Juan Goytisolo o el puente entre civilizaciones

En la actualidad, la exposición de opiniones políticas puede constituir un inconveniente que menoscabe la proyección del escritor en cuanto marca de un sello editorial dado.  El silencio o la autocensura se imponen como estrategia de defensa ante un entorno hostil, a todo lo que hay que añadir la despolitización creciente y el esfuerzo inestimable desplegado por algunos autores con el objetivo de dinamitar el halo de intelectualidad que rodeaba la figura del novelista para así encorsetarlo en el resbaladizo terreno de la industria del entretenimiento, donde apenas puede competir en este contexto de hegemonía de los entornos digitales y consumo instantáneo característico de la tardopostmodernidad. Por razones históricas y personales, el caso de Juan Goytisolo fue distinto. Toda su obra estuvo atravesada de un compromiso con distintas causas que, por extensión, le indujo a emprender una revisión de la tradición literaria española, abriéndola a nuevos, y valiosos, escenarios de mestizaje.

Esta tentativa de construir una estética que fuera coherente con sus planteamientos políticos le reportó no pocas impugnaciones a su obra y a sus opiniones, y no faltaron quienes le acusaron de ambivalencia y exceso de protagonismo. Basten tres ejemplos. Gustavo Bueno torpedeó Señas de identidad, la novela que marca un punto de inflexión en su obra, con opiniones un tanto extemporáneas que confundían el discurso narrativo con la argumentación filosófica. En un citado artículo, publicado en 1992, Juan Benet le bautizó como Wojtysolo, desmembrando y uniendo a continuación los apellidos de Juan Pablo II y de su contraparte literaria, de modo que resultara una identidad, atribuyéndole de este modo un inmerecido sectarismo, el distintivo de quien pontifica. Hace seis años, durante la celebración de un curso sobre novela española, del cual salí tambaleante y tal vez molesto, un consagrado escritor despreció la aportación a la literatura de nuestro prosista, negando al tiempo que en su obra estuviera presente el humor, ante mi incrédulo parpadeo. Nadie protestó. Noelle-Neumann llama espiral del silencio a la anulación de las opiniones minoritarias, y yo, simple dictadura del reconocido por sus impares pares.

Un joven Juan Goytisolo en un imagen de una entrevista en el New York Times.

Pero también contó con simpatizantes y defensores de altura, como Pere Gimferrer, autor de elegantes ensayos que le prestaron una debida atención, o Carlos Fuentes, quien le incluyó como uno de los nombres destacados en sus trabajos sobre la novela latinoamericana, persona grata entre tantos innovadores del otro lado del charco. En efecto, como ensayista, es difícil encontrar a alguien que como él haya desplegado un esfuerzo similar en la discusión de textos que abarcan desde el Arcipreste de Hita y Francisco de Rojas a Blanco White y Manuel Puig y Severo Sarduy, sin olvidar La Regenta, una obra que, al igual que pensaba Marsé, era clave en nuestra historia. Dedicó también su atención a María de Zayas, el olvidado Joaquín Belda, Quevedo, Francisco Delicado, Góngora, Flaubert, Marx, Lezama Lima. Elogió a Ángel Vázquez, que como él apostó por el sincretismo en la oferta monodialógica de Juanita Narboni, homenaje a la yaquetía, una novela que hace temblar a los centuriones antidisturbios del grand style y arrincona a Virgina Woolf, a quien tanto le debe el tangerino. Reflexionó sobre el orientalismo que le hacía enmudecer de asombro y defendió sin tapujos ni polisemias fulleras el lugar principal que ocupa el moro en la génesis y transiciones de la cultura española, fermentada en una rica tríada, rebelándose contra la xenofobia castiza que quiere arrancar las páginas de la conquista musulmana. En mi caso concreto, me dejó una profunda huella la lectura goytisoliana de La Celestina, donde presentaba esta tragicomedia fundamental como una síntesis literaria, un crisol, de las tres culturas en la cual se inscribe desde una perspectiva histórica. Y su devoción por Cervantes, de quien reconoció sentirse “contaminado”, le convirtió en un divulgador principal de la arquitectura profunda  del Quijote, estableciendo insospechados paralelismos entre la miseria que atenazó desde siempre al genial alcalaíno, sobre la que pasan de puntillas tantos apologistas, y la locura de deshacer tuertos, hoy conocidos como desahuciados, víctimas del terrorismo financiero, parados sin recursos o subsaharianos repelidos en la frontera ceutí.

La obra ensayística de este barcelonés sin documento nacional de identidad, empero, no puede disociarse de su propuesta ficcional. Huyendo de camarillas, se separó por igual tanto del carpetovetonismo y tremendismo centrípeta como de las tentativas de entroncar la literatura española con la tradición euroamericana, triturada en el cóctel de Proust, Joyce, Kafka, Mann y Faulkner, para ofrecer una revisión de la riqueza de las tres culturas que subyacían bajo el legado literario español, estableciendo un puente, al mismo tiempo, con la sorprendente e igualmente rica producción literaria latinoamericana. He aquí el gran valor de una obra que, durante toda su vida, razonó en libros admirables. Fue distinto en un tiempo gobernado por la logomaquia ineficiente del bucle que en cada giro muestra la nadería, aunque adornada con ribetes caros y pintarrajeada, al final de la cual queda el complejo de haber nacido español, oculto bajo esta intransigencia que durante el franquismo oscuro alcanzó su más alta cota y paradójicamente vertebraba los enunciados que entonces circulaban entre los críticos. En algún momento, alguien tendrá que psicoanalizar el sustrato profundo que animó estas polémicas.

Juan Goytisolo en su casa de Marruecos.

En tal distanciamiento, sin embargo, no es ajena la conservación de algunos jirones de la obsesión por el juicio sumario que no admite réplica y conecta con el sermón de quien se siente investido de una razón superior, tan característica del predicador que no se ha liberado de los prejuicios propios de la limpieza de sangre. En su descargo, puede afirmarse que estas manifestaciones del gusto literario, más expresiones de un ego siempre pendiente del flash de la cámara que de la discusión serena, fueron, y lo lamento, moneda común de cambio en la posguerra y en las décadas posteriores, que no se habían sacudido la influencia de ese divertido personaje de ficción que fue Valle-Inclán mismo.

Juan Goytisolo, y aquí discrepo con el autor consagrado, también cultivó el humor. Tanto en Reivindicación del Conde Don Julián, como en Makbara o en Carajicomedia espolvorea el texto con pasajes de frenética hilaridad, introducidos con un propósito subversivo. En la primera de las obras citadas, el cuento de Caperucito Rojo y la disertación sobre las variaciones de la voz “coño”, que recuerdan a los derivados del verbo chingar o del sustantivo “chingada” tratados en La muerte de Artemio Cruz de Carlos Fuentes, persiguen divertir, visibilizando la homosexualidad y denunciando el machismo imperante de la España de los setenta al tiempo.

No fue un personaje cómodo. Mostró su indignación por barbaries como la programada en Sarajevo, el centro de la civilizada Europa, durante los noventa; señaló sin ambages el caciquismo del poder editorial y literario en España –que alcanzó bastante repercusión con la votación del Premio Cervantes del año 2001, y no cito por pudor al beneficiario–; y, por supuesto, no pasó desapercibida su intachable censura de ese engendro chusco y cortijero que fue el franquismo, pongamos por caso, en la colección de ensayos que tituló El furgón de cola. Su ataque al programa insolidario y despiadado que subyace bajo la pantufla defensa del individuo en el ideario ultraliberal, lamentablemente unívoco en la Unión Europea, le valieron críticas feroces y creo que no del todo razonadas.

Con cada uno de sus libros, nos sugería que la mejor forma de desactivar el texto literario es forzar un canon que entienda el estilo en cuanto circunscrito al orden sintáctico, vaciándolo de su potencia sustantiva, la referencia a una realidad que lo explica y justifica; que la vía más eficaz de cancelar a un escritor es circunscribir su ámbito de actuación a entretener al lector mientras toma el metro o el autobús para dirigirse a un trabajo que en la mayoría de los casos detesta, estimular la risa floja, facilitar un tema de conversación en reuniones familiares, reafirmar el tópico que antes ya se ha ocupado el poder, en cualquiera de sus variantes, de vallar con las concertinas amables de aquellos hechos o episodios históricos condenados por unanimidad, pues son crímenes de lesa humanidad: para pensar, ya tenemos a economistas, politólogos y periodistas de nuestra cuerda.

Juan Goytisolo está enterrado en una tumba junto a la de Genet en Larache.

Goytisolo fue ajeno a estas modas que revelan un profundo desconocimiento de las posibilidades que para la creación tiene el utillaje analítico. Era consciente del proceso de introspección y extrañamiento que comporta el acto de creación, su dimensión ética. En la periferia, encontró un hogar, el mundo desligado del cerco occidental, donde resarcirse de la frustración que el cerrilismo pueril de la dictadura imprimió en un país que a principios de los treinta comenzaba a despuntar, y supo inventar una voz que estableció un puente entre las culturas de la península y las latinoamericanas, devolviendo con la fiesta una lengua distinta de la que había aprendido, como acertadamente puntuó, cumpliendo así su obligación de escritor. Este fue el propósito que explica el paso del primer al segundo Goytisolo, del ciudadano que escribe al compositor de una obra que espera perdure sobre los accidentes y las trampas de una uniformización que regula esta obsesión por las historietas y el chiste fácil. “No se trata de poner la pluma al servicio de una causa por justa que sea sino de introducir el fermento contestatario de esta en el ámbito de la escritura”, leyó en el discurso de aceptación del primer premio de las letras españolas, reivindicando al Cervantes que inocula firmeza contra las injusticias. Ética y estética coinciden en un proyecto conjunto.

Al igual que aquellos que intentaron dar pasaporte a Galdós con argumentos propios de la miopía y el filibusterismo literario, de un infantilismo rabioso que imposibilita el juicio crítico ajustado, hoy otras generaciones, seducidas por la lencería del mercado, intentan desacreditar su innegable y tozuda, brillante aportación a la lengua, a ese devaluado arte en que hoy se ha convertido la literatura a golpe de racimo decimonónico. Algunas de sus opiniones fueron contradictorias, otras, desafortunadas, qué duda cabe. Escribió textos prescindibles, como todo aquel que se la juega y sabe que puede errar, y aún así lo intenta, porque es más poderosa la convicción de que la vida sin riesgo discurre por el tedioso y lineal camino del adocenamiento. Quizás sea adecuado recuperar aquí las palabras finales de la novela con que Isaac Rosa se dio a conocer, de un tono en cierta medida goytisoliano, El vano ayer: “Hay personas capaces de cruzar la vida sin mancharla y sin ser manchados por ella. Nunca he entendido esa discreción extrema, esa actitud de quien parece vivir porque no queda otro remedio”. Goytisolo se manchó con el aceite espeso del compromiso y la innovación y nos salpicó a todos en su intento, cervanteando. Ojalá que los restos, al menos, permanezcan.

Carlos Rodríguez Crespo

Autor/a: Carlos Rodríguez Crespo

Carlos Rodríguez Crespo (Madrid, 1971) se doctoró en Periodismo en la Universidad Complutense. Trabaja como periodista, investigador y profesor. En febrero, fue publicada su obra de ficción Ventanas cerca de Mireia (Garaje Ediciones, 2017).

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