En 1968 Marisol y Palito Ortega interpretaron a dúo para TVE Corazón contento. Poco después Marisol decidiría ser para siempre Pepa Flores mientras que Palito se recobraría a sí mismo como Ramón Bautista Ortega, llegando a ser gobernador de la provincia argentina de Tucumán entre 1991 y 1995. No obstante, la carrera musical de Ortega ha continuado de manera intermitente hasta hoy mismo: acaba de lanzar al mercado un nuevo disco, Cantando con amigos, y es el autor de uno de los himnos más populares del Papa, La luz de Francisco, un remedo vaticanista de Corazón contento en el que la alegría por el amor humano de la voz cálida y grave de Pepa Flores queda sustituida por la emoción ante el amor divino de un coro de niños y de una melodía indigenista de aquellas que nos irritaban en los tiempos de Cristo Vive y de las Juventudes Franciscanas.
Aparte de otros himnos fabricados a la misma usanza en Ecuador, Bolivia, Paraguay y el resto de los países que va visitando el Pontífice (hasta formar, todos ellos, un verdadero rosario de autocomplacencia), a Francisco la música moderna le ha regalado un disco. Es mucho más atrevido que aquel que bajo el título de Abba Pater se publicó en 1999 bajo el mandato de Juan Pablo II, o que el menos popular de Benedicto XVI, Music from the Vatican (2009). Éstos recogían música sacra y clásica, además de meditaciones en varios idiomas de los homenajeados. El de Francisco sale al mercado etiquetado como “rock progresivo”, tiene título coloquial y directo, Wake up!, y un tema estrella -que trenza el discurso papal de Seúl con guitarras y sintetizadores- compuesto por Tony Pagliuca, precursor de la psicodelia musical con su grupo ya extinto Le Orme. Todo un bombazo músico-espiritual, pues.
Me pregunto qué devoción inmensa por la aristocracia lleva a ciertas estrellas del pop-rock a consagrar su talento a estas figuras poderosas. A primera vista, parece que la sobredimensión mediática de éstos inspira temas garantes de popularidad, y que el sonido rockero, al hacerse devoto, adquiere el respeto que su origen suburbano le niega. Hay, entre la música y el personaje homenajeado, un feedback de santidad: no puedo olvidar cómo la canción que Elton John rescató para el funeral de Diana de Gales coronó a la fallecida como santa y al músico como demiurgo.
Descartada la intención caritativa con que las casas discográficas y el propio Vaticano venden estos productos, solo me explico el fenómeno como la forma que el secular mecenazgo ha llegado a adoptar. Nos han convencido de que la cultura y el arte deben ser promocionados y protegidos por los más ricos, hasta negar que la cultura y el arte tienen como uno de sus objetivos esenciales disolver la división entre ricos y pobres, desbaratar los sistemas rígidos y opresores y provocar el pensamiento crítico de todos. Nacido para democratizar la obra artística, el mecenazgo se encarga ahora de aplebeyarla y los artistas se encadenan al discurso del poderoso, el discurso papal. A saber qué gloria se alcanza por ello.

