Castillo de Loulé. Dibujo de J.M. Benítez Ariza.
Recordaba Loulé como una ciudad extremadamente pequeña: apenas un núcleo de calles estrechas y tortuosas, adosado a una avenida moderna a partir de la cual, hacia el norte, se extendían las sucesivas ampliaciones del caserío en tiempos más recientes, por las que el visitante no se animaba a pasear. Pero esa impresión respondía, me digo ahora, al hecho de que fuimos en un otoño lluvioso, quizá en un fin de semana largo o un puente festivo, y en aquellos escasos días, y siempre a resguardo de las cornisas de los edificios y las marquesinas de los comercios, apenas si salimos del recatado núcleo cordial de la ciudad. Todo aquello lo anoté en unas páginas de diario que ahora leo con cierto asombro, pensando no tanto que la población haya podido cambiar desde entonces, como que lo que ha cambiado es la predisposición del observador.
Esa visita anterior tuvo lugar en 2015, cuando España se encontraba todavía bajo los efectos de la crisis económica que empezó en 2007. Éramos, pues, turistas apocados, sin mucho ánimo de gastar, a quienes ya parecía todo un logro haberse podido permitir esa escapada, quizá la primera en muchos meses. El clima y la estación favorecían ese estado de ánimo: siendo Loulé el centro de un municipio que incluye algunas de las poblaciones turísticas más afamadas del Algarve, fuera de temporada se presentaba al visitante bajo el semblante de un negocio en cierre o a medio gas por descanso del personal. En un bar de Loulé, recuerdo, en el que sólo estábamos nosotros y unos viejos que merendaban un apetitoso plato de carnes del cocido –lo que los andaluces llamamos la pringá–, nos enteramos del sangriento atentado de París de aquel año, lo que me permite fijar nuestro viaje en torno a aquella fecha fatídica, 13 de noviembre.
Ese recuerdo aciago me lleva, por asociación de ideas, a un detalle que me ha llamado la atención durante nuestra actual visita a Loulé, en la última semana de junio de 2025: las extremas medidas de seguridad que se han adoptado en torno al Festival Med, que es el motivo de nuestro viaje, y del que incluso podríamos decir que formamos parte, si no al nivel de los músicos internacionales que actúan en los muchos conciertos que se celebrarán durante el fin de semana, sí como invitados a Poesias do Mundo, el discreto pero estimulante encuentro literario que desde hace años se acoge al paraguas del Med y que tiene lugar a la fresca en un agradable solar entre tapias blancas, en medio del recinto del festival, que no es otra cosa que el propio núcleo medieval de Loulé, convenientemente acotado. Accedíamos diariamente a él por una discreta entrada “de artistas” y guiados por los coordinadores del evento, lo que nos evitaba los engorrosos registros y cacheos a los que habían de someterse los demás visitantes. Pero hubo un día, el último, en el que nos saltamos el trámite de reunirnos con el resto del grupo para entrar al festival y hubimos de apechugar con las consecuencias. A mi mujer aquella decisión apenas si le supuso someterse a un somero registro de su bolso y un cacheo de mero trámite. Quien esto escribe no salió tan bien librado: como llevaba un abultado bolso de mano en el que, además de mis objetos personales, guardo mis útiles de dibujo, y ese bolso tiene infinidad de bolsillos, cerrados por otros tantos broches de presión, velcros y cremalleras, el policía encargado de registrarlo, un guardinha muy joven, terminó haciéndose un lío y volviendo una y otra vez a bolsillos que no recordaba si había examinado o no. No pude evitar sonreír al verlo pelearse con el adminículo, que parecía diseñado para poner en aprietos a cualquiera que intentara profanar sus secretos. El policía debió encontrar irrespetuoso mi regocijo. En consecuencia, extremó su celo y se empeñó en escudriñar, no sólo los compartimentos del bolso, sino también los pliegues más pequeños de mi billetera, así como el monedero en el que llevo la calderilla y hasta el estuche en el que guardo mis lápices y rotuladores, cuya cremallera descorrió entera, hasta poner al descubierto aquella sospechosa panoplia de abjetos afilados y punzantes. Sou desenhador, dije, a modo de explicación. El guardia murmuró algo que no llegué a entender, pero que me sonó a un “a mí que me cuenta”. Lo curioso es que, terminado el exhaustivo registro, fue capaz de colocar cada objeto exactamente en el lugar que debía ocupar en el bolso. Luego me cacheó y finalmente me dejó pasar.
En vano he preguntado o buscado en internet los motivos de estas medidas de seguridad extremas. Son fáciles de adivinar: en ninguna parte, en ningún rincón de Europa, está el horno para bollos. Si cuando el atentado de 2025 llegué a pensar, un tanto a la ligera, que algo así no podía suceder en una pequeña población del extremo sur del continente, lo acontecido en el mundo desde entonces no me permite asegurar lo mismo ahora.
Pero eso fue el último día de una larga y fructífera semana. Los tres primeros, antes del comienzo del festival propiamente dicho, participé en una experiencia de traducción colectiva, a cargo de escritores de diversos países, de la obra del poeta “popular” louletano António Aleixo (1899-1949), un hombre de extracción humilde y sin formación reglada que sintió el impulso de fijar su visión del mundo y de la moral colectiva de su tiempo en una serie de quadras (cuartetas) y glosas que reunió en vida en un par de libros, Quando começo a cantar (1943) e Intencionais (1945), a los que hay que añadir una compilación de inéditos publicada en 1979. Es difícil hacer una apreciación estética del valor de esta obra. De lo que no hay duda es de que lo tiene, aunque no pueda aplicársele las categorías con las que suele explicarse, en general, el desarrollo de la poesía europea del siglo XX. Se da el caso de que también el hoy internacionalmente admirado Fernando Pessoa cultivó en su obra “ortónima” –es decir, en aquella que firmaba con su nombre, y no con el de sus diversos heterónimos– esa forma métrica de origen y sabor popular. Pero nada tiene que ver el hermetismo simbolista e incluso ocultista de ese primer Pessoa, aunque expresado en moldes tradicionales, con la poesía a ras de tierra que cultivaba este otro poeta que sólo se le asemeja en la brevedad y relativa oscuridad de su vida.
Un lector español podría hacerse una idea de las intenciones y tono de la poesía de Aleixo si la compara con las coplas flamencas, y muy especialmente con aquellas que gustan de asumir un tono sentencioso o moralizante, como muchas las que compiló Antonio Machado y Álvarez, “Demófilo”, o resabios de crítica social, como las letrillas anticlericales y revolucionarias –las de Aleixo no llegan a tanto– que se compilaron en el libro Cante místico flamenco, publicado por el periódico El Motín a finales del siglo XIX y recientemente reeditado por David Pérez Merinero. También podría ser útil, a efectos comparativos, traer aquí los aforismos del cuasi contemporáneo poeta argentino Antonio Porchia, de más alto vuelo poético, pero igualmente sentenciosos en el tono e imbuidos de sabor popular. No copiaré aquí ninguna de las quadras de Aleixo: el curioso lector no tendrá dificultad en encontrarlas. Sí enunciaré el curioso cometido que me fue asignado: traducir algunas al inglés; lo que, dicho sea un tanto a la ligera, me ha permitido descubrir otras posibles referencias comparativas desde las que caracterizar la obra del louletano: el parentesco que adquiere, una vez despojada de su molde métrico tradicional, con la poesía esencial, igualmente desprovista de adorno, de una Emily Dickinson, por ejemplo; o con la poesía báquica, libertina y vitalista –y también crítica respecto a su tiempo– del persa Omar Jayam, según pasó a Occidente y al canon inglés de la mano del poeta ochocentista inglés Edward Fitzgerald. Me permitiré citar, por tanto, con el ánimo de quien exhibe una travesura, algunas de esas quadras travestidas por mi mano. Por ejemplo, la que dice: I’m satisfied with my life: / even in suffering / there’s a nightingale inside my chest / singing to amuse me, en la que ese ruiseñor parece haber venido volando de los jardines de la poeta de Amherst. O esta otra: Wine which turns into vinegar / will not retrace its steps. / Only a miracle / will turn it into wine again, de la que no habría disentido el persa. O, para terminar, una que me recuerda esos poemas de apocada misoginia que escribía el a veces muy moralista y nada mundano José Martí, a quien tampoco gustaban las mujeres que se maquillaban: Make up on your beautiful face / is like a mask which hides it: / at home or outside, / even without talking, you lie.
Ése fue mi extraño cometido durante la primera mitad de la semana, en conjunción con algún estudioso local de la vida y obra de Aleixo y de media docena de poetas que se encargaban de discutirlo y verterlo al castellano, al rumano, al árabe… Trabajábamos a veces en grupo, a veces en solitario: lo primero, en la misma casa en la que dormíamos –un caserón reconvertido en vivienda turística, al filo del casco viejo de la ciudad– o al aire libre, en la terraza de una dependencia municipal en el parque presidido por el grandioso monumento al prócer local y ministro salazarista Duarte Pacheco. En los intervalos, paseábamos por la ciudad, visitábamos las instalaciones del inminente festival o disfrutábamos de copiosas comidas –ay, esas sardinhas, o ese budín ligero como el aire que engañosamente llaman “molotov”– en un excelente restaurante tradicional junto a la plaza de abastos. Hay que decir que durante esa primera parte de la semana las temperaturas fueron suaves; tanto que, cuando salía temprano a desayunar, desvelado por la hora de adelanto que el amanecer lleva aquí respecto a España, y encontraba cerradas las cafeterías de más empaque y me sentaba en la terraza de un modesto bar frecuentado por los basureros y los empleados del mercado, debía echarme encima un jersey fino para no pasar frío mientras sorbía mi té, masticaba mi sande com fiambre y mis pasteis de nata y dibujaba en mi libreta la fachada de la plaza de abastos, que tiene aires indostánicos y guarda cierta semejanza con el icónico Pabellón Real de Bath, con sus cúpulas prefabricadas de hierro fundido, que fue uno de los primeros edificios levantados con esa técnica entonces revolucionaria.
Luego el tiempo cambió: a partir del jueves, entró una ola de calor y las temperaturas se hicieron infernales, coincidiendo con la inauguración del Med y el comienzo de las lecturas poéticas. Había que armarse de valor para salir de casa a eso de las seis de la tarde para cenar, como estaba previsto, antes del acto, que empezaba a las siete y media. Pero el caso fue que, incluso a pesar del calor, el recinto se llenaba de gente desde primera hora de la tarde y las lecturas, animadas por un poco de vino tinto, se desarrollaban con fluidez y con notable entusiasmo, tanto por parte del público como de los intervinientes, en gran medida gracias también al dinamismo que los organizadores –el actor, poeta y animador cultural louletano al que todo el mundo conoce como Tápê y la poeta gaditana Raquel Zarazaga– infundían a su desarrollo, marcando los tiempos, impidiendo las pausas innecesarias e incluso regañando a quienes se excedían.
Luego venían los conciertos, plato fuerte y verdadero aliciente del festival, aunque en él también confluyan la literatura, el cine, la gastronomía, la artesanía y las artes plásticas. El país invitado este año era Cabo Verde: en un viejo caserón habilitado al efecto, y que alberga en su patio una altísima araucaria de seiscientos años de edad que se divisa desde todo el casco antiguo –y que dejaba caer a veces sobre los congregados a su alrededor sus piñas espinosas–, pudo uno pisar las arenas caboverdianas y probar la cachupa, el guiso nacional. También había músicos de allá, pero debo decir, en fin, que la única formación musical de ese país que fuimos a ver, la llamada Césária Évora Orquesta, que en su día acompañó a la mundialmente famosa cantante caboverdiana, nos decepcionó –esto es cuestión de opiniones– con su muy convencional repertorio de boleros y bailables. Para resarcirnos, huimos a tiempo hacia otro palco o escenario, de los muchos habilitados en el recinto, donde disfrutamos de un muy trabajado y arriesgado concierto de “pop experimental” a cargo de la francesa Léonie Pernet. Todo esto sucedió –vuelvo a saltarme el orden– el segundo día. En el primero, el concierto estrella, que disfrutamos en primera fila, fue el de la formación de Vieux Farka Touré, hijo del guitarrista malinense –el Jimi Hendrix africano, dicen– Alí Farka Touré. Y en el tercero y último, la actuación más esperada, que disfrutamos después de oír por las esquinas a unos inspiradísimos músicos callejeros, fue la de la catalana Silvia Pérez Cruz haciendo dúo con el cantautor lisboeta Salvador Sobral, en un concierto en el que no faltó el sentido del humor y alguna que otra bienintencionada proclama, quizá menos en broma de lo que pueda pensarse, a favor de la unidad de los dos estados peninsulares.
…Y ahora me doy cuenta de que estoy contando estas cosas como quien repasa un programa de actos, dejando fuera quizá el ingrediente principal, la sensación de tiempo dislocado que se vive en estos intervalos festivos, bajo el peso determinante del calor, que impedía hacer otras cosas, y la dejación voluntaria de todas las obligaciones que habían quedado aparcadas mientras tanto. De esa otra vida dejada a un lado sólo afloraba, a ratos, la lectura, tanto de los libros que traíamos de casa, como de alguno de los muchos que iban cayendo en nuestras manos conforme intimábamos con otros poetas y procedíamos al rito de intercambiar publicaciones. No daré títulos ni nombres: quedan en mi memoria de afectos, dentro de ese capítulo de la vida social, e incluso afectiva, que uno debe a su dedicación literaria. A ese respecto, quizá sea éste el momento de señalar uno de los rasgos definitorios de estas jornadas: concebidas deliberadamente como encuentro de poetas de distinto fuste y muy diversas trayectorias, nadie se esforzó por hacer valer su rango y méritos ni se dejaron sentir las habituales exhibiciones de egos que caracterizan otros eventos literarios, incluso locales. Predominaba, en cambio, la afabilidad, el buen humor y el espíritu de colaboración, también el grato sobreentendido de que todo lo demás no importa.
Llega uno a estos ambientes quizá un poco tarde y ya escamado de muchas cosas. De vuelta, por así decirlo. Pero, me digo, bien está. El año que viene, si me dan a elegir entre eventos en los que sí se hace valer la filiación y cotización de cada cual, y una nueva edición de unas jornadas como éstas, tengo claro a dónde acudiré. En realidad, lo he tenido claro siempre.





