En Cádiz se promulgaba la Constitución de 1812. Entre tanto, los soldados napoleónicos que pululaban por tierras de España se asombraban ante nuestros salvajes hábitos y costumbres; entre tanto también, nosotros nos dividíamos para siempre en dos Españas y, temerarios, dejábamos que nos helara el corazón una de ellas.
Quienes sucumbieron ante los modos galantes y las maneras desenvueltas que el pueblo francés había enarbolado en 1789 se apresuraron a sustituir el austero traje de golilla y la saya enlutada por escarapelas multicolores, calzones bordados, enaguas celestes y mantillas de madroños. Esa irresistible seducción ha dejado huellas perennes en la tradición oral: canciones en la que el soldado se despide reclamando sus firifollos (“Dame la escarapelilla / que me voy a ser soldado / y si no quiere tu madre / la cinta de tu refajo) y mujeres ataviadas a la moda extranjera: “… una camisita blanca / de aquella fina de holanda, / una saya de tela de oro / toda ella galoneada, / un jubón de perlas flor / guarnecido de esmeraldas, / un peinado a la francesa / que bien la señoreaba, / un zapatito picado / con su media anaranjada, / una cadena al pescuezo / catorce vueltas le daba, / su mano catorce anillos / que rico esclandor dejaba, / un sombrero de tres plumas, / una blanca y dos moradas…”).
Pero más indeleble es, si cabe, la burla del francés en la memoria cultural de los españoles, el desplante patriótico y pretendidamente heroico ante el invasor, a quien desde entonces la tradición oral y la ritualidad popular han procurado ofender y denigrar en lo posible.
En Andújar (Jaén) atribuyen con orgullo patrio el origen de sus artesanales pitos de barro (sonido popular en romerías y fiestas) a la invención que alguien tuvo para despedir con humillación a las tropas francesas tras la Batalla de Bailén. En Cádiz –ya sabemos– se presume de forma similar en la célebre copla (“Con las bombas que tiran / los fanfarrones / se hacen las gaditanas / tirabuzones”) que ya Alcalá Galiano explicara en sus memorias (1878): “Siguieron cayendo en Cádiz granadas. Pero en mucho tiempo todas cuantas penetraron en la población se quedaron más cortas que la primera, y además viniendo como ésta llenas de plomo, y no reventando, dieron motivo a la famosa coplilla (…) alusión a los rizos en forma de saca-corchos usados entonces, y que se formaban ciñendo con pedacitos de plomo delgadas mechas de pelo, que cubre y adorna la frente y las sienes”.

Al margen pues de los himnos patrióticos compuestos por músicos y poetas de la época, al margen de marchas militares creadas para levantar el espíritu de la tropa, al margen, como siempre, de la oficialidad, el Pueblo (esa invención de la Revolución Francesa) empezó a cantar con expresión propia su propia visión de las cosas, y esa visión fue, sobre todo, burlesca. En nuestro repertorio poético-musical menos delicado el francés es sucio, pendenciero y bebedor: “San Antón era un francés / que de Francia a España vino / y lo que lleva a los pies / San Antón es un cochino”; “¿Los franceses a España / a que han venido? / A robar las gallinas / y a beber vino”. A Napoléon se le ridiculiza con cualquier excusa: “Bonaparte en los infiernos / tiene una silla poltrona, / y a su lado está Godoy / poniéndole la corona”; “Al pie de aquellas murallas / dicen que está Napoleón, / sin pluma y cacareando / como el gallo de Morón”. Y no digamos a José Bonaparte, ese rey impuesto al que “el pueblo español tildó de intruso, le hizo objeto de sus bromas y hasta desfiguró su personalidad colocándole el sambenito de borracho y tuerto; y le denominó «José Primero, José Postrero, José Ninguno, Pepe Botella, Rey Pepe, Pepino, Pepillo y Pipote» (según palabras de Gella Iturriaga en su Cancionero de la Guerra de la Independencia): “Ya viene por la Ronda / José Primero / con un ojo postizo / y el otro huero”; “Jamás hemos tenido / un rey tan grande / que atrás sea lo mismo / que por delante, / pues ojo y cara / adelante es lo propio / que las espaldas”.
Y hasta los niños y sus juegos llegó la burla. Y así todos, en nuestra infancia, hemos plantado cara al francés riéndonos de sus gestos amanerados. Doscientos años después de la Francesada, ¿quién no ha cantado en la calle “Pasemisí, pasemisá…”?, es decir, la parodia de la galantería francesa, la metamorfosis carnavalesca de la expresión Pase, monsieur, pase, madame.

