La imaginación como actitud

A José Ángel Cilleruelo (Barcelona, 1961) lo conocí en persona en torno a 1986 o 1987, cuando volvía de Lisboa, donde disfrutaba de una beca, o se dirigía hacia allá y decidió dar un considerable rodeo y pasar por Cádiz. Acumulaba por entonces el bagaje que le permitiría convertirse en un avezado traductor del portugués e inspiraría libros como el dietario ficcionalizado Barrio Alto (1997) o la novela El visir de Abisinia (2001), que convirtieron a su autor en uno de los adelantados de ese redescubrimiento del país vecino que alcanzó categoría de moda en la literatura española de aquellos años e incluso tuvo proyección internacional –recuérdese el éxito de las novelas portuguesas del italiano Antonio Tabucchi–; por más que, en su caso, casi podría decirse que esta coyuntura no fue sino una más de un conjunto de experiencias que, incorporadas a su obra, le ayudaron a romper con el realismo costumbrista, normalmente apegado a entornos cercanos, que era norma en muchos autores que empezaban a descollar entonces. Y es que, igual que Lisboa en los libros citados, también fueron escenarios de otras obras suyas Praga – o Praha, como se tituló el cuaderno de poemas que dedicó a esa ciudad en 1989–, una estilizada Francia de preguerra en Doménica (2009), la Alemania al filo de la derrota en la Segunda Guerra Mundial en Ladridos al amanecer (2001) e incluso la ciudad que da título a la curiosa novela corta Una sombra en Pekín (2011), por no mencionar las que se arraciman en los libros de relatos Ciudades y mentiras (1998) o De los tranvías (2001).

El excurso precedente no tiene otro objeto que situar a Cilleruelo, no tanto en mi recuerdo, más bien confuso, de esa visita a Cádiz, como en los comienzos de una amplia y fructífera trayectoria literaria. No volvimos a coincidir hasta 2020, en circunstancias ligadas a los penosos aconteceres de ese año: la pandemia que entonces padecíamos favoreció la extensión de la sociabilidad por videoconferencia y, en nuestro caso, nos llevó a coincidir en la tertulia online que auspiciaba el escritor y afamado (y temido) crítico literario José Luis García Martín, como alternativa a la que desde los años setenta éste había animado en diversas cafeterías de Oviedo. Por entonces yo ya frecuentaba Barcelona, donde vive mi hija, y por tanto era sólo cuestión de tiempo que, en mis visitas a esa ciudad, tratara en persona al hasta entonces sobrevenido contertulio digital y tuviera ocasión de ampliar y actualizar el conocimiento que tenía de su obra, que ahora asociaba inevitablemente a una personalidad y un entorno concretos. No sabría decir si ese trato directo de la persona beneficia o no la percepción de su obra, o si acaso la distorsiona. Quiero pensar que los años y el trato frecuente con escritores que respeto y admiro me han dado la capacidad de distinguir el mero aprecio personal de la estimación literaria ponderada y objetiva. En todo caso, lo indudable es que la cercanía a determinados autores proporciona también una perspectiva privilegiada, al menos en lo que a información de primera mano se refiere, sobre el desarrollo de su obra en marcha. Y ha querido el azar que esta nueva fase de mi trato con José Ángel Cilleruelo se sitúe en lo que me parece que son los años centrales de una importante fase de su trayectoria: la que se inicia tras la publicación, en 2010, de Maleza, el tomo que reúne su obra poética anterior. Hay que decir que, en el caso que nos ocupa, la decisión de publicar unas poesías completas no obedecía a una mera cuestión de oportunidad editorial, sino a la conciencia que el autor tenía de que había terminado una etapa –Maleza, efectivamente, se subtitula, con toda intención, Ciclo completo 1990-2010– y atisbaba el comienzo de otra. Que, efectivamente, no se hizo esperar: en 2011 aparece Vitrina de charcos, el primero de los cuatro libros señeros –los otros son Tapia con mirlo (2014), Pájaros extraviados (2019) y De la mano (2023)– que le publica la colección poética de la Universidad de Zaragoza y sirven de eje a una serie que se ramifica y complementa en los libros de poemas en prosa Cruzar la puerta que quedó entornada (2017) y El ausente. Cien autoretratos (2021) y los dietarios o diarios Añil. Diario de sensaciones (2020), Dedos de leñador (2021) y Azada de jardín (2023), a los que cabe añadir, ya como colofón de la serie en el momento en el que redactamos estas líneas, Ventana ciega (2024), que con muchas matizaciones podríamos describir como un libro de aforismos.

Intentar aquí, siquiera sea someramemente, enunciar las diferencias entre este ciclo y el anterior sería complicado, y más teniendo en cuenta que, tanto en uno como en el otro, la personalidad literaria de Cilleruelo no se deja encerrar en unas cuantas frases exegéticas. Digamos que su poesía anterior a 2010 es una modulación personal del gusto de su generación por el realismo circunstanciado –eso que se ha llamado, con alguna imprecisión, “poesía de la experiencia” o “poesía figurativa”–, al que aporta un característico rechazo de lo anecdótico y de la dicción argumentativa y más bien prosaica que abunda en sus coetáneos, a lo que hay que unir una cierta querencia hacia la abstracción de las situaciones abordadas: realismo, sí, pero más de Morandi que, pongamos por caso, Manet o Gutiérrez Solana. Y no es que el ciclo que comienza en 2011 renuncie a estos presupuestos: más bien, ahonda en ellos, beneficiándose de la soltura expresiva adquirida por el autor a lo largo de los años, ahora enriquecida por un desparpajo imaginativo de nuevo cuño, un declarado gusto por la experimentación formal y una manera más compleja incluso de abordar el problema del sujeto poético y su posible relación con el autor y su experiencia del mundo: es decir, la cuestión de quién habla en el poema y quién garantiza su verdad.

Pájaros extraviados (2019) es un importante hito en esta etapa en la que, como ya se ha indicado, se alternan libros de poesía propiamente dicha con otros de prosa en los que la tensión poética se da en distintas intensidades. En realidad, la frontera entre esas distintas modalidades de escritura es bastante permeable. En la obra de Cilleruelo, un apunte diarístico puede tener la tensión expresiva de un poema en prosa o en verso; un presunto aforismo, como los que encontramos en Ventana ciega, puede actuar como fragmento poético, apunte ensayístico e incluso elemento de una secuencia narrativa; y todo ello, decíamos, puede abonarse a lo que podríamos denominar una voluntad creativa claramente experimental, siempre y cuando evitemos malentender esta palabra y reducirla a la mera repetición de las convenciones que puso en boga la vanguardia histórica: la escritura automática, el uso expresivo de la tipografía, la supresión o empleo no normativo de la puntuación, el irracionalismo, etcétera. Experimentar, por el contrario, consiste en preguntarse por la verdadera naturaleza de los recursos recibidos y la posibilidad de trascenderlos o readaptarlos a necesidades expresivas nuevas. Un buen ejemplo podría ser el frecuente uso que Cilleruelo hace de un tipo de texto en prosa consistente en un párrafo de cien palabras en el que el lector lo mismo puede apreciar la tensión expresiva de un poema que los elementos esenciales de un relato. El libro De la mano (2024), compuesto exclusivamente de poemas de catorce versos –es decir, posibles sonetos “blancos”, sin rima–, tuvo una primera versión, que pudo leerse en el blog de su autor, integrada por prosas de cien palabras. Cabría preguntarse, por tanto, por la posible correlación entre ambos formatos: como ha explicado alguna vez en público el autor, y no sé si lo ha escrito, el resultado de poner un soneto a “descongelar” –la metáfora del hielo conviene especialmente a esta forma poética de aristas muy definidas– sería ese “charquito” de aproximadamente cien palabras que, sometidas a una disciplina diferente pero no menos rigurosa, pueden dar lugar a un poema en prosa del tamaño y características que hemos indicado. He ahí el carácter del “experimento”: poner en juego una determinada baza numérica –el número de palabras que caben en un soneto– para terminar replanteando todo un género poético acreditado por la tradición.

José Ángel Cilleruelo.

Antes de De la mano, decíamos, el libro que nos ha deparado el ejemplo anterior, Cilleruelo dio a la imprenta Pájaros extraviados, tercera de las cuatro entregas que hasta ahora constituyen la serie publicada con la Universidad de Zaragoza. Sutilmente dividido en tres secciones –la separación entre ellas no es la habitual portadilla, sino tres poemas titulados “Nocturno”, uno al frente de cada sección–, cabe apreciar ya desde el primero de ellos, “Nocturno (1)”, que el autor ha decidido jugar en un terreno imaginativo propio: si su materia poética es, en este caso, la noche, el lector pronto se dará cuenta de que esa referencia, que normalmente se presenta como un simple marco temporal o circunstancial, es ahora el sujeto animado del poema, que “entra” por la ventana, trae consigo “pertenencias” que deja sobre una cómoda, etcétera, imponiendo su protagonismo al sujeto personal que comparece más adelante y cuyas funciones, en cierto modo, ha usurpado, creando ese efecto de despersonalización, de situación sin anédota ni protagonista, tan característico de la poesía de Cilleruelo. Ese mismo uso imaginativo, novedoso, de la figura retórica conocida como prosopopeya o personificación se da en “Salir es también entrar”, donde la luz se “ha desvestido (…). Desnuda va por la avenida…”. Igualmente, en “Luces de la marisma”, “las lagunas se acercan / unas a otras con voluntad nupcial”; y en “El grafómano caminante”, el sujeto así aludido no es sino un río, “autor de un incansable / dietario en páginas de espuma”. Todos estos ejemplos testimonian uno de los rasgos evidentes de la poética del autor: su preferencia por la sorpresa y el abordaje imaginativo o, como prefería decir su casi paisano Gabriel Ferrater, “divertido”.

La escritura, por tanto, no es un mero acto artesanal, un simple “esfuerzo” al que se aplica el oficiante, sino una manera preferentemente placentera, alerta, interesante, de estar en el mundo. Frecuentemente el sujeto personal de estos poemas es un paseante en actitud de observador, al modo del flâneur baudeleriano; también un lector o alguien que acusa el impacto de otros textos a la hora de definir sus propias sensaciones: tal es la actitud anticulturalista, podríamos decir, con la que Cilleruelo aborda su memoria cultural en la sección segunda de Pájaros extraviados. La realidad aparece ahora sutilmente mediada por la alusión literaria o pictórica que se hace desde los propios títulos de los poemas: el día “se tumba en su triclinio / con su túnica de dorados / y azules”, en el titulado “Ovidio” y el rumor de la corriente de un río se impone a cualquier otra sensación en el muy apropiadamente puesto bajo la advocación de “Manrique”. Parecido mecanismo opera, a veces de un modo absolutamente idiosincrático –es decir, sin apelar a que el lector comparta en primera instancia la relación subjetiva que se establece entre el título y el contenido del poema– en los titulados “Monet”, “Hölderlin”, “Bergson”, “Machado”, “Morandi”, [María Gabriela] “Llansol”, etcétera, llegando el autor en algún caso a valerse de iniciales para nombrar al referente, como sucede en el titulado “RPE”, dedicado al escritor malagueño Rafael Pérez Estrada, del que Cilleruelo fue amigo y asiduo corresponsal, como puede verse en otro título reciente, Práctica de la emoción (2022), que recoge las cartas que ambos intercambiaron; como también remite a un libro ulterior el largo poema titulado “Emily”, obviamente referido a Emily Dickinson, una de las tres protagonistas de Ventana ciega, el ya referido libro de aforismos que, por ahora, cierra el ciclo.

La presencia de la poeta norteamericana en ambos libros no es casual, como no lo es la de ninguno de los autores mencionados. En todos ellos cabe apreciar esa manera imaginativa de abordar la realidad y de concebir el poema que caracteriza la actitud literaria del propio Cilleruelo. Y todos ellos, igualmente, tienen como asunto principal la exploración de la intimidad, del espacio subjetivo, de la esfera perceptiva intransferible de la que cada cual es dueño y donde ese designio imaginativo campa a sus anchas, fuera de determinaciones sociológicas e incluso históricas. Un breve poema de Pájaros…, el titulado “Fin de fiesta”, eleva la consideración de esa esfera a una intensidad casi sexual: el poema describe el momento en el que una mujer, de vuelta a casa, “deja el collar [de perlas] en la mesita”, bajo la mirada un tanto voyeurística del sujeto poético. Es la misma mirada que, en Ventana ciega, pasa de dirigirse a los universos literarios de Emily Dickinson, Rosalía de Castro o la fino-sueca Edith Södergran, a cuestiones que sólo pueden atañer al propio lector, sorprendido en la intimidad de su pensamiento.

Ante este mundo de resonacias tan innegablemente personales, quizá no esté de más preguntarse si el autor, aun evitando el tono confesional o la mera anécdota, no está haciendo también, de alguna manera, autobiografía poética, aunque sea desviando el género hacia su expresión más estática: el autorretrato. De nuevo, el poema así titulado en Pájaros extraviados abre las puertas a un desarrollo posterior en una nueva colección, El ausente. Cien autorretratos; sólo que, como cabría esperar, tanto en el poema en cuestión como en las cien prosas que componen el libro posterior el autor se retrata más bien en negativo o por contraste con todo aquello que no es él, pero que lo delimita y define, como hace –el curioso lector puede comprobarlo– en muchas de las sugestivas fotografías que publica en las redes sociales y que muestran no pocas similitudes de método con su trabajo literario. Y que testimonian lo que quizá todo lo precedente no ha acertado a decir con la suficiente claridad: que la escritura –como la fotografía, en cuanto que plasmación de una mirada– no es tanto la búsqueda de sucesivos logros expresivos como el ejercicio gozoso de una actitud, un modo de vivir, que es también un modo de sentir e imaginar. No lo he dicho todavía: la escritura de Cilleruelo, sin estar imbuida de ningún empeño voluntarista o incluso religioso de celebrar los aspectos luminosos de la existencia a costa de omitir o atenuar los más sombríos, infunde en el lector una cierta felicidad: la que deriva, quizá, de haber sido partícipe de esa manera imaginativa de ejercer la inteligencia; y de la conciencia de que, en cada uno de sus libros, merecía la pena acompañar al autor en su pesquisa.

Autor

  • José Manuel Benítez Ariza

    José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) vive escribiendo y escribe sobre la vida: un poco cada día, un poco de todo, en una profusión hecha de muchas brevedades. Narrador, poeta, traductor y articulista, el hilo conductor de esta aparente dispersión de fuerzas es su "diario abierto" Columna de humo, en el que trata de explicarse.

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