La Riviera de Atenas

El día después de nuestras andanzas por El Pireo amanecimos tarareando la melodía de “Ta paidiá tou Peiraiá” (“Los chicos del Pireo”), la fantástica canción que interpreta Melina Mercouri en Pote tin Kyriaki (Nunca en domingo), la comedia griego-estadounidense de Jules Dassin. La composición de Manos Hadjidakis mereció en su momento (1961) el Óscar al mejor tema musical. Tanto la balada como el filme son, básicamente, un canto al amor y a la alegría de vivir del pueblo griego.

Con tal ánimo, pues, nos dispusimos a desayunar en Petrálona. Los atenienses comienzan el día de forma ligera: un café turco –amargo (skiétos), dulce (glikís), cargado (varís)– o –en verano– café frappé, y roscas de pan con semillas de sésamo (conocidas como koulouri). Los más ortodoxos se limitan a café y cigarro. Ya llegará la hora del mezedé…

Para nosotros, el capuchino es innegociable. N. acompaña el suyo con pan tostado y aceite de oliva. A mí, tanta alegría mañanera me empuja al desatino. Pido, a ojo, lo que parece un hojaldre, que supongo relleno de chocolate o mantequilla. Al morderlo compruebo que, posiblemente, sí se trate de una masa de hojaldre, aunque, para mi sorpresa, en su interior esconde una enorme salchicha. No pude.

La conversación matinal giró, obviamente, en torno a Temístocles. Navegando por aquí y por allá en Internet, supimos que el historiador Heródoto afirmó de él que salvó a Grecia al obligar a los atenienses a hacerse marinos, creando –en el IV a.C.– los cimientos del futuro imperio naval de Atenas. Sustituyó el puerto de Falero, muy vulnerable –por abierto–, por el puerto de puertos de El Pireo (que tan bien conocíamos ya nosotros). Este hecho resultaría fundamental para la futura talasocracia ateniense (predominio político y económico sustentado en el dominio de los mares).

Vouliagmeni

Vouliagmeni.

Contagiados por la cadencia de Melina Mercouri e imbuidos por el espíritu de la talasocracia nos dispusimos a alcanzar por fin nuestro objetivo de sumergirnos –en condiciones– y conquistar con nuestros brazos el mar Egeo.

Entre los suburbios del sur de Atenas y cabo Sounio se extiende un conjunto de playas conocido como la Riviera ateniense, que alcanza los 60 Km. La marea de chapapote, según nos informamos, había obligado a cerrar algunas, aunque otras permanecían abiertas, con sus aguas en buen estado. La más conocida, Glyfada, se hallaba clausurada por precaución. En Vouliagmeni, en cambio, se habían librado de la marea negra.

Existen varias opciones para ir desde el centro de Atenas hasta su costa: “tranvía más autobús”, “taxi” y “metro más autobús”. Por ser la que mejor dominábamos y poseer, además, un bono de metro para varios días, elegimos la tercera. Tras llegar a bordo de la línea 1 a la plaza Omonia, ocupamos un vagón de la línea 2 hasta la estación final de Elliniko.

scaloppine alla valdostana

‘Scaloppine alla valdostana’.

Frente a la salida del metro se encuentra la parada del autobús 122, que recorre por entero toda la Riviera. Cerca de dos horas después de salir de Petrálona estábamos en Vouliagmeni. Tanto la ciudad como su litoral constituyen el perfecto paradigma de lo que es toda la costa del sur de Atenas. Localidades de animada vida nocturna, pequeños puertos pesqueros, dársenas deportivas, y playas, no muy amplias, privadas y públicas, de arenas finas y aguas de color turquesa de poca profundidad.

Nos dimos un baño inolvidable en el pintoresco puerto pesquero de Akti. Lanzarse desde el pantalán a sus transparentes aguas fue una verdadera gozada. Después, para comer, paseamos hasta el cercano puerto deportivo (Lolos Center) donde se hallaba el Blue Fish, restaurante desde cuya terraza también podías lanzarte al mar. Antes de hacerlo nos sentamos a una mesa. N. pidió Rigatoni alla amatriciana (macarrones con salsa de tomate, queso pecorino y pepperoni). Yo me incliné por Scaloppina alla valdostana (escalopes de cerdo con patatas y salsa valdostana, que lleva vino blanco, prosciutto y queso fontina). Ambos platos nos llevaron a reflexionar sobre la enorme maestría de los italianos para vender y exportar lo suyo. En este caso, las salsas procedentes, la primera, de la pequeña localidad de Amatrice (en el Lacio), y de la región de Val d’Aosta (Italia septentrional), la segunda. Filosofamos acerca de ello mientras dábamos buena cuenta de una Verdure alla grilia (vegetales asados con queso gorgonzola).

‘Ocean’s salad’.

Tras refrescarnos y juguetear en el Egeo junto a la terraza iniciamos el regreso a Petrálona. La siguiente jornada transcurriría de manera casi idéntica, así que os la ahorraré. La única diferencia estriba en la playa que elegimos, lindante con el Lolos Center. La Playa de Astir, privada. Por cuatro euros tienes derecho a hamaca, sombrilla y ducha. Es una playa alargada, de arena muy fina. El Egeo se encontraba vivaracho y podías mecerte en sus olas. Comimos en el Beach Bar, en esta ocasión platos de la gastronomía griega. Yo quise un Soutzoukákia smyrneika. La receta auténtica habla de albóndigas (que ellos hacen aplastadas) de carne y arroz con salsa de tomate. A mí me sirvieron las albóndigas con patatas y tomate aliñado. N. prefirió una Olókliri tsipoúra (dorada a la plancha, acompañada de salsa de ajo y limón) que presentan de una forma curiosa, tal que parece que –efectivamente– te la están presentando. Acompañamos las viandas principales con una Ocean’s salad, una de esas ensaladas variadísimas a las que son tan aficionados en Atenas: champiñones, higos, rábanos, zanahoria, lechuga y tomate cherry.

‘Olókliri tsipoúra’.

Tras darnos un último chapuzón, retomamos la trayectoria de vuelta a Petrálona. Solo nos resta un día en Atenas. Arrellanados en un vagón de la línea 2 canturreamos nostálgicos por Melina Mercouri.

“Desde mi balcón mando

Uno, dos, tres y cuatro besos al mundo

Sobre el puerto del Pireo vuelan

Una, dos, tres y cuatro gaviotas, me

dicen”.

Apuntes del ‘Cuaderno de Altamira’:

No muy lejos de la estación de Elliniko (Helénico) se encuentran dos antiguas sedes olímpicas (de 2004), así como la terminal de un aeropuerto internacional en desuso. En 2016 estas ruinosas instalaciones se reconvirtieron en campos para la acogida de refugiados y migrantes. Llegaron a hacinarse en ellos más de 3.000. En junio de 2017 se evacuaron los tres. La mayoría de estas personas fueron trasladadas a campos alternativos, pues, en los de Elliniko, las condiciones de vida eran terribles e inseguras.

José Rasero Balón

Autor/a: José Rasero Balón

José Rasero Balón (Alhucemas, 1962). Soy autor de los blogs 'E la nave va!' y 'Humanos' (www.joserasero1.com) con fotografías realizadas en Holanda, Hungría, República Checa, Eslovaquia, Austria, Italia, Alemania y diversas poblaciones de la geografía española. He publicado las novelas 'Laila' (1997), 'Badián no es un anís' (2012) y 'Áticos y viento' (Ediciones Mayi. 2015), así como el poemario 'Brochazos' (2001). Vivo en La Viña.

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