Es fácil escuchar que tenemos que cambiar de modelo productivo. Que así no vamos a ninguna parte. Que, una vez construidas más casas que compradores había, pinchó la célebre burbuja y nuestra economía se fue al garete por no se sabe cuántos años. ¿Y ahora? ¿Qué hacemos? ¿Sabemos hacia dónde vamos? ¿Hay realmente objetivos marcados que conseguir y caminos trazados para alcanzarlos? No sé si las respuestas a estas preguntas son más tristes o más terroríficas, pero me temo que ambas cosas un poquito.
Muchas veces tengo la impresión de que estamos sumidos en una especie de shock paralizante. Nos tiene atrapados en la desagradable sorpresa del brusco adiós a los días de vino y rosas. Y nos ha maniatado de tal manera que nos impide reaccionar. Un tercer síntoma sería que nos mantiene en un extraño conformismo carente de motivación alguna ni de ideas nuevas que puedan servirnos. Un sopor insoportable. En suma, que creo llegado el momento de echar imaginación al asunto.
Apenas nadie se gira hacia la cultura como posible fuente de creación de puestos de trabajo y generación de cierto movimiento económico. De entrada, es algo profundamente injusto. De salida, resulta verdaderamente temerario renunciar a sectores que ahora son jardines descuidados y llenos de maleza pero que podrían dar mucho más de sí. Bajemos al territorio de lo concreto con ejemplos que puedan llevarnos a aclarar ideas. Solo unos cuantos entusiastas se pusieron manos a la obra -desde los años 80 del siglo pasado- para convencer a la ciudad de Algeciras de la gigantesca dimensión musical, cultural e internacional de su ciudadano más ilustre, Francisco Sánchez Gómez, Paco de Lucía. Lograron su meta en gran parte, aunque el repentino fallecimiento del artista ha dejado al descubierto que queda muchísimo por hacer…

Hay esbozada entre el Ayuntamiento algecireño y la Diputación de Cádiz una Ruta Paco de Lucía -está hasta señalizada en las calles- pero no se ha formado a nadie que cada día recoja a turistas y visitantes en sus hoteles u otros puntos para hacer el recorrido y explicarles todo lo explicable. Que no es poco, por cierto. Eso crea puestos de trabajo. Y no se ha acometido todavía. Está previsto que se rehabilite la casa en que nació el autor de Entre dos aguas, que exista un museo sobre su figura y se dote de un edificio al conservatorio que lleva su nombre. También esto crea puestos de trabajo, como se demostró en Málaga gracias al revulsivo que supuso la apertura del Museo Picasso para la capital de la Costa del Sol.
Otro ejemplo, éste más vinculado al Medio Ambiente y al tan cacareado turismo verde: el Parque Natural de Los Alcornocales. El espacio protegido abarca hectáreas y hectáreas hasta en diecisiete municipios. Es perentorio analizar en profundidad qué empleo genera su impresionante patrimonio natural y cuánto más puede dar de sí. Sospecho que aún ofrece vertientes productivas, etnográficas, gastronómicas, históricas y culturales inexploradas y en las que no nos hemos centrado en serio más allá de las buenas intenciones. Volvamos a Algeciras, desde donde les escribo estas letras. Languidece aquí rodeada de andamios y cubierta por toldos de obra, en la calle José Román del barrio de San Isidro, la casa en la que nació Ramón Puyol, uno de los más relevantes cartelistas del bando republicano durante la Guerra Civil (1936-1939), pintor de fama igualmente internacional. Murió en 1981, mucho después de que el franquismo le conmutara la pena de muerte por la de cadena perpétua, de la que se pudo librar luego tras restaurar frescos de Tiépolo en El Escorial. Estos tres ejemplos -muy sencillos- tienen como escenario zonas de la provincia de Cádiz, nuevamente golpeada desde hace escasos días por informes que la señalan a la cabeza de índices de paro y desestructuración económica a nivel nacional.

Reconozcámoslo: la cultura -todo cuanto la rodea en realidad- tiene posibilidades que casi nadie se presta a considerar. Siempre la arrinconamos en los presupuestos de todas las administraciones sean de un color u otro. El sector privado no la mira ni de reojo, salvo contadas y honrosas excepciones. Todos nos prestamos a hacernos la foto con ella porque viste mucho y luego la ignoramos en un cajón del que no sacarla hasta la próxima ocasión. Pasamos por alto, por ejemplo, experiencias de inversión y trabajo sostenido y con objetivos como el vivido en la ciudad hispanorromana de Baelo Claudia, en Tarifa. Desenterrar su coqueto teatro como paso clave en la puesta en valor del yacimiento y que el arquitecto Guillermo Vázquez Consuegra concretara el que hoy es su magnífico centro de visitantes e interpretación situó este conjunto arqueológico en el segundo más visitado de toda Andalucía. Solo La Alhambra lo superaba. La repercusión económica de cada acción cultural que se impulsa aprovechando esta base es inmediata. ¿Por qué nos olvidamos de todo esto? ¿Por qué no somos capaces de darnos cuenta de que hay otras soluciones y hay, al menos, que probar con ellas?
Por favor… No seamos tan poco imaginativos…

