El prestigioso Writers Guild of America –el sindicato de guionistas, para entendernos– ha elegido la película Annie Hall (1977) de Woody Allen como la mejor comedia de todos los tiempos, por delante incluso de la redonda Con faldas y a lo loco (Some Like It Hot, 1959) o las más modernas Aterriza como puedas (Airplane!, 1989) o Tootsie (1982).
Basta recordar estos cuatro títulos, por cierto, para hacerse una rápida idea de la evolución del cine en el último medio siglo: del clasicismo narrativo de Wilder al humor infantiloide –o, al menos, apropiado para el visionado en familia– de las dos últimas: en medio, y justo al final del periodo de experimentación y renovación que conoció el cine americano desde finales de los sesenta hasta el estreno de La guerra de las galaxias en ese mismo 1977, se alza la película de Allen. Es, efectivamente, un hito: en la carrera del cineasta neoyorquino y en la historia del cine americano en general. Para el primero supuso el reconocimiento de su conversión en director de películas “serias” –por más que su estilo, salvo en contadas excepciones, nunca haya renunciado del todo a la comicidad–, el paso del humorismo hilarante de El dormilón (The Sleeper, 1973), por ejemplo, a las preocupaciones filosóficas y existenciales que caracterizan Interiores (Interiors, 1978), Manhattan (1979) o Stardust Memories (1980). Para el cine norteamericano, en general, esta película marca el final de una era: con los cuatro óscars que le concedió la Academia, Hollywood pareció licenciar con todos los honores y para siempre el tipo de cine intelectualizado, inquieto y disconforme que había buscado ganarse el favor del público en la década precedente. Como han diagnosticado muchos historiadores y críticos –entre ellos, el gran Roger Ebert–, en 1977 nace la era de los blockbusters, los superéxitos que miden sus beneficios en centenares de millones y requieren para su realización –normalmente fiada a repartos de grandes estrellas y carísimos efectos especiales– inversiones igualmente millonarias.

No creo que Woody Allen jugase ya a la contra de lo que había de venir. Annie Hall era, simplemente, una película personal; tanto que su propio título era una variación en clave del nombre de la actriz protagonista y entonces pareja de Allen, Diane Keaton: “Annie” era una especie de sobrenombre familiar de la actriz y Hall su apellido de nacimiento. La película era una transparente disección de la vida sentimental de su director y guionista, el propio Allen, a la vez que una elocuente exposición de su filosofía de vida y una puesta en discusión de su papel como miembro de la activa y comprometida intelligentsia neoyorquina. Uno de los chistes más celebrados de la película, frecuentemente citado como ejemplo de que en ella Allen no había renunciado a la comicidad que hasta entonces había caracterizado sus películas, es el que muestra al protagonista, un tal Alvy Singer, interpretado por el propio Allen, irritado ante los comentarios pedantescos sobre Fellini y Marshall McLuhan que hace su vecino de cola ante la taquilla de un cine. Para desenmascarar y humillar al pedante, el irritable Singer hace comparecer al propio McLuhan. Pero el propósito del chiste no es tanto denunciar la cháchara vacua de un charlatán imbuido del intelectualismo cosmopolita imperante en los ambientes culturales neoyorquinos, como poner de manifiesto la incomprensión a la que están condenados incluso intelectuales del fuste de McLuhan: sus intuiciones, parece decirnos Allen, no están destinadas a iluminar a nadie, sino, a lo sumo, a ser deglutidas por pedantes y bastardeadas en miles de charlas intranscendentes o sus equivalentes: artículos, glosas académicas o lecciones magistrales. Fue un rasgo de humor por parte del semiólogo McLuhan prestarse a este ambiguo chiste filmado; como lo fue, por parte de Allen, exponer de manera tan cruda su propia inseguridad de persona a la que la cultura, la sensibilidad y la agudeza intelectual apenas sirven como armas, no ya para entender el mundo, sino ni siquiera para comunicarse con el prójimo.
Annie Hall es, en efecto, un verdadero drama, que no alcanza a ser tragedia porque los tics suicidas y autodestructivos de sus personajes sólo son mencionados de pasada, y porque el propio Allen sabe poner de manifiesto lo que tienen de farsa todos estos trucos para no dejarse vencer por la ansiedad o la neurosis. Formalmente, desde luego, es una comedia; y hace reír. Tuvo incluso un cierto impacto sociológico: Ebert menciona el hecho de que muchos de sus chistes se han convertido en lugares comunes del moderno ingenio urbano. Pero su diagnóstico de la incomunicación, de la imposibilidad de establecer afectos duraderos o de la impotencia de una intelectualidad teóricamente libre no pudo ser más certero.
Durante dos décadas –las que van del estreno de Annie Hall al de Desmontando a Harry (Deconstructing Harry, 1997), el cine de Allen giró en torno a estas cuestiones, siempre encarnadas por un mismo personaje neurótico e inmaduro. Ha sido el gran asunto de su cinematografía; hasta tal punto que, cuando la edad le impidió encarnar ese personaje en su avatar de eterno enamorado y aspirante a la lucidez, su cine perdió fuste. A la luz de la obra precedente, nadie puede reprochárselo.


La mejor comedia es «Con faldas y a lo loco», eso es algo objetivo!!!!
Tú no eres un aspirante a la lucidez, José Manuel; tú estás inmerso en ella…