“Sea lo que sea lo que tengo en mi interior, me ayuda a continuar y a ser yo mismo, a no rendirme, a tener mi propia forma de entender las cosas que, de hecho, no es muy distinta a la del resto de los mortales. Mucha gente la comparte, pero yo soy el único que se levanta y habla”.
Algo más de dos décadas después de su primer desnudo –Rotten. No Irish, No Blacks, No Dogs” (1993)– John Lydon (1956) vuelve al confesionario en un ejercicio de memoria más completo y actualizado. Lydon, según el crítico Greil Marcus, “el único cantante realmente terrorífico que ha conocido el rock’n’roll” en su reencarnación como Johnny Rotten, la ácida voz y cerebro de los Sex Pistols, la banda británica de punk que cambió el signo del rock a mediados de los setenta del pasado siglo al grito de “¡no hay futuro!”, acometiendo contra la monarquía –¿ recuerdan aquella sacudida llamada “God Save The Queen” ?–, la iglesia o la casta política.
Lydon, el posterior líder de los incómodos PiL (Public Image Limited), capaz de romper con su pasado en 1978 y sumergirse en una aventura que combinaba audacia y provocación y que aún late agarrada a un reciente trabajo titulado What The World Needs Now… (2015) .
Menos lobos. En realidad, las 623 páginas de La ira es energía. Memorias sin censura (Malpaso; 2015) vuelven a desmontar en parte la imagen belicosa, desquiciada y egocéntrica que la leyenda ha forjado para mostrar una persona preocupada por la educación, por su conciencia política y por una “integridad” a la que incluso dedica el libro. En realidad Lydon no ha sufrido ninguna metamorfosis radical sino que ha aprendido a administrar su furia a imagen y semejanza del uso de la ira que realizó tras una meningitis infantil como método para recuperar sus recuerdos. De ahí que resurja también lanzando loas a su propio trabajo –“hay que decir que he transformado la música dos veces en mi vida: una con Sex Pistols y otra con PiL», escribe en el prólogo– e invectivas contra compañeros de aventuras de otros tiempos, como Malcolm McLaren (1946-2010), manager de los Sex Pistols, o su pareja la diseñadora Vivienne Westwood a quienes pone de vuelta y media demostrando, de paso, que no ha perdido reflejos para la acometida.
Eso sí, que nadie espere descubrir aquí una veta literaria. La nota editorial de inicio no deja lugar a la duda: “El lector advertirá que la prosa de John Lydon no siempre se ajusta a las convenciones gramaticales. También hallará palabras no registradas en los diccionarios o empleadas de forma poco ortodoxa. No son erratas o errores, sino elementos sustanciales de la singular jerga que utiliza el autor y que, por ello, esta editorial ha respetado casi sin excepción. Como diría el señor Lydon: “No perdamos el tiempo con chorradas”.
Subrayada la circunstancia, merece la pena sumergirse en un diligente paseo por las cuatro últimas décadas del rock, guiados por una voz frente al espejo que presume, con razón, de no haber arrojado “ladrillos a los escaparates en nombre de la rebelión sino palabras allí donde importaba”.

