La poesía sin imposturas de Sylvia Plath

‘Antología poética’. Sylvia Plath. Escogida por Ted Hughes. Edición bilingüe traducida por Raquel Lanseros. Navona Editorial, Barcelona, 2018. 175 pp.

Aún hoy, a los cincuenta y cinco años de su trágica muerte por suicidio, resulta difícil leer la poesía de Sylvia Plath (1932-1963) por su valor intrínseco, más allá de su condición de testimonio de una existencia marcada por la depresión, el infortunio matrimonial y las dificultades aparejadas a la plena realización de una mujer de indudable talento en una sociedad todavía refractaria a la plena igualdad de oportunidades para hombres y mujeres. Hay que reconocer, en cualquier caso, que sus mejores poemas corroboran elocuentemente los rasgos que componen esta imagen póstuma: desde la dura requisitoria contra la figura paterna que ofrece el titulado “Papá” (“Ya no me vales, zapato negro / En el que he vivido como un pie / Durante treinta años, pobre y desvaída, / Sin atreverme apenas a respirar ni a estornudar”) hasta las atormentadas imágenes que poemas como “Lesbos” ofrecen del entorno asfixiante de una ama de casa (“Mientras tanto esto apesta a grasa y a mierda de bebé. / Estoy amodorrada y torpe por mi somnífero de anoche”).

Es difícil, en efecto, encontrar en el conjunto de la poesía de Sylvia Plath algún poema o siquiera un verso que transmita aprecio por la vida, ponga en valor recuerdos felices o se reafirme en algún tipo de esperanza de que las cosas pudieran ser de otro modo: si acaso, algún ambiguo rasgo de ternura referido a la experiencia de la maternidad –en el poema “Canción matutina”, por ejemplo: “Yo no soy más madre tuya / Que la nube que condensa un espejo para reflejar su propia lenta / Desaparición en las manos del viento”)– o algún destello de apreciación de las bellezas de la naturaleza, por más que éstas sean siempre portadoras de ominosos presagios, como puede apreciarse en los estremecedores poemas “Amapolas en julio”, “Entre los narcisos” o “Atravesando el agua” (“Fríos mundos tiemblan desde los remos. / El espíritu de la oscuridad vive en nosotros, también en los peces. / Un tocón alza una pálida mano de despedida”).

Por todo ello, la Antología poética que Ted Hughes, el marido de la poeta, dio a la imprenta póstumamente en 1985 es básicamente un estremecedor testimonio del malestar de vivir en un tiempo en el que unos pocos espíritus lúcidos no dieron por zanjados los grandes dramas del siglo en nombre de los valores hedonistas aparejados a la nueva sociedad de consumo. Tras la figura distante de su padre, por ejemplo, Plath seguía viendo los fantasmas del Tercer Reich, convertidos en terribles figuras patriarcales (“Siempre he tenido miedo de ti, / Con tu Luftwaffe, tu jerigonza. / Y tu pulcro bigote / Y tu ojo ario, azul brillante”), lo que quizá pueda parecer injusto, ante el hecho incontrovertible de que su padre era alemán, en efecto, pero judío y emigrado. También resulta elocuente la posición de la poeta respecto a ciertos iconos del consumismo (“La sonrisa de las neveras me aniquila”) o incluso ante la creciente desinhibición de costumbres (“Debería llevar pantalones de tigre y tener una aventura”).

Sylvia Plath y Ted Hughes

Sylvia Plath y Ted Hughes.

Plath aportó a la poesía de su tiempo, en definitiva, un matiz de disconformidad en el que ni siquiera cabe rastrear los atenuantes que supusieron, en la poesía de otros –la del propio Ted Hughes, sin ir más lejos– el narcisismo existencialista, la conciencia de clase o la tentación de erigirse en intérprete de los símbolos y gestos de la naturaleza. He ahí uno de los grandes valores de su poesía: la absoluta carencia de imposturas. Otro es, sin duda, la lucidez, la desolada inteligencia, la mirada despejada. Y el tercero, pero no el menos importante, es el prurito de precisión, economía verbal e inteligente explotación de las posibilidades expresivas de la lengua inglesa desde el que está hecha una poesía que en ningún momento parece forzada o gratuita, y que se impone a la conciencia del lector como necesaria emanación de una mente que se le ha anticipado en la constatación de ciertas tremendas verdades que a todos nos conciernen.

De todo lo dicho cabe deducir que traducirla a otro idioma no es tarea fácil. De ahí que resulte especialmente encomiable el logro que supone la versión de Raquel Lanseros que motiva esta reseña: la poeta jerezana opta por una flexible literalidad que no excluye algunos oportunos ensayos de síntesis expresiva; al mismo tiempo que, sin forzar en absoluto la dicción –Plath es una poeta versolibrista–, logra valerse de su propio y demostrado sentido del ritmo para que el resultado conserve la tensión estilística que la norteamericana consigue por otros medios.

Es muy posible, por tanto, que esta traducción de Raquel Lanseros suponga un decisivo paso en la dirección deseada: que logremos leer los lúcidos y estremecedores versos de Plath, no solo como un desolador testimonio vital puesto en boca de una destacada figura doliente, sino también como lo que primariamente son: logradas muestras de excelente e imprescindible poesía.

José Manuel Benítez Ariza

Autor/a: José Manuel Benítez Ariza

José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) vive escribiendo y escribe sobre la vida: un poco cada día, un poco de todo, en una profusión hecha de muchas brevedades. Narrador, poeta, traductor y articulista, el hilo conductor de esta aparente dispersión de fuerzas es su "diario abierto" Columna de humo, en el que trata de explicarse.

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1 Comentario

  1. María Jesús Ruiz

    La poesía de Sylvia Plath es deslumbrante y exacta, recuerdo una edición de “Ariel” de principios de los ochenta… “Tú que andas por África tal vez, / pero pensando en mí”. Gracias

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