“Sé que uno nunca puede conocerse, sino solamente narrarse”. Así definía Simone de Beauvoir la autobiografía literaria, desde la consciencia de que el que se narra a sí mismo sabe que no puede reproducir fielmente los hechos psíquicos, las emociones, y que por tanto lo que cuenta oscila entre la historia que la memoria le dicta y la ficción que los recuerdos le evocan. Historia y evocación, efectivamente, sostienen todo relato autobiográfico. En mayor o menor medida, el yo que lo sustenta es una impostura, pues quien cuenta es persona y aquél de quien cuenta es personaje.
Lola Flores nos dejó un modelo espléndido de relato autobiográfico en aquel documental que grabó para televisión en 1994, El coraje de vivir, donde, en voz alta y clara, narraba en primera persona la historia de su vida. “Yo nací un 21 de enero de hace doscientos cincuenta siglos en Jerez de la Frontera” comenzaba, cumpliendo así el principio esencial de que la autobiografía debe buscar la conversión en mito de quien, hasta ese momento, sólo ha sido humano.
La memoria cultural de Lola –que no era sino la memoria cultural de muchas generaciones de españoles desheredados peleando por sobrevivir- vincula el hecho de contar la propia vida con la circunstancia de haber nacido sin genealogía noble. Anima, pues, el relato la misma voluntad de los muchos que “siéndoles contraria (la Fortuna), con fuerza y maña remando, salieron a buen puerto”, a saber: Lázaro de Tormes y sus numerosa descendencia picaresca, y asimismo los soldados, hidalgos pobres, boticarios, ministriles, músicos, titiriteros y cómicos de la legua que, a partir del Siglo de Oro, tuvieron voz y una vida lo suficientemente larga para ser relatada.
El yo de todos ellos es uno mismo, tiene su propio código literario, su poética particular, mantenida prácticamente intacta durante siglos y dando forma a una auténtica novelística improvisada. Ajustada del todo a esa poética, la narración autobiográfica de Lola Flores recala en los hitos fundamentales del género. Respeta, por ejemplo, la progresión onomástica del héroe que, al cambiar de estado vital o sentimental, cambia de nombre; es asunto que la narración popular toma de la pomposa novela de caballerías, manipulándolo y obteniendo siempre una enorme eficacia narrativa. Amadís de Gaula fue al nacer Doncel del Mar y, al sentirse abandonado por el amor, Beltenebros, y así lo imitó Don Quijote, hecho Caballero de la triste figura mientras duró su penitencia por Dulcinea; Lola nació a los escenarios como Imperio de Jerez (como hubo quien fue “de Tormes” o “de Alfarache”) y andando la vida alcanzó a ser La Faraona, en un bucle que evocó esa misteriosa prehistoria suya con que comienza El Lerele: “Vengo del templo de Salomón, / traigo las leyes de faraón…”.
Al ser oral, la narración de Lola tiene una retórica, ejercicio funámbulo del arte del decir. A quien sepa lo que cuenta emociona el cómo lo cuenta: kinésica envolvente de quien ha conseguido el pacto autobiográfico, o sea, la convicción del receptor de que está asistiendo a la verdad. Retórica del mouere del sermón medieval, conmover al oyente hasta capturarle el alma y, así, poder fácilmente capturarle el pensamiento. Literatura. Oralidad presuntamente espontánea, y no obstante reflexionada: ¿escándalos amorosos? Claro, “virgen sólo ha habido una, y ésa es la Virgen María”.
Narrarse. Como Simone, Lola sabía narrarse. No es casual que una y otra fueran mujeres que se atrevieron a vivir bajo sus propias reglas.

