‘Las melancólicas’ (1971) y otras burlas a la censura

A mediados de enero de 1973, nos recordaba el pasado sábado el periódico digital Público.es, empezó a correr por Santiago de Compostela la noticia de que en el cine Yago se estaba proyectando una película que incluía escenas de alto contenido sexual, como las que motivaban que muchos españoles cruzaran las frontera para ver en Perpignan y otras ciudades del sur de Francia películas como El último tango en París de Bernardo Bertolucci. La película en cuestión era Las melancólicas (1971), dirigida por Rafael Moreno Alba y protagonizada por Espartaco Santoni, Francisco Rabal, Analía Gadé y María Asquerino. En principio la cinta que se iba a proyectar en el mencionado cine se ajustaba perfectamente a los estrechos límites de permisividad que autorizaba la censura de entonces; pero, al parecer, la copia que se recibió en Santiago era la destinada a su proyección en el extranjero, quizá en Santiago de Chile –la coincidencia del nombre de las dos ciudades habría sido la causa de la confusión–, en una época en la que era frecuente que muchas producciones españolas se ajustaran al sistema de “dobles versiones”, una de las cuales contenía desnudos y escenas de sexo más o menos explícito, destinadas a su difusión en países con márgenes de permisividad más amplios, mientras la otra se ceñía escrupulosamente a la legalidad vigente en España. Las autoridades tardaron en reaccionar y la película se mantuvo en pantalla durante varios días, los suficientes para que la noticia se extendiera por todo Santiago y los espectadores hicieran largas colas para verla.

Analía Gadé y Espartaco Santoni en una escena de 'Las melancólicas'.

Analía Gadé y Espartaco Santoni en una escena de ‘Las melancólicas’.

La anécdota es bien conocida: se mencionaba, por ejemplo, en la necrológica que el diario El País hizo de su director, Rafael Moreno Alba, a su muerte por cáncer en 2000, a los cincuenta y ocho años de edad. Moreno Alba vivió lo suficiente, no obstante, como para que su nombre quedara asociado a logros de más empaque: fue, por ejemplo, el director de la afamada adaptación a televisión, en 1982, de la trilogía Los gozos y la sombras del novelista gallego Gonzalo Torrente Ballester; que también se caracterizó, por cierto, por la franqueza de sus escenas sexuales, absolutamente inhabituales en la televisión de entonces, y que convirtieron a la actriz Charo López en un auténtico icono sexual del momento. Moreno Alba, desde luego, tenía talento para hacer que sus actrices expresaran un cierto tipo de sexualidad conflictiva, en la que contendían el deseo insatisfecho y la pulsión de plegarse a los dictados represivos de la moral convencional.

La interpretación que María Asquerino hizo de su personaje en Las melancólicas prefiguraba ya ese arquetipo: la influyente viuda que preside el patronato del que depende el manicomio de mujeres en el que transcurre la acción se encapricha del joven médico (Espartaco Santoni) que acaba de asumir la dirección del centro e intenta aplicar a sus pacientes métodos más humanos y modernos. Las innovadoras ideas del nuevo internista chocarán con la brutalidad que encarna el guardián del mismo (Paco Rabal), que además abusa sexualmente de las internas e incluso las prostituye a terceros –lo que da lugar, por cierto, a la célebre escena de la versión no censurada en la que el guardián y el barbero celebran una orgía con cuatro internas–. Mientras tanto, crece el interés del joven médico por una atractiva paciente (Analía Gadé), de la que se enamora y cuyo innominado trauma logrará hacer aflorar, encaminando a la enferma hacia su curación. Finalmente, la desairada patrona y el brutal guardián se aliarán para desacreditar al joven médico y lograr que abandone su cargo.

María Asquerino y Espartaco Santoni en un momento de la película.

María Asquerino y Espartaco Santoni en un momento de la película.

Evidentemente, la película se resintió del oportunismo que dictó todas las decisiones de producción, encaminadas a presentar una situación que hiciera posible toda clase de abusos y perversiones sexuales: las enfermas, por supuesto, eran presentadas como “viciosas”, o como víctimas fáciles de los caprichos sexuales del cínico guardián. La mirada de Moreno Alba, no obstante, va mucho más allá de ese planteamiento exhibicionista: su cámara se mueve con envidiable soltura en ese mundo claustrofóbico, sobreponiéndose a las precarias condiciones de producción y logrando crear una atmósfera creíble y un ritmo lo suficientemente ágil como para mantener el interés del espectador. También contribuyen a ello las magníficas interpretaciones: la del joven médico, intencionadamente desdibujado y convencional, como requiere su condición de desencadenante pasivo de los sucesos que vendrán; la del guardián, a la que Rabal logra infundir esa peculiar mezcla de brutalidad racial y esa especie de simpatía cínica que caracteriza a muchos de sus personajes; la de la misteriosa enferma que encarna Analía Gadé, en la que conviven la pasividad animal del alienado y la obstinación de la mujer que se sabe víctima de una situación injusta; y que, como Kim Novak en Vértigo de Hitchcock, encarna convincentemente su condición de objeto de un culto casi fetichista por parte de su enamorado, que la viste y disfraza a su antojo, en busca de una curación que no deja de ser una interesada manipulación de la mujer deseada. Aunque, insistimos, quizá el personaje más memorable de la película es el que interpreta María Asquerino, en su papel de mujer desatendida que convierte su sexualidad reprimida en motor de una palpable voluntad de poder.

Cartel de la versión en inglés de 'Las melancólicas'.

Cartel de la versión en inglés de ‘Las melancólicas’.

Inevitablemente Las melancólicas –que, en su andadura internacional, cambiaría su bello título español por el oportunista The Exorcism’s Daughter, para situarse en la estela de El exorcista de William Friedkin, estrenada dos años después– fue entendida, tanto por sus espectadores españoles como por algunos críticos extranjeros, como una drama alegórico: una trasposición de las tensiones políticas entre inmovilistas y reformadores en la España del momento. Sin embargo, su morboso argumento se entiende mejor en el contexto del renovado interés que el cine de la época mostraba hacia la enfermedad psiquiátrica como pretexto para la indagación en la sexualidad y las relaciones de poder. En ese sentido, fue una película incluso adelantada: no solo se anticipó en dos años a la moda de películas sobre exorcismos, sino que puede compararse fructíferamente con producciones como Alguien voló sobre el nido del cuco (1975) de Miloš Forman, en la que de nuevo un manicomio se convierte en metáfora de los mecanismos sociales de neutralización del disconforme, o Equus (1977) de Sidney Lumet, basada en una obra teatral cuyo estreno en  España también fue motivo de escándalo por mostrar por primera vez a una actriz desnuda en un escenario.

Lógicamente, la modesta película de Romero Alba no apuntaba tan alto; pero sí mostraba una cierta receptividad hacia cuestiones que estaban en el ambiente y que encontrarían expresión mejor en futuras películas de éxito. Su proyección en Santiago no fue la única ocasión, desde luego, en la que la rígida censura de la época fue burlada. Contaba Fernando Quiñones en un artículo (Diario de Cádiz, 13 de septiembre de 1995) que, durante la proyección del filme Imágenes (Images) de Robert Altman en la muestra cinematográfica Alcances, en su edición de 1973, se recibieron instrucciones de que se debían cortar dos escenas de desnudo protagonizadas por Susannah York. Quiñones, a la sazón responsable de la muestra, quiso atenerse a su compromiso moral de no mutilar ninguna de las películas proyectadas; y, para cubrirse las espaldas, colocó sobre las escenas en cuestión las preceptivas tiras negras que debían ocultarla; pero lo hizo con calculada negligencia, de modo que las tiras cayeron en el momento oportuno y las escenas se mostraron tal como habían sido filmadas. Cuando el delegado gubernativo subió a la cabina de proyección para protestar airadamente, se arguyó que lo ocurrido se debió a un accidente involuntario; y los dos espléndidos desnudos de York, uno que la mostraba tendida de cuerpo entero en una cama, de cara al espectador, y otro en la que se la veía ducharse, quedaron en las agradecidas retinas de los espectadores gaditanos. No parece que nadie quedara traumatizado por ello.

José Manuel Benítez Ariza

Autor/a: José Manuel Benítez Ariza

José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) vive escribiendo y escribe sobre la vida: un poco cada día, un poco de todo, en una profusión hecha de muchas brevedades. Narrador, poeta, traductor y articulista, el hilo conductor de esta aparente dispersión de fuerzas es su "diario abierto" Columna de humo, en el que trata de explicarse.

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