Capítulo 14. Virtudes (4).
—¡A-se-si-nos! ¡A-se-si-nos!
El grito reverberaba en la plaza adyacente al cementerio. Una multitud indignada, al borde de la revuelta, lanzaba claveles al paso del coche fúnebre y agitaba banderas de muchos colores y muchas formas de pensar distintas.
—¡Vosotros, fascistas, sois los terroristas!
Quién se lo habría dicho a ella, cuatro días antes, que iba a liar este guirigay. Ella, la tonta. La cajera modosita. La madre abnegada. Y ahora, mírala, con aquel agujero entre ceja y ceja, blanca a pesar del mucho maquillaje, tiesa como la mojama. Muerta, ay. En qué habría estado pensando cuando se lanzó como Agustina de Aragón contra aquel cabrón del traje caro y la corbata.
Pero a lo hecho, pecho. Ya no había marcha atrás. Muerta y pronto enterrada. Qué dolor por sus hijas. Por su suegra. Y por el cabrón del maromo, míralo allí, al pie de la tumba, cómo lloraba. Con permiso de prisiones para asistir al sepelio, acompañado por dos policías, que ya eran ganas , y las muñecas esposadas cubiertas por una chaqueta. Una forma de no dar el cante, aunque lo daba fijo.

Allí había mucha gente. Gente a la que Virtudes no había visto en su vida. Estaban los vecinos, claro. Y aquellos hijos de puta de asuntos sociales que le habían quitado a las niñas. Y las maestras del colegio público. Y hasta aquel tipo de la barba y la boca mellada, el sindicalista que había asaltado el súper. Al que ella le había echado cojones. Ahora resulta que todos eran de la misma causa.
Del súper estaban allí unas cuantas niñas. Las demás, claro, amarradas a la caja. Y Bernabé, tan raro sin el uniforme verde. Pero para venir con uniforme al entierro estaba la cosa.
Había muchos policías, mira tú por dónde. Armados con fusiles de balas de goma y porras eléctricas. Y escudos transparentes que no eran de cristal ni nada. Parecían romanos de procesión. A la mayoría no se les veía la cara por el casco. Unos cuantos eran mujeres: se notaba porque eran más pequeñas, pero no por las tetas.
Y frente a la policía, todos aquellos manifestantes que protestaban contra, todavía costaba trabajo hacerse a la idea, su asesinato. Lo mismo tenían razón. Vale que lo mismo tendría que haberle dado al tipo de la corbata y el traje caro una patada en los huevos y no clavarle el boli en el ojo, pero también el poli se pasó de listo, en plan vaquero, ni que hubiera llevado ella una bomba al pecho.
Ya no había nada que hacer. La preocupación por las niñas se iba licuando de su memoria, como se licuaría su cuerpo en cuanto colocaran los ladrillos y repellaran la lápida. Este ya no era su mundo, pero el mundo seguía.
Entonces se formó el taco. Justo cuando el ataúd entraba en el hueco, un botellazo contra uno de los polis. Luego, una pedrada. El agente al mando disparó al aire una bala de goma. No sirvió de nada. Se lio entonces parda.
La placita ante el cementerio se convirtió en batalla campal. Los contenedores se volcaron, alguien arrancó una señal de tráfico y cargó contra los escudos transparentes. Se acojonaron las presentadoras de televisión, pero aguantaron el tipo los cámaras.
—¡A-se-si-nos! ¡A-se-si-nos!
—¡Poli únete! ¡Poli únete!
El sonido estridente de las sirenas se fue haciendo más lejano, como si viniera de otro mundo, como era precisamente el caso. Mientras todo se borraba a su alrededor, porque ya no tenía más derecho a seguir mirando, Virtudes logró ver cómo un par de manifestantes rompían el cordón policial y, a empujones, se llevaban al maromo. Fuera una acción improvisada o lo hubiera preparado desde la cárcel, Antonio se perdió entre la multitud. Libre.
Un hombre que, como ella, lo observaba todo desde un rincón, aunque estaba vivo, le susurró a otro, peor vestido, acompañado por un muchacho que parecía nervioso:
—¿Ves? La revuelta ya ha empezado. Pero así, a lo loco, no se conseguirá nada.

