CriSSis

Ilustración de Manuel Martín Morgado.

Capítulo 27. El rumano.

Entrar en el bareto era como viajar atrás en el tiempo, de vuelta a una venta de carretera de los años setenta. Por no faltar, ni faltaba el cartel de toros. Palomo Linares en un mano a mano con Diego Puerta. Un televisor viejo y con los colores desvaídos, que ni siquiera era plano; la cabeza de un ciervo detrás de la barra. Botellas sin descorchar de licores que habían desaparecido del mercado y acumulaban más polvo que bouquet.

Manolo Aranda se quitó las gafas de sol, dio un paso al interior, haciendo tintinear los abalorios amarillos y rojos de la cortina que protegía para nada la entrada. La mujer que atendía la barra hizo como que no lo había visto. Uno de los parroquianos, sin embargo, pagó la cuenta. Los dos viejos que jugaban a las cartas continuaron a lo suyo. Y el hombre solitario que tonteaba con unas fichas de dominó dio una calada al cigarrillo sin filtro.

—Tiempo sin verle, inspector —dijo, cubriéndose la cara de humo oscuro. Aranda se sentó frente a él, cuidando de no dar la espalda a la puerta—. ¿Cómo va la familia?

—Dejándome arruinado, como de costumbre. Las mellizas comen como limas. Y los libros de texto están carísimos.

—No salimos de la crisis, ¿eh?

—Parece que no todos pueden decir lo mismo, Vladimir.

El rumano, Vladimir, colocó la blanca doble en el centro de la mesa de mármol. Era un hombre tranquilo, de esos que a simple vista parecen incapaces de matar a una mosca. Aranda sabía que la percepción era un engaño.

—¿Puedo ayudarle en algo, inspector?

—Tú dirás.

—Sabe que estoy limpio.

—Como la nieve.

—Sabe que no me meto en esas cosas. Lo mío es la chatarra.

Aranda sonrió.  El humo que el rumano exhalaba le hizo desear, después de cinco años, poder fumarse un cigarro. Había que reconocer que Vladimir el voivoda tenía la tapadera perfecta: no hacía ostentación alguna de riquezas, no tenía coches deportivos, no había una sola propiedad a su nombre. Y sin embargo Aranda y la policía nacional entera sabía que el rumano podía codearse con cualquier banquero de postín. El negocio de la droga de medio Madrid pasaba por sus manos. O de eso estaban seguros, sin ninguna prueba. La inteligencia natural del rumano los burlaba siempre.  Por más que habían intentado contactar con la Interpol, había resultado imposible descubrir qué había sido el rumano en otra vida.

Ilustración de Manuel Martín Morgado.
Ilustración de Manuel Martín Morgado.

—¿Ves algo en esa tele cochambrosa aparte de los programas del corazón?

—Los Manolos. Me encanta la selección española, inspector. Iniesta es mi ídolo.

—¿Y los periódicos?

—No entiendo lo suficiente la lengua para enterarme de todo. Sólo leo el Marca.

  —Como Rajoy. ¿Qué sabes de la partida de droga adulterada?

—¿Por qué tendría que saber nada, inspector?

—Porque en Vallecas no hay quien estornude sin que tú estés detrás.

Vladimir cruzó las manos. En su sonrisa brilló un diente de oro.

—¿Me está acusando de algo, inspector?

—Si tuviera pruebas para acusarte, ya lo habría hecho, ¿no, Vladimir?

—No sé nada de drogas.

—Ya. Lo tuyo es la chatarra.

Vladimir se encogió de hombros.

—Por lo que yo sé, la mierda que hay en la calle es limpia.

—¿Entonces quién la cortó con veneno?

—A mí que me registren.

—Ya lo hemos hecho. No sirvió de nada, como bien sabes. No vengo a acusarte de nada. Pero, verás, veraneo en Barbate.

—¿Y…?

—Que en agosto me distraigo mariscando. Es un entretenimiento divertido. ¿Sabes en qué consiste? En levantar una piedra tras otra. Hasta que encuentras un cangrejo.

—Soy alérgico al marisco.

—Los cangrejos son crustáceos. La verdad, Dimitri, es que no me gustaría tener que ponerme a mariscar cuando no es agosto. No sé si me entiendes.

El rumano apagó el cigarrillo antes de mirar a Aranda. Conocía las reglas del juego. Las aceptó.

—Lo entiendo.

—¿Entonces?

—Ya le digo que la mierda que hay en las calles está limpia.

—Entonces la ha manipulado alguien. Digamos que… ajeno a tu círculo.

—No soy un soplón.

—Nadie te va acusar de nada. Pero hay cangrejos que viven tranquilos porque nunca es agosto.

—He oído… he oído decir que vinieron dos tipos. Hace un par de semanas.

—¿Qué dos tipos?

—Nadie los había visto antes. Entraron en el barrio de chabolas y hablaron con uno que estáis buscando. Uno que se escapó de la vigilancia policial tras un entierro.  Preguntaron por droga. Lo que no sabían es que la droga no la consigue cualquiera.

—¿Ellos la consiguieron?

—No que yo sepa.

—¿Con quién contactaron?

—Con un tal Vicente. Vicente Huerta.

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