Salud Botaro, Mapas líquidos, Bulevar de los libros. Cádiz, 2024. 89 pp.
Hace tiempo que practico la sana costumbre de no reseñar libros que no me han gustado. Por dos razones: porque ya no estamos para perder el tiempo y porque así evito tocar un cuerpo que estimo maltrecho o incluso putrefacto. Sin embargo, reseñar un libro de cuya lectura he disfrutado supone un acto sumamente placentero, una especie de ritual de acción de gracias debido a quien puso en letras de molde el embrión del goce. Si, por añadidura, la autora es una buena amiga, cofrade en la religión desvergonzada del disfrute desde hace ya tantos años (¿cuántos? ¿casi cuarenta ya?), miel del Bierzo sobre hojuelas sevillanas.
Pero vayamos al libro.
Esta geografía líquida, que no sólo del agua, principia un doble camino, pues constituye el primer alumbramiento literario en forma de libro de Salud Botaro y el primer volumen de la colección Arraval que dirige María Alcantarilla, escritora y profesora ya curtida en talleres de escritura. No poco mérito tiene la editorial que lo acoge en su catálogo, Bulevar de los Libros, por joven y valiente en estos tiempos de descrédito de la cultura y sublimación de la ignorancia.
Con ser un opúsculo primerizo, estos Mapas no adolecen de falta de gravedad, entendida como la consistencia que cabe esperar de un buen libro y, aunque parezca paradójico, no reñida con la virtud de la levedad, esa leggerezza que forma parte de las Seis propuestas para el próximo milenio, la magnífica poética que Italo Calvino nos dejó como legado literario. Como el maestro italiano, Salud Botaro ha sustraído peso a sus relatos, pues se elevan como las sandalias aladas de Perseo. Esta fue mi primera impresión: leer como quien asiste a un vuelo. Levedad que traba la estructura con el lenguaje y asoma en varias historias en forma de libélulas ( “Membranas”), luciérnagas (“Casa en venta”), abejas (“El hada verde”), ángeles (“Un cuento”, “Tren nocturno”, “El blues de las escobas”) y brujas (“El blues de las escobas”).
Los Mapas es además un libro de voces que se elevan por encima de los personajes, y quizá estas sean las verdaderas protagonistas. Voces que se alzan desde la memoria (“Un cuento”, “Góspel”, “El inquilino de arriba”), se enredan en la conciencia (“La celda”, “Phantasmagoria in two”), se esconden en las sombras de la sacrosanta familia (“Un cuento”, “Galería de susurros”, “Everyday”, “Al vacío”, “La brecha”, “Reina de Copas”) o afilan las aristas de la decadencia (“Góspel”, “Pequeñas dosis sin importancia”). Todas esas voces, muchas de las cuales suenan en espacios oníricos o territorios fantásticos, despliegan la voz polifónica de la autora, que merodea por los intersticios de personajes atribulados, vulnerables, temerosos, defraudados, pero también sarcásticos y esperanzados. Como la abuela de “Galería de susurros”, que tejió “un universo infinito de hilo”, así Salud Botaro ha tejido un tapiz en el que las mujeres conforman, con pocos trazos, sustanciosas figuras en el anverso, mientras que el reverso, donde la trama de hilos siempre es oscura y discontinua, se destina a los hombres.
Son, por tanto, estos Mapas líquidos un universo femenino (madres, tías, abuelas, hermanas, cantantes, amas de casa, porteras, brujas, señoras, jóvenes…) donde todo aspecto, atributo o cariz parece pincelado, más sugerido que definido, más poético que narrado. Y como telón de fondo, un escenario en el que hacen guiños referencias literarias, cinematográficas, musicales, pictóricas: Shakespeare, Mario Benedetti, Cortázar, Conan Doyle, Fred Astaire, Kim Novak, Cumbres borrascosas, Van Morrison, Nina Simone, Niebla en Gersnsey, Klimt, etc. Son luces discretas que chispean y acompañan como un susurro, y reflejo sin duda de las inquietudes culturales de quien, además de periodista radiofónica de profesión, es actriz teatral por devoción y amante del cine, la música y el arte.
Hace tiempo que el cuento español ensanchó sus fronteras y hoy se caracteriza por una extraordinaria diversidad. Ya no cabe hablar de lo fantástico y lo realista como compartimentos aislados, o de la exigencia de un final sorpresivo y cerrado. Si para Calvino (permítaseme volver a quien tanto ha significado en mi vida de lector) una imagen era el germen de una historia, muchos de los cuentistas actuales más relevantes (pienso ahora, por ejemplo, en Eloy Tizón o Ángel Olgoso) siguen esta senda. Los Mapas líquidos es libro que responde perfectamente a esa hibridación de géneros y a la tendencia natural del cuento —como la de las aguas— a salirse de los cauces estrechos que el academicismo se empeña en trazar. La riqueza de este libro está precisamente en el manejo de recursos como el juego de las voces, la estructura numérica de relatos como “Membranas” o “Autoretrato”, los diferentes niveles de lectura que señalan las cursivas, la ausencia de puntuación en el vertiginoso “Al vacío” (uno de los mejores relatos) y en la mezcla de narración y lo que podrían considerarse versículos en “El juego de Prometeo” y Reina de copas”.
En fin, Mapas líquidos no es el libro de una autora bisoña y apresurada, sino el de una escritora silenciosa que ha esperado durante años para ofrecernos las primicias ya maduras de una cosecha que, espero, nos regale muchos frutos en los años venideros. Enhorabuena, querida Salud.


