan muchas de las cartas con las que el propio Cossío debió contestar a las que se publican de sus corresponsales, el tono y el tenor de la misma son inconfundibles: un educado optimismo pedagógico, contra un telón de fondo en el que comparecen los favoritismos administrativos y académicos, los expolios del patrimonio artístico –asunto que no podía dejar de preocupar a quien, como Cossío, había dedicado lo mejor de sus esfuerzos al estudio del Greco–, las resistencias a toda reforma y, por supuesto, las catástrofes político-sociales, tales como las guerras de Marruecos o la Semana Trágica de Barcelona. Un todavía joven y concienciado Américo Castro, también corresponsal de Cossío, resume el caso en una carta de 1909: “Atravesamos días tristes, que dejan como una huella de amargura en cuanto se hace (,) aunque al mismo tiempo marquen con la aureola de lo romántico todo cuanto se dice y se piensa”.

Hombres como Giner, el propio Cossío y otros representan ese lado idealista y romántico de la crisis española. Que no siempre fue pesimista, desde luego: pruebas de lo contrario encontramos en la propia formación de Cossío, cuyas cartas juveniles a su “padre” Giner lo muestran como un muchacho sensible, trabajador y entusiasta, tan volcado en el aprendizaje de idiomas –muchas de esas cartas están escritas en italiano y francés– como en el cumplimiento de las encomiendas del propio Giner: especialmente, el estudio de los sistemas educativos de los países visitados. Es el espíritu que heredarán los jóvenes institucionistas de las generaciones siguientes, para quien Cossío es ya un referente: por ejemplo, la joven maestra Elvira Alonso, comisionada a Francia, cuyas cartas se expresan en términos críticos hacia un sistema educativo, el francés, cuya abundancia de recursos materiales no había supuesto el abandono de las prácticas trasnochadas que la Institución combatía en España.
Como retrato de grupo, en efecto, puede considerarse el conjunto de esta correspondencia. Que quizá, pese a su extensión, no arroja suficiente luz sobre la interioridad del propio Cossío o su vida personal. De las cartas aquí publicadas, en efecto, se han eliminado, según hacen constar las editoras, “las referencias de carácter familiar e íntimo”. No estamos en disposición de juzgar el alcance de estas supresiones, aunque sí tenemos derecho a preguntarnos si esa relativa oscuridad en la que queda la persona de Cossío no se habría visto atenuada, quizá, con una mayor exposición de su intimidad.

