La pistola de mi padre. Rafael Soler. Ediciones Contrabando. Valencia, 2024. 210 pp.
Quienes seguís mis publicaciones en CaoCultura sabéis de mi admiración por Rafael Soler, escritor valenciano de estilo inconfundible y original, y una amplia producción literaria que va desde novelas como El grito (1979), El corazón del lobo (1980), El sueño de Torba (1983), Barranco (1985), El último gin-tonic (2018) y Necesito una isla grande (2019) a poemarios: Los sitios interiores (1980), Maneras de volver (2009) y Ácido almíbar (2014, Premio de la Crítica Valenciana), pasando por libros de relatos: Cuentos de ahora mismo (1980) y El mirador (1981).
Y como Rafael nunca deja de sorprenderme, en los albores de uno de los veranos más tórridos que se recuerdan, leo otra genialidad de este autor. Se trata de La pistola de mi padre, novela editada por Contrabando que me he leído de dos sentadas, incapaz de separarme de Aníbal, Rosario, Carlos e Isabel, la familia Cortázar. Una familia que, como todas, esconde secretos, sobrellevan desengaños, propios y ajenos, tratan de manejar su ira y sus decepciones, se odian y se aman a partes iguales. Y como muchas familias, más de las que queremos reconocer, sobreviven en una particular guerra fría en la que el silencio y los secretos son auténticas armas de destrucción masiva, y en la que la memoria se aloja en objetos que llegan a ser testigos mudos de la existencia de los protagonistas.
En un panorama literario en el que las novelas sobre la familia abundan, pocas llegan a tener la complejidad emocional, la audacia formal, la prosa vibrante y la fuerza simbólica de La pistola de mi padre. Dotada de una estructura muy elaborada en la que se alternan diálogos en tiempo real, monólogos interiores, apuntes de escritura para futuros relatos de Carlos y una voz narradora insólita que vamos intuyendo conforme avanzamos, pero que, por audaz, no damos crédito hasta que acaba desvelándose. Con unos diálogos vivos, chispeantes, hirientes, a veces, y siempre inteligentes, Soler acaba haciendo arte del reproche, grito del silencio y ternura de la frustración que sus protagonistas nos muestran con una crudeza que araña y en la que todos pagan su penitencia.
Soler ha tejido una novela coral, donde cada personaje tiene una voz propia, profundamente diferenciada y veraz. Aníbal, el patriarca autoritario, lleno de cicatrices que nunca se atrevió a mostrar y de silencios: «El Jefe se entiende mal que bien con Carlitos. Palabras a medias, frases que le gustaría decir con verdad, pero a medias quedan porque no es el momento, y en familia sabes bien cuándo es el momento y cuándo tampoco». Rosario, la madre que graba confesiones en secreto para poder existir —¡Cuánto me recuerda a Carmen, la protagonista de Cinco horas con Mario!—. Carlos, el hijo que escribe para escribirse y, también, para entender a su padre: «Un escritor se alimenta también de sus deseos. El deseo de un padre cercano. El deseo de afecto. El deseo de reconocerse en el otro. Y cuando algo sabes, cuando algo te cuentan, tirar de ese hilván es, muchas veces, el único camino». Isabel, la hija enferma, lúcida hasta el delirio, cuya voz emerge como la más poderosa del libro: «Isabelita no se llevó al sanatorio frenopático su candado con cuaderno. Pero se despachó luego, y el que se dé por aludido que levante la mano». Sus diarios son verdadera dinamita: ironía, escarnio, ternura, furia y verdad se mezclan en una prosa que arrebata en cada frase. Y a su alrededor orbitan personajes secundarios que enriquecen el universo narrativo: Roberto, el tío encantador y adicto al juego que deja en la estacada a Aníbal o Pilar, la novia zaragozana de El Jefe. Ninguno sobra, al contrario, todos aportan brillo a esa constelación familiar que sangra por los cuatro costados.
A mi juicio, lo mejor de la novela reside en su narrador: una pistola, guardada durante décadas en el armario de Aníbal, es testigo y voz de la historia. Este recurso, tan provocador como eficaz, otorga al texto una dimensión simbólica y constituye el eje vertebrador del relato. La pistola no solo habla, también interpreta, recuerda e ironiza; es la conciencia oculta de una familia que ha preferido callar y pagar el precio que ello conlleva.
La presencia de este objeto, heredado de la Guerra Civil y oculto a lo largo de décadas, encarna la amenaza latente, el legado de una violencia no siempre física pero profundamente estructural. En su silencio frío y metálico resuenan los conflictos no resueltos, los traumas heredados, la guerra interior que cada miembro libra consigo mismo y con los otros, con el clan. Y como no podía ser de otro modo en la pluma de un maestro, su existencia no es en vano: su presencia termina por detonar un desenlace que sacude al lector como un destello en medio de la noche.
Y para rizar el rizo, Soler entrelaza la historia de nuestro país: la Guerra Civil, el franquismo, la transición, el golpe del 23F, la ilusión por cambiar la sociedad y el desencanto que sobrevino, con la historia privada de los Cortázar hasta el punto de atravesarla, como sucede con el detonante que supone la caída de las Torres Gemelas: así como las torres se desploman, sus vínculos familiares también se tambalean. De esta manera, la novela acaba siendo mucho más que una historia íntima o personal, es un ejercicio de memoria colectiva, un intento de reconstrucción simbólica de lo que fuimos, de lo que nos marcó como sociedad y como individuos. A través de las pequeñas tragedias familiares —discusiones veladas, silencios heredados, rencores que cruzan generaciones— se cuelan también las grandes fracturas de la historia, como si la vida privada fuera un eco menor de los grandes naufragios públicos. Porque, al final, cada familia guarda en sus rincones oscuros sus propias batallas, alianzas y traiciones; cada hogar es también una patria en miniatura, con sus leyes no escritas, sus héroes caídos y sus guerras civiles silenciosas que nadie se atreve a narrar.
La pistola de mi padre es una obra de la que no se sale indemne, como de casi ninguna de las de Soler. El autor, con su mirada lúcida, su estilo transgresor y su lenguaje poético y preciso como un bisturí, nos ofrece una obra que emociona y conmueve, que obliga a pensar, que sacude. Leer esta novela es como abrir el armario familiar y descubrir que lo que estaba oculto —la pistola, el secreto, la herida— llevaba años apuntando a todos. Y que, por fin, ha disparado y, como la familia Cortázar tras la detonación, nos descubrimos «Unidos Under attack» porque, al fin y al cabo, «no se elige la familia, te toca. Como el sorteo de Navidad».


