Al bolero. A Benny Moré, Bárbaro del ritmo y sonero mayor (¿Cómo fue?). A María Teresa Vera. A Omara Portuondo. A Antonio Machín, a los angelitos negros pintados con gardenias. Al filin del Callejón de Hammel. A quienes nos cantaron en una noche de cansancio y en una mañana de alegría. A Marc Chagall, porque puso sombrero a las mujeres de la isla. Al jazz y el ron de algún antro prohibido. Al chófer del coco-taxi, licenciado en letras, experto en pensamiento del siglo XVIII y excelente conversador. Al hombre que me vendió su vinilo de Benny Moré. A la mujer que dejaba las toallas limpias dobladas en forma de flor sobre la cama.
A un caluroso y húmedo atardecer de noviembre en la terraza del Hotel Nacional del brazo de un amigo. Al grafiti apasionado que me dejaron dibujar en la Bodeguita del Medio. A los árboles gigantescos y umbríos del jardín de la Facultad de Letras. A los profesores que imparten clases sin internet, sin papeles, sin desayunar y sin pizarra. A las ventanas desvencijadas de aquel paladar.

A Jesús Orta Ruiz, Indio Naborí, verso siempre en el aire: “Hoy me habita una casa / que yo habité de niño…”. A los poetas repentistas que en 1955 se reunieron en el Estadio de Matanzas para alentar a miles de personas cantando al amor, a la muerte, a la libertad, al campesino y a la esperanza. A la espinela y al laúd.
Al muro que reza “Señores imperialistas: no le tenemos absolutamente ningún miedo”. A la bandera del Ché desde la que el Cádiz F.C. defiende sus fracasos. A esas otras banderas que adornaban nuestros pisos de estudiantes. A las cien pesetas que costó oír en directo “Yo pisaré las calles nuevamente”. Al empedrado y las luces amarillas de la Plaza de la Catedral. A la Plaza de Armas y a los seis álamos espesos y redondos de la Plazoleta Francisco Albear.
Al agua tibia y salvaje que salpican las olas que rompen contra el Malecón.
A la utopía de la igualdad y la justicia. Al paraíso que no pudo ser.

