La rosa contra el lino. Antología Poética, Verónica Aranda. Editorial Polibea. Madrid, 2023. 204 pp.
En el apartado titulado «De los viajes» del libro Emilio, o de la educación (1762) Rousseau explicaba el porqué de la influencia que ejercen los viajes sobre la formación: «Los viajes impulsan el carácter hacia su inclinación, y acaban por hacer al hombre bueno o malo. Quien vuelve a correr mucho es a su vuelta lo que será toda la vida». Pero los viajes, que son vitales para el aprendizaje y el disfrute, durante demasiado tiempo, les estuvo negado a las mujeres. Ya sabemos: eran sociedades cojas. Otros tiempos sin duda.
La antología poética preparada por el editor de Polibea, La rosa contra el lino, constituye un homenaje al motivo del viaje asiduo en la trayectoria de Verónica Aranda. Como quería nuestro gran escritor de libros de viaje Javier Reverte, gracias al viaje, las diferentes sociedades se han ido recomponiendo y desarrollando. Y de acuerdo con lo que se nos ha transmitido desde la tradición espiritual, el viaje es un símbolo para describir los lugares y etapas que le conducen hasta llegar a la divinidad. Sea como fuere, en la poeta madrileña se alían asombrosamente los referentes reales con los imaginarios, los símbolos con las imágenes coloridas, la comprobación o el hallazgo de espacios que, exteriores, terminan por convertirse en habitaciones propias.
Conformada por poemas, contenidos a lo largo de catorce publicaciones (desde la publicación de 2005 hasta el poema con el que obtuvo el segundo premio del Tren, 2022), estos destellos nómadas nos dan cuenta del tránsito, del ser que modifica sus impresiones en lugares donde prepondera el tópico o el mito.
Si se quiere, otra antología sobre la mirada reivindicativa podría darse a lo largo de la obra de Aranda. Acaso esa reivindicación no esté exenta en estas estampas. De los lugares extrae un latido que duele en muchas ocasiones. Revitaliza y sobra vigencia en ese carrusel «existencial y literario», como se menciona en el prólogo: «Madrid-Roma-Bruselas-Madrid-Lisboa-Córdoba-NuevaDelhi-Tánger-Madrid-La Habana». Son los sitios por los que respiró Aranda y que quedarán para siempre, como quedarán retenidos por los lectores junto a muchas de las coordenadas temporales que deja impresas, resignada a la impronta melancólica, un color sepia, una saudade, como en aquel verso de Tatuaje «Asociaré aquel puerto con septiembre», donde permanecen colores y olores, las tardes, los alimentos, el sexo.
Como puede deducirse ya desde los primeros poemas Poeta en india, viajar constituye un modo de perderse, un itinerario que nace huérfano, tibio –no como hacen los turistas que lo llevan todo hecho desde casa–, «No me hizo falta mapa, ni brújula, ni labios / que me anunciaran la palabra India»; sólo así se explica que concluya: «supe que estaba en India / y comenzó el paisaje de mi asombro».
Es elemento clave el asombro, el extrañamiento, la perplejidad que genera visitar, adentrarse en despertar sentimientos, recuerdos; vivir en otros lugares. Lo comprobamos en Tatuaje: «Las fachadas flamencas invitaban / a ir enlazando historias / con el registro más confesional».
Viajar es apartamiento, huida de una relación, cerrar una etapa. Así dirá en el inolvidable poema «Embarque» de Postal de olvido: «Sé que el viaje también era una forma / de escapar del amor o de entendernos / sacrificando establos sosegados».
En relación a la pintura al aire, al instante congelado, a la relación del ser con la naturaleza, es Aranda practicante del haiku plástico y trascendente, y así se atestigua en las publicaciones dedicadas a la estrofa nipona. Son sugerentes y evocadores. Baste con esta mora: «Cerca del mar / entre agujas de pino, / me vence el sueño».
El modo de viajar va unido casi consustancialmente en muchos a la lectura (y cómo vemos, a la escritura). De hecho, los poemas nos transmiten un aroma a diario, a escrito en marcha, aunque posteriormente hayan sido transformados. Fruto, seguramente, de estas reflexiones emergen los poemas con trasfondo metapoético. Así encuentra libros en librerías, se aparece el comienzo del proceso creativo así como los mecanismos que lo encienden y lo avivan: «Se aproximaba el poema, / en su vuelo de albatros». Y ciertamente, algunos de los versos son verdaderas genialidades por ser propuestas que emergen de lo real que devienen en elementos irracionales («la tregua del tiempo / es un sari secándose en las rocas»); o bien podrían formar parte de un epigrama («La palabra era el tacto / […] por el que resbalaba la sintaxis»).
A tono con ese impulso nómada fluye una variedad de recursos, diferentes formas estróficas, aunque puede verse predilección por el empleo de haikus, endecasílabos y alejandrinos blancos. Aranda se muestra hábil desde sus primeros sonetos construyendo metáforas e imágenes plásticas que dinamitan el ideario que los lectores nos hacemos de la mirada de la poeta por paisajes vividos.
Me repito en lo mismo que escribí con motivo de mi lectura de Cobalto oscuro, ahora con este fecundo periplo poético con hitos significativos que es La rosa contra el lino, constato a Verónica Aranda como una gran poeta de nuestro tiempo.


