Vivimos en un país de costumbres. Nuestras tradiciones justifican desde el lanzamiento de una cabra desde un campanario hasta un patrón religioso dominado por las creencias que nos transmitieron nuestros maestros y padres por más que ciencia y razón las rebatan sin discusión. Incluso el siempre crítico marco de las ideas se ve influenciado por la educación familiar y oficial que recibimos, incapaz de erosionar ni un ápice los axiomas que calaron en nosotros de la mano de una mezcla de dirigismo político y económico, conformismo social y, sí, mera costumbre.
La música también se ve sometida a esta dictadura del costumbrismo donde tanto cuesta cuestionar lo ya aceptado como abrirse a flamantes formas de expresión. El rupturismo y a veces ni siquiera la evolución están bien vistos en un acomodado panorama de consumidores donde el gusto se confunde con el criterio y en el que “lo nuestro” cuenta con un plus frente a “lo ajeno”, como si la adscripción geográfica obligara a una militancia localista sin un milímetro de espacio para los influjos externos o para los inclasificables francotiradores.
El éxito de las reediciones evidencia cómo un veterano sector de saneada economía vuelve una y otra vez a enrocarse en sus nombres de juventud sin traspasar ni un milímetro una zona de confort tan conocida como reiterada en la que el único objetivo es rememorar, en muchos casos sin éxito, los placeres de antaño. Tampoco la franja más joven se desmarca de los registros hegemónicos que el mercado quiere imponer y sus puntos de elección apenas sobrepasan nombres y patrones definidos por una industria a la que la cuesta reconocer su pérdida de influencia en un espacio, de una vez por todas, sometido a la pluralidad de Internet. Y, por si faltara algo, la rutina geográfica más rancia, casi xenófoba, aflora cuando se trata de abrirse a modelos foráneos –en absoluto obligatoriamente anglosajones–, distantes de una manera de entender la música que parece de obligado cumplimiento, sin atender a un cosmopolitismo estimulado, ahora y otra vez, por la enorme ventana de Internet.
En un panorama tan accesible y documentado, urge un canto a la exploración, más allá de herencias, tradiciones y adscripciones territoriales. Los grandes nombres de la música popular contemporánea, propios y ajenos, nos dieron referencias para construir un mapa instructor pero la vida, la música, avanza y su pulso sigue ofreciendo un fascinante abanico donde escarbar y descubrir, tanto en lo que se refiere a joyas ocultas del pasado, ensombrecidas por los colosos comúnmente aceptados, como a rutilantes apuestas de presente situadas en la siempre sugerente penumbra.
No, no hay citas o nombres en este texto que apunten en una u otra dirección, estilo o marco: es preferible alentar a que cada aficionado defina y, sobre todo, ensanche paulatinamente sus propias hojas de ruta, auxiliado tanto por las posibilidades que Internet y las nuevas formas de acceso a la música aportan como, si se quiere, por el formato convencional siempre aliado del fetichismo. La consecuencia no diferirá mucho: sondear, desvelar y disfrutar de un continuamente renovado catálogo de información musical en el que tradición y costumbrismo no deberían ser por norma tan bien acogidos.


