Las fronteras del patrimonio

Bragança, la capital de la zona portuguesa de Trás-os-Montes, alberga el Museu Ibérico da Máscara e do Traje. Se exhiben —y se explican de modo diáfano— allí los ritos y costumbres, la indumentaria y los instrumentos musicales que intervienen en las fiestas de invierno de la comarca, las que marcan el calendario festivo de diciembre a febrero y las que marcan las ritualidad tanto del distrito portugués como del zamorano.

No hace distingos, pues, este ejemplar museo entre fiestas navideñas y fiestas carnavalescas, entendiendo que el folklore invernal del territorio humano que pretende explicar es homogéneo en sus manifestaciones e indiferente, en su esencia, al empeño de la teología oficial por diferenciar un tiempo piadoso —el navideño— de uno sensual —el de carnestolendas—. Las portuguesas festas do rapazes de finales de diciembre, las de carnaval, las filandorras o los antruejos zamoranos gravitan en torno a un eje común: la máscara, que aglutina un conjunto muy diverso de actividades etnológicas de raíz milenaria y transmisión eminentemente oral. Conmueve encontrarse, a la entrada del Museu, con un mapa de la comarca folklórica explicada, una zona que comparte un modo de hablar y un modo de ser y a la que, sin embargo, las vicisitudes políticas y administrativas han dividido en dos partes: una española y otra portuguesa.

Máscaras en el Museu Ibérico da Máscara e do Traje de Bragrança.

Las fronteras delimitadas por el folklore suelen ser muy desobedientes con las impuestas por la política y el mundo del patrimonio inmaterial está plagado de ejemplos que lo demuestran. Hace unos pocos años la profesora Carmen García Surrallés informó de la pervivencia, en tierras marineras de la provincia de Cádiz, de algunos romances que la investigación creía privativos de zonas de pastoreo de Extremadura y del Valle de Alcudia. Baladas como la de La loba parda habrían llegado hasta el sur del sur de la península a través de las rutas de trashumancia de los siglos XVII y XVIII que, más allá de la vega del Guadalquivir, se extendieron buscando los pastos verdes y el clima benigno.

Uno de los instrumentos más primitivos —y a la vez más dúctiles y complejos— del folklore peninsular, la zambomba, pudo venir desde los Países Bajos para, a partir del siglo XVI, convertirse en el centro de reuniones festivas y en el soporte de un inmenso repertorio poético-musical de canciones y romances. Desde la vieja Flandes la zambomba se convirtió aquí en instrumento de barro, lata, madera o cartón, aglutinó ritos de invierno y de verano, sostuvo ritmos paganos y devotos y reunió en torno a ella a gentes de Andalucía, Castilla, Levante, Navarra, Extremadura, Portugal… Esa zambomba que las modernas y electoralistas proclamas político patrimoniales quieren hacer típica de una sola ciudad y responsable de un solo sonido.

Artesanos de la zambomba en San Pablo de Buceite.

Artesano de la zambomba en San Pablo de Buceite.

Irredento ante las imposiciones político administrativas, el patrimonio cultural inmaterial ha ido viviendo donde mejor se aclimataba y trazando las fronteras que mejor convenían a su naturaleza múltiple y libre. En su andadura, los gobiernos y las ideologías le han ido poniendo chinas en el zapato, fronteras morales de las que el folklore no entiende y que no han hecho sino entorpecer su camino y debilitar su cuerpo. Las comunidades autónomas, por ejemplo, se han apresurado a hacer coincidir, forzadamente, su tradición oral con sus fronteras políticas y han elaborado inventarios y atlas en los que un río o una cordillera ponen fin por igual a una provincia y a una expresión ritual. De locos.

Creo que El caballero de la mano en el pecho que, con fondo gris, habita hoy el Museo del Prado, no se palpa el corazón como señal de honor ni de gallardía, sino como gesto de desesperación ante lo que este país, de fondo gris, sigue haciendo con su patrimonio.

María Jesús Ruiz

Autor/a: María Jesús Ruiz

María Jesús Ruiz es doctora en Filología Hispánica y profesora de la Universidad de Cádiz desde 1987. Ha dedicado su docencia e investigación a la narrativa del Siglo de Oro, la literatura española del exilio de 1939 y fundamentalmente a la tradición oral, el folklore, la cultura popular y el patrimonio etnográfico. Sobre estos temas tiene publicados una docena de libros y más de un centenar de artículos.

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