A Javier fue a la primera persona a la que escuché hablar de lo importante que es, en arte, partir siempre de uno mismo, de las raíces, de las circunstancias propias. Fue en un concierto, un verano, qué calor hacía en aquel maravilloso espacio (cutre, sí, pero con una energía especial) que era el escenario de Valcárcel, de momento no recuperado, pero esperemos que sí recuperable. Éramos tantos que la gente se había tenido que acomodar en los pasillos. “¡Al suelo con él!”, dijo alguien, y todos pusimos nuestros juveniles culos jipis en la moqueta. En esa ocasión, antes de presentar no recuerdo qué canción, Ruibal se acordó de otro grande, Fernando Quiñones, quien le había enseñado a escribir y componer siendo fiel a sus orígenes, al pequeño mundo inmediato, al territorio chico que nos rodea a cada uno. Y cómo desde ahí, desde lo pequeño, y sólo desde lo pequeño, uno podía llegar a ser universal. Más tarde me enteré de que un gran autor clásico lo había dicho ya con anterioridad: “Habla al mundo desde tu aldea”. Pero por aquel entonces yo poco sabía de Tolstoi, solo sé que aquellas palabras-homenaje de Ruibal a Quiñones se me quedaron grabadas. El tiempo, curiosamente, se ha encargado de traérmelas a cada momento a la memoria, como una ola que vuelve machaconamente a la orilla de la playa. Supongo que porque, a lo largo de los años, aquella revelación ha cobrado la magnitud de una premonición. Primero, el trabajo con La Zaranda, compañía teatral que exporta la jondura metafísica de los campos de Jerez a todos los confines del mundo. Y luego, mi trabajo con la compañía Chirigóticas, que nace del encuentro de la dramaturgia de Antonio Álamo con lo que yo consideraba un divertimento, la chirigota que sacaba cada año a las calles de Cádiz, y que al final se ha convertido en el centro de mi vida profesional. Precisamente Antonio Álamo, a quien puedo considerar mi maestro en esto de la escritura, entendiendo la palabra “maestro” como aquella persona que te revela algo de ti misma que tú desconocías; precisamente Antonio Álamo, iba diciendo, me insiste siempre en lo mismo: “No hables de lo que no has vivido. No mientas, tía”. El propio García Márquez también habla de ello en sus memorias, invitando a los que se inician en el mundo de la escritura a escribir solo de lo que se conoce.
La originalidad es un concepto al que muchos hemos renunciado. No sé si a estas alturas todavía hay gente que la busca, en realidad no sé si es posible ser original, la verdad, lo confieso. Más bien siento que a lo máximo que puede uno aspirar es a ser genuino, a ser personal. Personal… y transferible. Porque resulta que cuando uno escribe de lo que no conoce, suele ir directamente al lugar común, a lo manido y consabido, y desde ahí es muy complicado tocar lo profundo de la gente. Sin embargo cuando uno bucea y comunica lo que sale de las propias entrañas, cuando uno cuenta, por ejemplo, la historia de ese personaje que se apostaba en la puerta de Galerías con otro colega a cantar libre libre quiero ser, es harto posible que alguien que viva a diez mil kilómetros de distancia se identifique mágicamente, se sienta reflejado en esa autenticidad, en ese acto de sinceridad y de desnudez. Escribir es no mentir, es dar rienda suelta de una manera loca a ser uno mismo, impúdica, salvajemente. Es como actuar, y es como debería ser vivir.

Ruibal celebra treinta y cinco años en la música. Es posible que a usted no le interese su obra. A mí me encanta, pero eso da igual. No estoy hablando de gustos, hablo de un hecho. Un artista que ha persistido –con cabezonería podríamos decir– en mostrar al mundo su alma desde un rincón geográfico que inspira y nutre su poesía, y desde una experiencia, la propia, que está por encima de los imperativos de la moda y de la tiranía de los diales; al margen de los canallismos impostados, los malditismos trasnochados y la sensibilidad empalagosa. Hay un flujo directo de inspiración entre su corazón y sus versos, entre su cerebro y las cuerdas de su guitarra, un flujo genuino, no manipulado. Hay una fidelidad a sí mismo que lo ha mantenido a lo largo de todo este tiempo en el altarcito que le erigimos los que adornamos nuestras vidas con su voz. Todos estos años bandeando los vaivenes del tiempo y la fortuna, riendo, llorando, viviendo y componiendo. Toda una hazaña, treinta y cinco años no es poco. Y que sean muchos más, por el bien de nuestras almas.


Arte de Cádiz para el mundo, tanto de Javier como de Ana y sus hermanas. Por estos artistas se siente uno orgulloso de ser de Cádiz por unos instantes.
Felicidad duradera para Javier.
Olé