Mamá, te contaré mi vida

No ha sido muy sugestiva, que digamos. Hoy día se sabe que no hay biografías interesantes. Lo curioso es que mientras más avanzamos hacia lo superficial, lo homogéneo y la falta de originalidad, más diarios y memorias se publican. Ignoro qué interés tiene la gente en narrar su propia historia, cotidiana o pasada, en dejar algo para la posteridad, si ya no quedan personajes fascinantes ni hechos de relevancia ni territorios salvajes que descubrir.

Si yo te la refiero, mamá, no lo es por deseo de singularidad, sino para hacerte ver que mi pesimismo ha jugado en mi contra y que lo que he escrito y publicado no llegará a ninguna parte y que, hacia su final, ha quedado de mí aquello que considero más dulce.

Mi única amargura ha sido la de comprobar, a destiempo, que habría debido regresar mucho antes a casa.

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Para tomar mi decisión, he necesitado ayuda. Sí, mamá. Y no de una bondadosa persona precisamente. Ha sido gracias a esa extrema clarividencia que me ha procurado la botella, el alcohol. Ya ves, lo que a algunos puede resultarles una losa abrumadora para cuerpo y alma, ha sido para mí garantía de liberación.

Y lo mejor que me haya podido pasar es que esté aquí, contigo, después de largos años de ausencia, de mis estudios, de mi insípida estancia en París, de tanto trabajo y publicación gris y desmoralizadora.

Aquí estoy, mamá, para contarte que no merecía la pena seguir viviendo tal como lo estaba haciendo, pero también para decirte que no estoy obligado a hablar de fracaso, sino de exilio voluntario, de consuelo, pues logré alejarme con más firmeza que nunca de mis insuperables flaquezas y renovadas depresiones.

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A papá y a ti, no os tuve demasiado presentes en mi adolescencia. Ningún adolescente piensa en sus padres si no es para tender la mano. Los ve viejos, lejanos, enemigos de la iniciativa irritable que sólo los jóvenes poseen y a la que no quieren en absoluto renunciar. Los adolescentes son cultos sin lecturas, maduros sin edad, rebeldes sin revolución a la que atender, si no es a la de sus propias hormonas desbocadas. Son, en definitiva, guapos sin esfuerzo y sabios por derecho y definición. También yo la viví de esa manera. Os pido disculpas.

Cuando me matriculé en la escuela de periodismo sentisteis orgullo, porque no todo el mundo ingresaba en aquella especie de sanctasanctórum de la alta escritura y la excelente expresión. Fui, pues, buen estudiante y pudisteis presumir de hijo ejemplar, de expediente inmaculado, incluso por encima de cada desplante mío que recibíais. Con eso os bastó y así lo aceptasteis. Pero yo sé que no os sincerasteis lo bastante, que os faltó algo, aunque me emplearan en los despachos de noticias como el primero de mi promoción y, desde muy joven, la radio nacional me perteneciera como podría haberme pertenecido el mundo entero.

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Pronto, pues, me desenvolví con gran soltura e inteligencia por aquellos dominios exclusivos, despachos, estudios, platós. Conocí a personajes a los que vosotros  acostumbrabais a ver, invitados a casa a diario, a través de una pantalla de televisión o escuchabais en una radio. Aquellos que eran familiares sin lazos de sangre, imágenes célebres, para mí eran reales, de carne y hueso, seres humanos con sus cualidades y sus defectos, compañeros, amigos de trabajo en el día a día.

Resulta curioso. Estando en la radio, me asaltó la idea de narrar historias. Las mías. Personales o de gente incomprendida, extraviada en un mundo cada vez más despiadado, individualista y ajeno; de gente normal que, comida por las dudas, observa cómo los cambios sociales y tecnológicos se vuelven contra ella y convierten sus vidas en un callejón oscuro. De modo que cierto día, me cansé de retransmisiones, de voces famosas, de entrevistas, de tener que perseguir noticias y redactarlas para que otros las disfrutaran, de que mi cotidianeidad fuese, con mi jugoso sueldo, mucho más holgada que la de aquellos a los que instruía, amenizaba o describía.

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Dejé de lado mi empleo, mis amistades y me puse a escribir. Escribí mucho y la escritura dio como resultado inesperado una novela. Luego, otra —cuando se ha terminado la primera, la siguiente es pan comido—, esta segunda mejor que la anterior o eso decían quienes consiguieron llegar en su lectura hasta el final.

Pero esos libros reflejaron en conjunto una misma característica: una obsesiva inclinación hacia el pesimismo, hacia el tinte lánguido del abatimiento. Hasta el punto de que, tanto lectores como críticos, cada vez estaban más alejados de lo que yo pretendía. Por mi culpa, claro, por mi cruda y gris introversión.

—Escribes como si fueras nórdico. Como un finlandés. En cuanto se leen las dos primeras frases de una de tus novelas, uno siente un deseo irrefrenable de llorar, de encerrarse en un frigorífico o, perdona mi franqueza, tirarse a uno de esos miles de lagos helados del Ártico para terminar de una vez por todas con las puñaladas que nos asesta la vida. Tus textos son tan tristes que no sé cómo tú mismo los soportas.

Mis personajes, en realidad, son de los que reflexionan sin parar. Se asoman a la ventana. Observan a la gente que pasa, el tiempo que hace, las luces de la calle, las persianas de enfrente. Sienten frío o calor. Infelicidad en la pausa.

Todos deberíamos asomarnos a una ventana. Tomarnos ese segundo que permite despertar de una ensoñación para sabernos vivos. Yo me he asomado y ahora me asomo a esta otra ventanita que he elegido voluntariamente, con o sin clientes habituales.

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De mis obras, vendí poco. Aunque lo de vender me fuera indiferente. No se escribe para eso, sino para que te lean. En la lectura, está el éxito, todo lo que un autor serio persigue desde un principio, por muy pocos seguidores que tenga.

—¿Por qué no te casas?  —me preguntaron.

—Salvando las distancias, la misma pregunta le hicieron a ese genio de la precisión que se llamó Chejov. Yo no soy él, es de entender, pero pienso como él. No me casaré. Si lo hago, seguiré necesitando por entre medias mi tiempo y mi libertad, mis horas para la observación de mi entorno, escribir a mi aire y tomarme una copa.

A las mujeres, puede que ese pesimismo ilustrado las atraiga primero como un imán, pero al mismo tiempo las canse, las espante al final como la peste. Ellas no desean inestabilidad, flaquezas, quieren una vida feliz llena de cariño, un hogar, seguridad, descendencia. Un escritor inconsolable y embriagado es incapaz de ofrecer o garantizar nada de eso, muy a su pesar, a no ser un afecto que a veces es llamada desesperada del que anda perdido en un bosque de nada o cegado en un pozo de soledad.

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Ilustración: ZOCAr (detalle).

En mi redención, pensé en ti. En quién si no. Con papá fallecido me acogerías con los brazos abiertos.

Regresé. No me decepcionaste, mamá. Cómo ibas a hacerlo. Ya desde los primeros escritos de la humanidad se decía que no había nada más satisfactorio que el perdón, la cálida y hermosa acogida de los padres al hijo pródigo.

Que de qué y que cómo iba a vivir. Ay, las madres siempre preocupadas por el presente y el futuro de sus hijos, por lo que van a preparar de comer para ellos a mediodía.

No era esa mi principal inquietud y la respuesta era sencilla: de un oficio alejado de los micrófonos, disimulado entre gente de la calle y con un sueldo normal, humilde y honrado. De esa manera, lo poco que pude ahorrar lo invertí en este quiosco de revistas y de periódicos en plena calle. Sí, quiosquero. ¿Por qué no? ¿Habría algo más hermoso que encerrarse en este pasillito lleno de paquetes de revistas y de diarios, renovar lo que el día anterior por la tarde era ya en esas páginas cosa pretérita —nada hay más avejentado, dirían los británicos, que un periódico de la víspera—, observar a todos los que pasan por la acera a través de un ventanuco por el que apenas me cabe la cabeza, sonreír y desear feliz día, domingo, año o navidad a los clientes, sentir el olor a tinta recién impresa de tanta cubierta cotidiana, poder mordisquear un emparedado tierno, mientras alargo mi mano hasta mis pies para degustar un güisqui, un tinto o una cerveza fresca comprada en el bar de en frente, leer un poema o algún relato, oír el arrullo de las palomas o sonreír con los saltitos de los gorriones, casi echar una siesta?

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Como ves, fui incapaz de huir del todo de la información. Sólo que ésta de ahora la iniciaba para sobrevivir y mantenerme ocupado. No me comprometía a escribir otro de mis infumables libros o andar al acecho de un tema cultural para adaptarlo a las ondas o a la pantalla. Mi única labor consistía en exponer la mercancía por tipo de publicación, gestionar devoluciones, sacar mi nariz colorada o la mano por la ventanita rodeada de papel, de fascículos, agarrar un billete y dar el cambio.

Es así como he tirado para adelante. A pesar de lo que pueda parecer, un quiosco años atrás dejaba dinero. No tanto como el de la vieja Angélique, que dio estudios a todos sus nietos con sus ganancias. También es cierto que el suyo estaba bien situado y por entonces se leía papel impreso y además vendía postales, chucherías, novelitas policiacas, helados e incluso, bajo capa, cigarrillos a la unidad.

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Entre mis prioridades, como sabes, no figuraba la de enriquecerme, sino la de hallar un equilibrio. Pero mi suerte estaba echada. En la felicidad de mi nuevo oficio, una sola pega, el único equipaje que viajó conmigo desde mi vida anterior: bebía, mamá. Lo siento. No existen los finales felices.

Mi carácter se manifestó débil y mis fuerzas fueron penetrando en un túnel sombrío del que jamás acertaría a salir. Lo que nunca supe es si fue el alcohol lo que me inclinó al pesimismo o a la inversa. En cualquier caso, mis borracheras, lejos de ser alegres, descorchaban algo en mí realmente inconsolable, de estepa rusa, de taiga siberiana.

En definitiva, mamá, me pudo un maldito alcohol al que me agarré como a un clavo ardiendo, como al mejor de los amigos, aquel que, siempre presente, nunca falla. Pero he de confesar que fue algo que ni pude ni quise evitar: la botella como icono venerable, inspiración o lucidez —obvio, diría alguien, los franceses beben como cosacos.

Y como ya bebía, lo hacía con lo primero que encontraba. Podría haberme permitido, sin duda, más calidad. Pero un dipsómano, un tipo que alcanza por méritos propios la categoría de alcohólico glorioso no lo hace con elixires a mil euros, sino con el peor de los insecticidas, sea güisqui, pastís o cualquier otro brebaje fuertemente graduado del que pueda echar mano. La marca, su finura exquisita y alto precio tampoco me habrían salvado.

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Fallecí con cuarenta y nueve años de una hemiplejía, un derrame cerebral severo. Se me amarilleó la vista. Me desplomé en el suelo, apretado en balas de periódico, y entre papel me encontraron.

Lloraste. Mucho, mamá. Los hijos provocan un dolor indescriptible, agudo y profundo. Lo sé. Tanto como pueda doler una madre afligida.

Gracias por confiar en mí. Sólo me sobró la botella. Te echo de menos a ti y a papá. Echo de menos el quiosco, su ventanita, su espacio angosto, el olor a tinta de sus hojas, el aroma a satinado libro infantil de las revistas. Echo de menos tantas cosas…

Ya ves lo que es y ha sido mi vida. Naces, te desarrollas, maduras, mueres. Entre medias, poca cosa. Cierta celebridad como comunicador, escasa como novelista y un alivio como santo bebedor y vendedor anónimo de periódicos. Sin presunción, sin responsabilidades, sin ambiciones, saberse perecedero, retirarse a tiempo, morir en paz.

¿Habría por eso que escribir unas memorias?

Autor

  • Manuel Gómez Angulo

    Manuel Gómez Angulo es Licenciado en Filología Francesa por la Universidad de Sevilla y de Filología Hispánica por la de Granada. Profesor emérito del IES. Padre Suárez de Granada. Traductor de poesía, novela y ensayo, colabora habitualmente con la revista El coloquio de los perros y en el Boletín de la Academia de Buenas Letras de Granada. Fue premio de cuentos Alcotán y ha publicado un volumen memorialístico 'De memoria' (Tréveris, 2003) y la traducción del primer volumen de la trilogía 'En la Alemania Nazi' (A la sombra de la Cruz Gamada) de Xavier de Hauleclocque.

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