La dimensión literaria en las breverías de Rafael Pérez Estrada

En junio de 1990, el diario El Independiente, de Madrid, publica una entrevista a Rafael Pérez Estrada. 1990 fue un año importante para el poeta. Aparece el Tratado de las nubes en edición de Renacimiento, alcanza por segunda vez la final del Premio Nacional de Literatura y cierra el año con la publicación de su obra reunida desde 1985 en el Libro de los Reyes,(Editorial Anthropos). En la entrevista de El Independiente proporciona algunas claves de relieve sobre el propósito y la dimensión de una renovación literaria en el momento en el que parece consolidadarse: «Por otra parte —afirma—, mis escapadas mentales a Oriente son un homenaje a la cultura de la brevedad: quisiera realizar una escritura brillante, inmediata, transparente. Intento subrayar lo accidental y desdibujar, en la mayor brevedad de texto posible, lo esencial: transmitir apariencias de historia en contenidos que solo son fabulaciones, tanto en sus personajes como en su desarrollo. Construir en espacio literario en el que el yo del conocimiento actúe un poco como público del yo circense de la imaginación».

En esta extensa cita destaca una idea que parece vertebradora de un pensamiento literario: Intento subrayar lo accidental y desdibujar, en la mayor brevedad de texto posible, lo esencial. Esta afirmación reúne dos aspectos que proyectan una forma literaria nueva. El énfasis en la brevedad es lo que antes destaca.

En efecto, la brevedad se impone como el primer propósito de renovación desde 1985. Aquel año publica en edición privada El Libro de horas, título que elige para iniciar un cambio radical en el modo de escribir. El libro contiene las cuatro primeras colecciones de aforismos, o mejor será denominarlas ya breverías: «Pájaros», «De la naturaleza de los ángeles». «Ángeles de la desesperación y el abandono» y «Sombras». Encabezan el volumen y se suceden una tras otra.

A partir de esta publicación, la brevedad se convierte para Pérez Estrada en el argumento fundamental de una revolución literaria. Y me gustaría empezar a leerlo desde sus signos más externos. Hasta 1984 su obra literaria había crecido bajo el amparo de la Vanguardia. La idea vanguardista del período 1968-1984 pasa por diversas formulaciones, una inicial estilización del relato, que deriva pronto en una propuesta, tanto en verso como en prosa, de simbiosis entre la tradición del barroco andaluz y las técnicas de escritura automática de las vanguardias del siglo XX, junto a un desbordamiento casi surrealista de la imaginación dramática. Una escritura en su conjunto que busca amparo bajo los marcos conceptuales de la época que en aquel momento atraían al autor.

La brevedad supone, en primer término, un abandono radical de las fórmulas vanguardistas exógenas y en paralelo una emergente aspiración de su poética a un modelo clásico. Y personal. Resulta importante subrayar que este modelo clásico no tiene nada que ver con los neoclasicismos, que son en esencia la repetición de algún clasicismo histórico; sino con una idea superior, la de que la literatura es capaz de crear un nuevo orden de valores estéticos, endógeno. Y dentro de esta concepción, la brevedad se alza como la forma que encauza la nueva expresión poética. Lo breve suele ser considerado como propio de un género secundario, menor, popular o circunstancial. Rafael Pérez Estrada se propone elevar la brevedad a canon poético. Desde esta perspectiva se puede afirmar que su determinación es crear un modelo clásico para su época. El de la escritura breve.

Esta idea es la que arranca con las brevedades del Libro de Horas, en 1985. En este momento resulta necesario abrir un breve paréntesis. En el origen de la brevería como modelo de un nuevo clasicismo suma la herencia de la greguería, según la invención de Ramón Gómez de la Serna, pero no la aforística. El aforismo, en 1985, era un género decadente. Su producción durante la segunda mitad del siglo XX es, en los mejores casos, esporádica y en la mayoría, residual. Rafael no pretende escribir aforismos. No es su paradigma. Escribe brevedades o breverías, que son la encarnación de su idea de una revolución; primero, personal, y, luego, artística.

Una vez publicados varios títulos orientados por esta idea, aparecieron las Seis propuestas para el próximo milenio de Italo Calvino, publicadas en 1988 y traducidas en España en 1989. Libro que Rafael Pérez Estrada leyó con enorme entusiasmo, del que intentó contagiar a todos sus amigos. Lo que el poeta malagueño percibió que Calvino hacía en las famosas conferencias era certificar la autenticidad de su propuesta. Aquellas malogradas conferencias de Calvino fueron leídas por el poeta como la certeza de su acierto.

La primera de las cinco propuestas de Calvino es la «Levedad», cuya formulación coincide con la intuición perezestradiana de la brevedad. Para ilustrarla Calvino recurre al mito de Perseo y Medusa, y a partir de este revela que «la fuerza de Perseo está siempre en un rechazo de la visión directa». Este rechazo de la literalidad va a ser para Calvino el contenido de la levedad, del mismo modo que para Rafael Pérez Estrada el contenido de la brevedad será, en sus palabras, el «Intento [de] subrayar lo accidental… y desdibujar lo esencial».

La génesis de un clasicismo prende en la trabazón de una forma no con un tema, sino con una manera concreta y diferente de desarrollar cualquier tema. La forma clásica que propone Rafael se genera en la brevedad, pero su contenido se alcanza mediante la resignificación de lo secundario y de lo inesperado juntos; pues ambos sentidos de lo accidental convergen en la accidentalidad convertida en núcleo significativo.

Este segundo aspecto de la renovación de las breverías se podría formular del siguiente modo: una desatención temática cuya función anhela extraer un pensamiento esencial de lo accesorio… Pero Rafael no fue nunca un teórico de la literatura, sino un poeta. Veamos cómo formula la escritura esta doble condición de lo breve trabado a lo episódico.

La primer brevería publicada en El libro de horas, cronológicamente la brevería inaugural de las 1.005 que escribió, consignada con el número 267 en la reciente edición de Breverías Completas, dice:

«Volar es el resultado de una intensa pasión, nunca de su práctica».

La brevedad consiste en la formulación de un pensamiento complejo en un texto conciso, en este caso, compuesto por una única oración. Todos las breverías, obviamente, cumplen este principio. En esta, el pensamiento complejo se formula dándole la vuelta al pensamiento lógico: lo esencial no es la práctica formativa, sino la energía del deseo. Se trata de un pequeño texto metapoético, una formulación aforística de la poética perezestradiana que eleva lo accesorio —lo apasionado— a condición primordial y niega la jerarquía de valores que impone el pragmatismo de la realidad.

Sin salir de la misma serie inicial de los «Pájaros», en el texto 272 se lee:

«Se desafía a sí mismo el pájaro en su sombra»

La alteración de valores entre lo esencial y lo accidental exige también una transformación en la mirada que describe la realidad. Al contemplar el pájaro, lo esencial ya no se busca en el pájaro —su plumaje, su canto, sus movimientos, sus hábitos, su vuelo— sino en su sombra, que es lo más circunstancial de su condición real. De la confrontación en esta nueva manera de observar, la principal —la sombra— y la secundaria —el pájaro—, deriva una idea insólita, y quizá también indómita, el «desafío a sí mismo», cuyo haz de sugerencias, de repente, ilumina la memoria del lector con sus propios desafíos encubiertos. Este sería el primer grado de la alteración, donde esencia y accidente intercambian sus papeles en una misma naturaleza para sugerir un pensamiento singular e inesperado.

En un segundo grado de esta escala de creación de significados, esencia y accidente no comparten la misma naturaleza. Es la accidentalidad quien suplanta la naturaleza esencial. Otra brevería en el mismo repertorio se brinda como ejemplo, el texto 274:

«Nace el pájaro de la llama y, encendido, se evade en la pavesa»

Es decir, la accidentalidad de ser más leve que el aire suplanta la naturaleza biológica del animal. No son pavesas que parecen pájaros, son pájaros que elevan la condición ontológica de las pavesas. Es decir, exalta la capacidad de la imaginación para alterar el orden de las categorías racionales.

Dibujo de Rafael Pérez Estrada.

Y aún cabe determinar un grado más alto, que ya no es numérico, sino simplemente sublime, en el que lo circunstancial no solo suplanta la primacía temática, sino que además se transforma en pensamiento utópico; es decir, no representativo de lo que existe, sino intuitivo de lo que no existe. El texto 279 resulta paradigmático en este aspecto:

«Dibuja el pájaro en su huida lo inexplicable».

Siendo esta inexplicabilidad el cénit del conocimiento para el poeta.

Esta gradación que se ha establecido en el perezestradiano «Intento [de] subrayar lo accidental… y desdibujar lo esencial»se podría haber realizado, con múltiples ejemplos y variantes, dentro de cualquier de los veintiséis repertorios de breverías que escribió el poeta malagueño, pero se han elegido ejemplos solo de la serie «Pájaros» por ser la primera cronológicamente en ser publicada. Lo que significa, con escasas dudas, que la dimensión renovadora de la brevería, ese género clásico reformulado por Rafael Pérez Estrada en la combinación de la escritura breve con la inversión de los valores temáticos —la sustitución de lo esencial por lo circunstancial y de lo real por lo imaginado— está presente, con plena consciencia de su dimensión literaria, desde la primera brevería que escribe.

Podría poner ahora el punto final a esta reflexión, pero el contacto continuado con la obra de Rafael me ha enseñado, tal como he querido mostrar aquí con un mínimo ejemplo, que al final de toda gradación de conocimiento, sea racional o creativo, existe para el poeta malagueño siempre un más allá intuitivo, que he nombrado sublime, aunque reserve este término solo para él, no apropiándomelo como me apropio a menudo de lo aprendido en su lectura y ahora aplico para idear el más allá del sistema de las breverías que acabo de describir.

La función extrema de este género clásico, la brevería, sería la de cuestionar uno de los principios filosóficos esenciales del siglo XX, que es la primacía conceptual del tiempo sobre cualquier otro aspecto del vivir. Ser y tiempo se denomina uno de sus libros capitales. El tiempo es, siempre, un tema. Lo encarna el verbo. Son palabras mayores las que lo nombran, incluso con significados trascendentes. No ocurre lo mismo, sin embargo, con la atención hacia el lugar donde se está, el espacio, con el que el tiempo estuvo aliado en todas las civilizaciones y pensamientos de la antigüedad clásica. Recuérdese solo el inicio del Poema de Gilganesh, el más antiguo conocido, donde se retrata al rey como quien «Consigo trajo noticias de antes del Diluvio», es decir, que dominaba los secretos del tiempo, pero también conocía todos los territorios «hasta los confines del país», es decir, dominaba el espacio. Ambos eran dos conocimientos esenciales, íntimamente imbricados. En el siglo XX, el tiempo es un tema, un tema incluso vertebrador de todos los temas, pero el espacio es una mera descripción y su nombre solo ilustra un tipo de complemento circunstancial. En la inversión de valores temáticos perezestradiana suena de fondo también esta concepción filosófica, pero invertida: lo esencial para el poeta ahora es el lugar, en el que el tiempo resulta solo una mera circunstancia. Y bajo este principio está ideada también la escritura de las breverías. Incluso, literalmente, como se intuye en el texto 295:

«Se siente libre el pájaro en el efímero valor de la nube».

O traducido al orden temático, la libertad —aspiración humana por excelencia— prende solo en la contingencia de un lugar: el lugar de la libertad, una efímera nube; no por efímera y contingente menos esencial para la vivencia poética.

Autor

  • José Ángel Cilleruelo

    José Ángel Cilleruelo (Barcelona, 1960) es escritor y crítico literario. Su obra poética ha sido antologada en 'La mirada' (2017). Es autor de varias novelas —entre las que destacan 'El visir de Abisinia' (2001) y 'Al oeste de Varsovia' (2009)—, diversos volúmenes de diarios, el último 'Azada de jardín' (2023). Mantiene blogs de creación literaria ('El visir de abisinia'), de crítica literaria ('El balcón de enfrente') y de prosa memorialista ('Ventanilla de vagón').

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