Se ha hablado mucho de periodismo y cine con motivo de la concesión del Oscar a la mejor película de 2015 a Spotlight, y se han citado hasta la saciedad otros ejemplos de películas sobre periodistas y sobre el papel del periodismo en las sociedades modernas: desde Todos los hombres del presidente (All the President’s Men, 1976), de Alan J. Pakula, hasta la clásica Luna nueva (His Girl Friday) de Howard Hawks. La continuidad entre estas películas –la evidencia de que todas ellas se ajustan a un cierto patrón genérico, reconocible por el espectador– es innegable, como lo es también que la esencia del género es la celebración de una idea genuinamente norteamericana: que la democracia se construye diariamente en la batalla cívica del hombre común contra los poderes establecidos. Llama la atención la sutileza de esta modalidad del cine propagandístico –etiqueta que no ha de entenderse siempre como peyorativa, y mucho menos en casos como éstos–: a través de la denuncia de los gravísimos abusos que puede llegar a padecer el ciudadano medio en una sociedad nominalmente democrática, se celebra la grandeza de esa democracia al hacer posible, en un número quizá limitado de casos, la victoria de ese ciudadano medio en la dura pugna que a veces entabla contra los poderes culpables de esos abusos. La victoria conseguida es a menudo pírrica: casi siempre se limita al mero reconocimiento de la razón moral que asiste al denunciante, mientras que el denunciado no recibe otro castigo que su retirada a un segundo plano, lejos de la visibilidad pública. El inicuo Nixon de la película de Pakula –que era, recuérdese, una reconstrucción de la investigación periodística que destapó el llamado “caso Watergate” y constató que el entonces presidente había ordenado que se espiase al partido político rival– perdió el cargo y quizá la honra, así como la simpatía pública, pero no fue a la cárcel. También en Spotlight, la película de 2015 que motiva estas líneas, el cardenal de Boston responsable de ocultar a la justicia y a la opinión pública un amplio número de casos de pederastia a cargo de sacerdotes de su diócesis no recibe otro castigo que su traslado a una discreta sinecura vaticana. El consuelo, podríamos decir, que queda a las víctimas es que, gracias a un tenaz empeño periodístico, la verdad por fin prevalece frente al silencio.

Por ello, quizá, la admiración que suscita este tipo de películas haya que enmarcarlo en otra tradición y en otros referentes genéricos, distintos a los que componen la mera exaltación del periodismo. Más que la relativa satisfacción de ver los abusos expuestos a la luz, lo que películas como Spotlight deparan a sus admiradores es otra cosa: una mirada objetiva sobre la realidad de su país –o, ya que su audiencia es global, sobre la realidad de las modernas sociedades capitalistas– y sobre aspectos de la misma que suelen quedar fuera del relato entre épico y nostálgico al que se reduce la memoria histórica popular. No han faltado aportaciones a ese género en los últimos tiempos: desde El intercambio (Changeling, 2008) de Clint Eastwood, sobre el persistente intento de la policía de Los Ángeles de dar por resuelto un caso de desaparición infantil a costa de desacreditar e incluso internar en un manicomio a la madre que se niega a reconocer a otro niño encontrado por las autoridades y que éstas afirman que es el perdido; o El buen pastor (The Good Sheperd, 2006), de Robert de Niro, sobre los turbios inicios de la CIA; o las numerosas biopics sobre personajes que han hecho historia desde posiciones relativamente alejadas del poder político o mediático, tales como las dedicadas a Mark Zuckerberg o Steve Jobs, fundadores respectivamente de las empresas Facebook y Apple. Ese afán contemporáneo por ahondar en la realidad desnuda de los hechos tal como estos se presentan a la mirada “desmitificadora” del cine actual se extiende incluso al pasado: a él obedece, por ejemplo, el díptico de Scorsese sobre el Nueva York del siglo XIX, ya fuera visto desde las altas esferas, como ocurría en La edad de la inocencia (The Age of Innocence, 1993) o desde sus barrios pobres, controlados por poderosas bandas al servicio de los partidos políticos en liza, como se ve en la abigarrada Gangs of New York (2002).
Antes que la sombría El intercambio, recuérdese, Clint Eastwood había llevado a la pantalla una historia clásica de periodista justiciero, empeñado en esclarecer la inocencia de un condenado a muerte: en Ejecución inminente (The Crime, 1999), el propio Eastwood encarnaba a un periodista que, a despecho de su alcoholismo y su desastrosa vida personal, asume la casi imposible empresa de encontrar pruebas que detengan la ejecución, ya en curso, de un condenado a muerte. En Spotlight hay también indicios de que periodismo y felicidad conyugal no son del todo compatibles: uno de los reporteros dedicados a investigar la trama de abusos sexuales a cargo de sacerdotes es también divorciado y vive en un desolado cuchitril absolutamente carente de todo calor doméstico. Pero, a diferencia de la de Eastwood, cortada según patrones genéricos más tradicionales, la moderna película de Tom McCarthy apenas insiste en estas circunstancias: los periodistas son seres humanos, sí, y es posible que la dureza de la profesión pueda tener en algún caso un alto coste personal; pero eso solo importa tangencialmente. Tampoco, a diferencia de lo que sucedía entre Cary Grant Y Rosalind Russell en Luna nueva, hay amoríos entre los protagonistas, a pesar de que entre ellos hay hombres y mujeres en interrelación permanente. El roce, en este caso, no hace el cariño: sus empeños son otros, lo que redunda en una sobriedad narrativa que el espectador, urgido por la relevancia social del caso al que se refiere la película, agradece.
Lo que nos lleva al tercer punto destacable de Spotlight, más allá de su ubicación genérica y su austeridad narrativa: su cuidadosa dirección artística; es decir, su escenografía. Tras la renuncia a dar información colateral sobre los personajes, McCarthy se aplica a hacer que sus decorados sean lo más explícitos posibles. Ya hemos mencionado lo elocuente del cuchitril en el que vive el periodista recién divorciado Mike Rezendes (Mark Ruffalo): también lo son la desordenada redacción del periódico The Boston Globe, trasunto de la actividad frenética y a veces caótica, e incluso negligente, que allí se desarrolla; o la pulcritud de los archivos, verdadero fundamento de una memoria colectiva bien organizada; o el lujo de los despachos eclesiásticos y de los bufetes que sirven a los poderosos… La propia ciudad de Boston, con su división en castas sociales y la consiguiente compartimentación de espacios, es uno de los personajes más importantes de la película. Y se expresa como era privilegio del cine antes de que lo invadiera la cháchara hablada, a través exclusivamente de imágenes. Si el cine mudo era, por definición, un arte global, indiferente a las consecuencias de la maldición bíblica a los constructores de la torre de Babel, el moderno cine sobre las sociedades urbanas cosmopolitas y complejas vuelve a serlo cuando deja que las meras imágenes hablen. Los abuelos portugueses del periodista Rezendes hubieran entendido este nuevo lenguaje mudo con el que se expresa la moderna Boston. También las injusticias que en ella suceden son globales.



Que bien te explicas, José Manuel. Certero, lúcido y documentado.