En alguna cuneta de la carretera que une Arévalo con Valladolid está enterrado Daniel González Linacero. Había nacido en 1903 y era maestro e historiador. Su mayor delito fue publicar en 1933 Mi primer libro de historia, una obra que –según cuenta María García Alonso– tenía como principal objetivo “que fuera utilizada por sus alumnos de la Escuela Normal de Palencia en la práctica cotidiana de su trabajo. Fue escrita para orientar la sed de conocimiento de un montón de chiquillos descalzos, invisibles para todos los gobiernos dentro de aquella gran masa de analfabetos que la nueva República española debía convertir precipitadamente en buenos ciudadanos. [En el libro] los héroes cambian de rostros y de virtudes, mientras se da sentido a los actos recurrentes de la vida cotidiana: ¿de qué se alimentan las gentes? ¿Cómo construyen? ¿Cómo ha ido evolucionando el modo de vestirse? Se trata de un precoz ensayo de historia social adaptado a las modestas aptitudes de los pequeños lectores”.
González Linacero no hacía más que recoger el ideario pedagógico krausista que había prendido felizmente en el magisterio español desde finales del siglo XIX, cristalizándose en las directrices del Ministerio de Instrucción Pública de la II República y, más concretamente, en el Patronato de las Misiones Pedagógicas, impulsado por Manuel Bartolomé Cossío y Antonio Machado (léase Juan de Mairena). El proyecto escolar republicano, desde su entendimiento cabal de la educación, recuperó aquella conquista que la imprenta había traído siglos atrás, a saber: la diversidad del conocimiento, la insumisión al único criterio del maestro y el derecho a la reflexión crítica. Para ello, se crearon más de mil bibliotecas escolares y se repartieron más de 600.000 libros: de autores antiguos y modernos, extranjeros y nacionales, libros de historia, de poesía, de pensamiento… libros para provocar el relativismo de las ideas, libros no para adoctrinar, sino para alentar el deseo de cambio, la ansiedad de conocimiento.
Al arribar, apenas con diecisiete años, a la Residencia de Estudiantes desde su Calanda natal, Luis Buñuel –según cuenta en sus memorias– se sorprendió de aquella forma de aprendizaje y de cuánto sabían sus compañeros a base de no manejarse con libros de texto, sino con lecturas diversas y heterodoxas que iban formando en su espíritu una cadena de conocimientos, un camino infinito hacia la libertad. Nuestros hijos, hijos de la democracia, nietos de aquella libertad mutilada, comienzan ahora el curso escolar con infames libros de texto. Libros que remedan toscamente la escuela krausista, a la que entienden poco y mal; libros que confunden el estado de las autonomías con el tipismo y el etnocentrismo, que confunden la poesía con los ripios del consagrado poeta local, el teatro con la astracanada de los Álvarez Quintero, libros que en su concepto de la historia se aproximan, más que a la mirada generosa y amplia de González Linacero, a aquella otra que el Boletín de Educación de Burgos recogía en octubre de 1936 para remediar los desmanes de Mi primer libro de historia: “Estas tres importantísimas finalidades [conseguir un espíritu nacional fuerte y patriótico, impregnar la escuela de catolicismo y fomentar en las almas infantiles las ideas de disciplina ciudadana y de cooperación, basadas en el trabajo y en el respeto a la Autoridad] se pueden lograr con sencillez notoria, asomándose al libro de nuestra Historia […]. Y así, un día se encontrará el tema de los magníficos y heroicos episodios de la Reconquista Medieval; otro, habrá de acudirse a las fecundas enseñanzas que proporciona la reconstrucción nacional y la formación de nuestra Nacionalidad en el admirable reinado de los Reyes Católicos; y en fin, en las extraordinarias dotes colonizadoras de nuestro Pueblo, que llenan todo un período de esplendor de nuestro Pasado, surgirán cuestiones de extraordinario valor para ir formando el espíritu patriótico de los valores que han de cooperar en la obra de compenetración racial”.
Quienes han acometido las sucesivas reformas educativas de la etapa democrática han hecho una burda imitación del krausismo, no lo conocen, sólo atisban su merchandising y, en aras de ello, perpetúan generaciones de niños y adolescentes a los que les está prohibido conocer la historia con minúsculas.



Querida Graciela, en estos días se han cumplido siete años de la muerte de Ana Pelegrín, quizás la última krausista, quizás la última voz (escuchada por tan pocos) de la pedagogía libre y creativa. Fue Ana Pelegrín quien me mostró la historia de González Linacero y de tantos otros. Que nadie olvide leer «Pequeña memoria recobrada: libros infantiles del exilio». Un abrazo grande
Al leer el artículo me emocionó. En pocas y certeras palabra nos das a conocer y reconoces al maestro Daniel González Lincero, homenaje a los maestr@s y a los que yacen en las cunetas.
Tuve el privilegio de formar parte, durante algunos años, del colegio Siglo XXI de moratalaz Madrid, se trabajaba investigando, diversos textos, distintos puntos de vista.