Las niñas feas del franquismo teníamos pocas opciones, apenas dos: la Tía Tula o Lina Morgan. Quedarse con la primera era enfrentarse de por vida a las sábanas frías y el gato castrado sobre las rodillas de La tieta, esa tía soltera con la que Serrat actualizó el mito de Unamuno. La segunda opción –la de Lina– daba la posibilidad de cantar, de bailar un tango con Mastroianni y, sobre todo, del inimaginable sueño de que las guapas torpes vinieran con sus bobos maridos al teatro a aplaudirte y a envidiarte. Yo tuve una tía Tula de la que aprendí que la mejor opción era la de Lina.
Nacida en plena Guerra Civil, hija de un sastre y de un ama de casa, precoz y mediocre bailarina, Lina Morgan nos traza una historia de las mujeres feas de España sumamente transparente: la miseria y el autoritarismo podían destruirte a menos que una se hiciera cómica, es decir, tonta; es decir, casta y taimada. Hace falta mucha inteligencia para eso. La recuerdo en la cola de la capilla ardiente de Franco, y ahora leo en la prensa que Manuela Carmena dice que Lina hacía llegar dinero a los presos políticos del Régimen. Seguro que ambas cosas son verdad, por eso triunfó con esa obra extravagante titulada ¡Vaya par de gemelas! en la que las protagonistas, Virginia y Susana (interpretadas las dos por ella) encarnaban respectivamente a la mujer que no pudo ser y a la que podría ser si se aplicaba en el talento. Talento. Perdono a Lina lo de la cola en el velorio de Franco, entre otras cosas porque mi tía Tula estuvo también allí y luego fue a La Latina a ver ¡Vaya par de gemelas!, y me lo contó, y yo aprendí –con la misma edad y la misma emoción con las que leía La rebelión de las masas– esa canción que tanto acompaña… “agradecida y emocionada, solamente quiero decir gracias por venir”.

La imaginé siempre enamorada: especulaba si de Alfredo Landa, Toni Leblanc, Miguel Gila o Ángel de Andrés. También imaginé que, fuera quien fuera su amor, nunca diría nada y que, pasara lo que pasara, seguiría levantándose muy temprano y acudiendo al trabajo. Porque las guapas siempre están esperando a que las feas se doblen el tobillo para convertirlas en tietas y que así no canten más, y que así sus maridos se recompongan en el sillón del teatro, dejen de advertir la hermosura de las piernas de Lina y dejen de dudar sobre la conveniencia de haberse casado con esa bellísima mujer de tan poco talento.
Los sobrinos de Lina Morgan han sido vetados en la capilla ardiente por expreso deseo de la actriz y solo su chófer, Daniel Pontes, ha sido autorizado a despedirla. Alguien debería haber vetado también a Soraya Sáenz de Santamaría quien –de riguroso luto– afirmó ayer al salir de La latina: “Era como de casa”. ¡Qué más quisiera ella!

