Anda ahora Meryl Streep en los papeles por no sé qué escándalo –o no tanto– relacionado con cierto certamen de mujeres guionistas patrocinado por ella: típico, en fin, de esta reputada actriz y de la personalidad que proyecta, tanto en la vida como en el cine, donde la encontramos siempre, incluso cuando tenía veintipocos años, en el papel de mujer madura y concienciada, y por eso mismo expuesta a los abusos de confianza. Algo de esto hay, por ejemplo, en el papel que le asignó Woody Allen en Manhattan (1979), donde da vida a Jill, la exmujer del atribulado protagonista, enamorado ahora de una adolescente –Mariel Hemingway– y más o menos fascinado por una típica representante de la bohemia neoyorquina, interpretada por Diane Keaton.
Frente a esta situación, característica de la eterna inmadurez sentimental que parece aquejar a los protagonistas de las comedias neoyorquinas de Allen, la escritora que interpretaba Meryl Streep se alzaba como un modelo de solidez y sentido común, con la sangre fría suficiente como para convertir a su exmarido en personaje de su última novela, donde lo caracteriza como inmaduro y maniático; lo que es una curiosa inversión de lo que realmente está sucediendo en la película, donde la verdadera caricatura es la que padece el personaje de Meryl Streep, que reúne todos los temibles tics de la neoyorquina liberada y, además, es caracterizada como lesbiana y sujeta a la influencia de una compañera aún más irascible y resentida con los hombres que ella…

No se entienda lo que antecede como una descalificación del cine de Allen: su evidente misoginia posiblemente alcanzó en Manhattan una de sus cotas más altas, pero sólo en contraposición a una especie de noble romanticismo de nuevo cuño que afloraba ahora como respuesta al nihilismo bergmaniano de Interiores (1978), su anterior película. Pero siempre ha tenido uno la impresión de que Allen desaprovechó a la actriz que ya había interpretado convincentemente a una alemanota rubia casada con un judío en la serie Holocausto, e inaugurado así una larga lista de papeles similares: mujer centroeuropea o norteamericana de ancestros centroeuropeos, representante de un cierto ideal de sólida feminidad y expuesta siempre a arduos dilemas sentimentales o morales. Un papel así le hizo ganar un óscar con La decisión de Sophie (1982), historia de un triángulo amoroso neoyorquino sobre el que pesa la terrible experiencia del paso de la mujer, emigrada polaca, por un campo de exterminio nazi. A partir de ahí, se convirtió en un lugar común considerar a Meryl Streep como una de las pocas actrices dramáticas que insuflaban vida y altura a un cine cada vez más infantilizado y banal; y, para demostrarlo, ahí están sus interpretaciones en Memorias de África (1985), Postales desde el filo (1990) o Los puentes de Madison (1995).

Lo que no significa que la actriz sea refractaria al humor: había que tenerlo para dar vida a la temible arpía que interpretó en El diablo viste de Prada (2006); y más aún para protagonizar lo que parece, a simple vista, una visión muy superficial de la situación vital de la generación de mujeres que tuvieron parte activa en la revolución sexual de los sesenta: me refiero a Mamma mia! (2008) donde interpreta a una mujer madura que ha consumado el viejo sueño hippy de huir de la vida urbana y el éxito profesional y refugiarse en un pueblecito de la costa italiana, pero cuya hija urde una trama para descubrir quién de los muchos amantes que tuvo la madre en aquellos alocados tiempos fue su padre… Una situación –la del acertijo o la prueba destinados a corroborar una identidad dudosa– propia de leyenda o de cuento de hadas, pero hábilmente trasladada al horizonte mental de una generación que ha conocido el sueño y desengaño de las utopías contemporáneas, y aprendido a rebajarlos convenientemente hasta identificarlos con la fácil nostalgia inducida por las canciones de Abba… Imagino las risas de la actriz al leer el guión, y cuánto se divertiría poniéndolo en escena, incluidas las tomas adicionales en las que, ataviada convenientemente, canta las canciones del famoso trío sueco. Reconoce uno ese gesto: el cambio del nihilismo doctrinario de ayer por la felicidad posible. No hay cumpleaños de cincuentón en el que no se haya interpretado esa banda sonora.

