La hospitalidad

Fue un largo día. Una excursión a las montañas nos hizo levantar a hora muy temprana y organizar bocadillos, bebidas y mochilas. El punto de encuentro era la estación de tren. El destino: Breitachklamm, cerca de Oberstdorf, en la región de Allgäu. Allí estábamos, casi toda la familia, una fría y preciosa mañana del mes de octubre alemán. Dos horas de tren, con vomitera de mi peque incluida… Luego autobús.

Precioso paraje alpino siguiendo el sendero marcado por un río vertiginoso. De tan impresionante que era, se te olvidaba que llevabas en lo alto, cuesta arriba, a la de la vomitera un ratito sí y otro también. Nuestro objetivo no era otro que el de llegar a un restaurante en pleno valle en el que dar buena cuenta de lo que nos ofrece la naturaleza bávara: gran cerveza y comida reconfortante.

Breitachklamm

Breitachklamm.

A la cima llegamos y a tiro de piedra vimos nuestro deseado Olimpo. Imagino que los de Viven debieron sentir algo parecido al ver aparecer a los helicópteros de rescate. Como perros de paulov, íbamos ya paladeando lo que sin duda iba a ser el mejor festín en mucho tiempo. El lugar estaba a rebosar y, aparentemente, no había sitio, pero como éramos extranjeros en nuestra mayoría, allí que cogimos dos mesas, las juntamos, las pusimos al solecito que todavía quedaba, y pedimos de comer y beber. Lo de beber llegó y todo era alegría y regocijo. Nos lo merecíamos. Aprovechamos para comentar las mejores jugadas. A todo esto, cada vez nos reíamos más. De esta risa floja, que ya no sabes ni de lo que te estás riendo. Además nos daba igual, como no nos entendían… El caso es que cuando ya le empezamos a ver los culillos a las jarras de cerveza —de las grandes, de las que pesan— nos dimos cuenta de que la comida no había venido. De la risa se pasó a los interrogantes.

-¿Se habrán olvidado de lo nuestro?

-Tengo frío, se está yendo el sol.

Y la camarera venga a llevar platos de un sitio para otro. Menos a nuestra mesa. Resultó que, si queríamos comer, teníamos que esperar como una hora más. Nos entró otra vez la risa, pero dando palmetás y todo. De las que no se ven por allí. Total, que por mera supervivencia, y como bebida teníamos, uno empezó a sacar un bocadillo, la otra huevos duros, el de allí embutidos, pan bimbo, patatas… De manera que teníamos más comida al final que cualquier otra mesa del restaurante. Pues nada, nos dejamos llevar.

El caso es que nos esperaba el mismo viaje que a la ida, pero de vuelta. Bajar el valle —más llevadero pero menos trepidante que subirlo— esperar el autobús, coger el tren, llegar a nuestro destino, cenar en casa de la madre de la novia… A todo esto, no he dicho que al día siguiente, tempranito, se casaba mi sobrino, ¿no? Pues sí, se casaban mi sobrino y mi futura sobrina. Pero bueno, un poco de aventura el día de antes viene bien para quemar esos nervios propios de un casamiento. Y que si los quemamos…

Oberstdorf

Oberstdorf.

El autobús, que se supone que salía en diez minutos, salió, pero no lo cogimos. El conductor, amablemente, nos dijo que “mejor cogiéramos el que llegaba detrás de él, que daba menos vueltas para llegar a la estación de tren”. Nada, en cinco minutos estaba allí. Ea, pues perfecto. ¡Si no hubiera sido porque esos cinco minutos se convirtieron en cincuenta!

Nosotros, que somos de cantar, le pegamos un repaso al repertorio de “los payasos”, los éxitos de los 60 y algún que otro homenaje al cancionero alemán, en nuestro alemán. La gente pasaba y no podía evitar una sonrisa. No se sabía si de alegría o de lástima. Los pequeños bailando —por no morir congelados— y los mayores intentando que aquello pareciera una fiesta, como en La vida es bella. Estábamos en un valle alpino —de los Alpes— en una parada de autobús, sin más resguardo que el techo de la misma y con todo el lugar ya en sombra. Algunos víveres nos quedaban de lo que nos sobró del restaurante. Llegué a pensar que lo que nos había dicho el chófer tan amablemente era solo un pretexto para no montarnos. Nos vería cara de juerguistas con niños que vomitan en los pasillos de los transportes públicos. Yo, del chófer, habría hecho lo mismo.

Cogimos por fin un autobús. Tardaba unos quince minutos en llegar a la estación de tren y nuestro tren tenía prevista su salida en… ¡quince minutos! Nada, le estábamos cogiendo el gustillo a aquello. Todo eran emociones fuertes. Lo hubiéramos querido hacer a propósito y no nos sale mejor. ¿Quién se acordaba ya de la boda del día siguiente? ¡Anda hombremujé!

Pues nada, el plan era que tan pronto como el autobús llegara a la parada final y abriera sus puertas, saliéramos todos corriendo hacia la estación. Todo esto perfectamente planeado: el que más corriera, que atrancara una puerta del tren y allá que íbamos todos por el andén sin importar quién se nos pusiera por delante, como en las rebajas. Niños pequeños y demás gente de casi todas las edades y condiciones, amén de mochilas y ropaje variado. Pero no, no tuvimos ocasión de dar el numerito. El tren ya se había ido no hacía ni un minuto. Así que a esperar. En la estación de tren alpina. Un cafelito. No pasa nada. Los pasteles y los panes de gran categoría.

El futuro novio, aguantando la presión hasta límites insospechados, tuvo tiento para averiguar que salía otro tren, aunque no a nuestro destino: Augsburgo. Haciendo un transbordo, nos llevaría sanos y salvos hasta él. Unas tres horas en total entre un tren y otro. Y digo esto del total porque el tiempo de transbordo era inexistente. Allí sí que se dio el numerito de salir de un tren corriendo y entrar en el otro como si huyéramos de algo. No había ni un minuto para el abordaje. En fin, pa habernos matao. En total, como ir a hacer un picnic de Cádiz a Córdoba y volver. Pero mereció la pena. ¿Y lo que nos reímos?

Bulgogi

Bulgogi.

Con nuestras facultades, tanto físicas como mentales, ya muy mermadas, esperábamos llegar a nuestra ciudad de adopción, a eso de las ocho y pico de la tarde. Nada, cada uno a su alojamiento, duchita, babuchas, sofá, tele y al día siguiente a la boda tempranito. Nada más lejos de la realidad… Porque sí, a esas alturas del día seguían los planes de boda. Ah, y seguía habiendo también cena en casa de la madre de la novia. Aquello parecía Qué apostamos. A todo esto, la novia también venía en la excursión. Sería un milagro si al día siguiente le cabían los pies en los zapatos.

El caso: había cena y había que ir. Lo contrario habría sido una falta de respeto muy grande. Máxime teniendo en cuenta que Myung-Sook,  la anfitriona y madre de la novia, es coreana, del sur, pero coreana, y nunca se sabe cómo puede reaccionar alguien de aquellas lejanas tierras ante un desplante de ese calibre. Esa docena y media de personas, con el diíta largo a sus espaldas, que se cuelan en esa casa, se descalzan como mandan sus costumbres orientales y, casi sin entenderse con los anfitriones, excepto a través de los futuros novios, se disponen a pasar el trámite de la cena.

Pero no fue un trámite. Aquello se convirtió en algo que no olvidaremos ninguno de los que allí estuvimos en el resto de nuestras vidas. La habilidad de abrir su casa de par en par y, sin decir palabra, hacerte saber desde el primer momento que es toda tuya, no la tiene mucha gente. Y menos hacerlo con toda la naturalidad del mundo. Ese don hay pocos que lo posean. La mesa dispuesta con una belleza y cariño extraordinarios y la cocina rebosante de los mejores platos que la gastronomía coreana es capaz de ofrecer. Cuando estás acostumbrado a cocinar y a dar de comer, rápidamente te percatas del trabajo que aquello tiene detrás, el tiempo y la tensión de que todo esté en su punto en el justo momento.

Kimchi.

Kimchi.

Me quedé sin palabras. Nos quedamos sin palabras. Se iban destapando fuentes con los platos más diversos y coloridos: Ensalada de pepino picante (Oikimchi), Ensalada de fideos transparentes (Chaesojapchae), Col china picante (Kimchi), Calabacín a la plancha (Hobaknamul), Carne de cerdo picante (Gochujangbulgogi), Carne de ternera salteada (Bulgogi) y Sopa de mandú, una especie de raviolis de carne. Todo acompañado de hojas de alga tostadas con sal (Kim) y regado con Makgeolli —un vino de arroz suave—, Soju —un destilado de arroz parecido al Sake— y por supuesto cerveza.

Te percatas de que te están intentando decir algo. Algo que te llega directo al corazón, no importa el idioma que hables. Y en todo momento la más preciosa de las sonrisas, como si hubieras entrado en aquella casa desde pequeño. Cuando la hospitalidad se siente de esa manera, cuando así te atraviesa, te das cuenta de que hay situaciones y personas irrepetibles.

En la cena se veía que lo que se nos ofrecía era una mezcla de muchas cosas. Myung-Sook, aparte de coreana y enfermera de profesión, es inmigrante. Llegó hace muchos años a Alemania, pero estoy seguro de que nunca ha dejado de ser inmigrante. A la hospitalidad innata de sus paisanos se le añade el hecho de haberse tenido que buscar la vida en un país extraño y lejano desde muy joven. Todo eso estaba allí.

La comida, para los que la amamos, transmite todo un mundo de sensaciones cuando se hace y se comparte de esa manera: lloré.

Y, por supuesto, ¡no tuvimos más remedio que cantar otra vez!

Íñigo Blanco Alegre

Autor/a: Íñigo Blanco Alegre

Soy cocinero doméstico por obligación y devoción a partes desiguales según me coja el día…y Físico de formación, así que esto tratará del qué, el cuándo, el cómo y el dónde, e incluso el porqué, de la cocina. Por cierto, estoy en www.CocinoAConCiencia.com.

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