El reciento estreno de El puente de los espías (Bridge of Spies, 2015) ha vuelto a recordarnos una ya vieja evidencia: cuando Steven Spielberg empezó a hacerse popular con películas como Tiburón (1975), las de Indiana Jones o E.T.. el extraterrestre (1982), nadie hubiera dicho que el tiempo iba a convertirlo en el autor de un completo ciclo de películas sobre los grandes conflictos ideológicos y políticos del siglo XX, y que estas películas se caracterizarían por una notable unidad de visión, de signo claramente humanista.
El error de apreciación nacía de la ceguera que la crítica suele mostrar hacia el cine llamado “de evasión”. Tiburón ya era una película política, en cuanto que también era, como La diligencia de John Ford, una alegoría: tres hombres que representan tres generaciones distintas –un veterano de la Segunda Guerra Mundial, un joven biólogo de actitudes iconoclastas y un maduro jefe de policía local– son los encargados de hacer frente al monstruo, una vez puesto en evidencia el empeño de la oligarquía local en negar el peligro; cuya primera víctima, significativamente, había sido una joven hippy que nadaba desnuda. Ni que decir tiene que será el hombre común –el modesto policía– quien saldrá triunfante de la prueba; sentando así las bases de lo que será la visión del mundo de Spielberg: en cualquier situación apurada, e incluso en las tremendas coyunturas destructivas que ha conocido el siglo, es posible encontrar quien encarne ese principio de honradez, seriedad y sentido común –léase, bondad–; y la acción modesta de estos hombres comunes frecuentemente ha infligido pequeñas derrotas a esos espantosos designios sobrehumanos. Indiana Jones, el héroe de tebeo al que Spielberg ha dedicado ya cuatro películas, venía a ser el emblema cinemático de ese optimismo: contra su deportivo humanismo y su optimismo iconoclasta, los nazis de opereta y las diversas sectas de fanáticos que le salían al paso resultaban siempre inoperantes y eran, consiguientemente, vapuleados y humillados.
El cine “serio” de Spielberg viene a ser una especie de meditada indagación en ese optimismo antropológico. El imperio del sol (1987) supone una vuelta de tuerca a las viejas películas de campos de prisioneros, al estilo de Traición en el infierno (Stalag 17, 1953) o La gran evasión (The Great escape, 1963); solo que, a las habituales muestras de ingenio y superioridad de los prisioneros sobre sus torpes y brutales guardianes, Spielberg añade algo más sutil: la alegría de vivir y la creencia en valores irreductibles a la opresión impuesta de carácter totalitario. El niño protagonista sobrevive en el campo de prisioneros japonés gracias a esos valores, que en cierto modo minan incluso la férrea eficacia del mecanismo represivo. Veremos el esquema repetirse en La lista de Schindler (Schindler’s List, 1993) y, más ambiguamente, pero no por ello menos segura en su apuesta moral, en la compleja Munich (2005).

El puente de los espías pulsa la misma tecla. Un simple abogado neoyorquino, encarnado por el siempre convincente Tom Hanks, recibe el difícil encargo de defender a un extranjero acusado de espionaje a favor de la URSS en los Estados Unidos. El encargo responde al requisito legal de que todo acusado cuente con la correspondiente defensa, por más que, en este caso, tanto la opinión pública como el propio sistema judicial han decidido ya la culpabilidad del presunto espía. El abogado, en cambio, asume su tarea con seriedad e incluso alcanza una cierta empatía con su defendido, en el que ve a un simple peón de un juego que sobrepasa a ambos. Y cuando los rusos, a su vez, detienen a un piloto-espía norteamericano y se hace necesario negociar un intercambio, esa empatía entre defendido y abogado, así como la obstinación de éste en el cumplimiento de su deber, jugarán un papel esencial.
Lo importante aquí no es tanto la recreación de las maquinaciones de la Guerra Fría –cuyo clima moral está admirablemente retratado–, como la defensa que Spielberg –apoyándose en un guión de Matt Charman y los hermanos Coen– hace del empeño del hombre común que cree en lo que hace. Y aunque la película incurre en comprensibles parcialidades –por ejemplo, en el desigual tratamiento que se hace del trato a los prisioneros por parte de ambas superpotencias, que parece dar a entender que la CIA no utilizaba las técnicas de tortura psicológica que aplica la otra parte–, el mensaje es nítido: en las sociedades abiertas la gente no es necesariamente mejor ni las reacciones de odio irracional, como las que suscita el presunto espía en la opinión pública norteamericana, son menores que en cualquier otro lugar; pero hay un espacio, por estrecho que sea, en el que el individuo puede ejercer su capacidad de discernimiento; y esa acción, limitada pero persistente, acaba obteniendo la sanción del tiempo, que es quien en último extremo otorga la razón en los enrevesados conflictos humanos. Por más que ese momento de reconocimiento sea ya, como ocurre en esta películas, cosa también del pasado: el persistente abogado obtendrá el reconocimiento pleno de su valía durante la presidencia de Kennedy.
Podría argüirse que este optimismo retrospectivo es también una forma de pesimismo: si hubo una edad dorada del progresismo optimista, parece decirnos este hijo de los años sesenta, ha pasado ya. Le ocurre a Spielberg respecto a su tiempo lo que a John Ford o Frank Capra respecto a la era progresista que supusieron las políticas del New Deal tras la Gran Depresión: se canta lo que se pierde, sí, pero fue hermoso mientras duró.

