Ilustración de Manuel Martín Morgado.
Entonces, me tomaron de la mano, como a un viejito, cual diría un argentino —y eso que me creía a mí mismo olvidado— y me dejé llevar.
Fue la confirmación de que aún no andaba del todo oxidado y senil. Pues esa serie de poemarios que por detrás me acecha había sido leída por algunos jóvenes de hoy. Y esos jóvenes me instaron telefónicamente, con especial amabilidad y al mismo tiempo convicción y firmeza, a subir a un avión para traerme hasta esta ciudad costera y animarme a participar en lo que ellos llaman un aula de poesía.
Desde que mis pies han tomado contacto con la pista de aterrizaje, huelo a algas. La brisa salina recoge su perfume en el cuenco de sus manos invisibles y hasta mi olfato la transporta.
Por donde vivo no hay mar. No voy a mentir. Lo cierto, si se habla con propiedad, es que sí que hay mar. Pero no es igual. Es de granito.
Un mar de granito. Bonito verso. Los poetas andamos de acá para allá picándonos la yema de los dedos con el pulgar, en busca de música, luego no es de bobos querer extraer hasta de las piedras más resecas e ingratas una estrofa con cierto ritmo, frescura y belleza. Más tarde, a medida que escribimos y dominamos esas notas que son las sílabas, nos habituamos a ver una partitura en una frase y ya nada es lo mismo. No sé si me expreso como es debido. Lo mío no es la prosa.
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En el recibidor del aeropuerto, me reconocieron dos chicos delgados, morenos de pelo fuerte y negro, de unos treinta a cuarenta años. Se me acercaron.
Tras los saludos de rigor, la pregunta de si había tenido un buen viaje, una alusión al microclima tropical de la bahía y otros comentarios intrascendentes, uno de ellos, el más alto, me señaló:
—Su obra debe ser revisada. Usted pasará a la historia de la poesía.
—¿De veras? —le respondí, con socarrona sonrisa de viejo, yo que escribía para enamorar y acostarme con las chicas y el pensamiento puesto en que hace más de veinte años que no toco un lápiz.
Lo cierto es que esa poesía, la verdadera, la mía, la que se esconde muy dentro y no se deja agarrar, sería incapaz de plasmarla en su complejidad, hondura y perfección sobre un papel. Ni yo ni nadie llegará jamás a leerla.
—Ponemos a su disposición este coche particular para que lo ayude a moverse con comodidad por el centro o por las afueras. Suba, por favor. No tendrá que hacer un solo esfuerzo.
No me molesta hacerlos. Recorro a diario, para no agarrotarme, unos cinco o seis kilómetros, pero ellos no lo imaginan.
—Y no se aburrirá, ya verá.
Inmune al aburrimiento, me agrada y me atrae la delicada miel que endulza a los solitarios, pero ellos tampoco lo imaginan.
—¿Podré visitar su jardín botánico? —mi voz, como si culebreara por delante de mí y no me perteneciera, me ha resultado extraña, erosionada después de tanto tiempo sin manejarla—. Tengo entendido que es muy interesante y que hay especies exóticas difíciles de encontrar, si no es en su lugar de origen, claro. Me gustaría hacerlo en un hueco, cuando sea posible.
—Por supuesto, ponga usted una hora y pasará Manuel Ángel, mi compañero de aula, a buscarlo. Sabe mucho de botánica. Se ocupó un tiempo de su gestión. Y es experto en sus textos.
Tenía pensado dar una vuelta a solas con mis pensamientos y el recuerdo de mi esposa fallecida, que estos jóvenes igual no saben que nació por aquí.
—Si desea hacerlo sin el guía, es una opción. Le traerá buenos recuerdos de su mujer.
Vaya.
—Tengo interés también en la plaza de toros —digo, tras un silencio, en el asiento trasero del auto, camino del centro—. ¿Me diréis por dónde cae?
—La plaza de toros como tal no existe. De ella solamente queda el nombre del barrio.
—Estaba al tanto, pero ¿me indicaríais su ubicación? Como curiosidad, no hay un solo mapa o referencia en internet que la revele siquiera.
—Faltaría más. Su vuelo de regreso despega en un par de días. Hoy en la tarde podrá descansar hasta la cena, si lo desea. Mañana, entre las citas en la concejalía de cultura, un instituto de bachillerato y el almuerzo con los que dirigimos el aula, la agenda matinal va a estar algo apretada. Pero el resto de la jornada, a partir del postre, la tertulia y el café, lo tiene libre hasta las ocho en que iniciaremos la conferencia en el aula.
—No acostumbro a dormir siesta, así que podría visitar ambos lugares esta misma tarde, si me lo permitís.
—Para encontrar el jardín botánico —me explica, ya junto a la recepción de un hotel de corte moderno y amarmolado, irreprochable pero un poco impersonal para mi gusto—, tiene que dirigirse al casco antiguo. Se topará a su derecha con la catedral fortificada. Siga recto. Verá un parque. No tiene pérdida. Para la plaza de toros, le daré un plano y se lo marcaré a tinta con un círculo, más o menos donde estaba situado el ruedo. Ambas direcciones están a unos pasos de este hotel.
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He sorteado sillas y mesas de metal calado y me he metido en el interior de un bar a pesar del sol que ilumina deliciosamente la terraza medio desierta en esta tarde de febrero. He visto un rótulo. Tendido 5.
Resulta complicado por aquí trazar la línea de las gradas, del burladero y de la arena central. No recuerdo haber visto imágenes antiguas. Es como si a un toque de clarín, se hubieran desmoronado los tendidos y hasta las cuadrillas, el alguacilillo, la presidencia, las caballerías, los morlacos, las fotografías y los grabados de época hubiesen sido sepultados bajo sus escombros. Además, por estas calles, no he visto gente mayor a quien preguntar, tal vez desvanecida, muerta o confinada en alguna residencia.
En el salón, por cuyas ventanas se filtra ese salitre que lo abraza un poco todo, no hay un cliente. Me he sentado a una mesa y he observado las paredes. Azulejos moriscos con su cenefa azulada. Algún cartel antiguo enmarcado. Láminas de lances, acuarelas taurinas, pero ni una foto del coso, pese al nombre.
Por detrás de la barra, el camarero, un tipo maduro sin delantal que parece el dueño, me ha servido con corrección ese cortado descafeinado que humea ante mí. Pasa ahora una bayeta sobre la superficie metálica del mostrador.
Imagino —la imaginación vuela sin alas que la sostengan y se desploma contra esta realidad siempre previsible y tozuda— que por aquí, justo entre las mesas, tal vez cayeran unos cuantos. Su terraza estaría llena de despojos invisibles y de humos y de casquillos vacíos volando por los aires, todo inmaterial. Bajo las baldosas habría restos de ropas desgarradas, de huesos quebrados. Seguro que si buscara por sus fondos o mezclados con los cimientos, si rebuscara por las juntas y las pudiera pasar por un exprimidor, vería gotear zumo de sangre.
—Disculpe. ¿Sabría decirme por qué le llaman al barrio plaza de toros? —el hombre igual no está al corriente de lo que se le pregunta—. Soy aficionado. Llevo rato buscándola y resulta que no la encuentro por ninguna parte.
Se oye el rumor de mi cucharilla al hacerla descansar sobre el plato después de remover pausadamente el café. El camarero me mira extrañado, directamente a los ojos.
—Se nota que usted no es de por aquí. Ni por su acento ni por su pregunta.
Hace una pausa, mete la bayeta en el fregadero y continúa:
—Existió la plaza a la que se refiere, pero la derribaron cuando yo era niño. No sabría decirle más. A mi padre también le gustaban mucho los toros, el colorido, el ambiente. Para él una corrida era algo sagrado y me confesó que fue una equivocación que la utilizaran para lo que lo hicieron, que acabarían tirándola. Y así fue.
Oigo ahora el grifo abierto, cómo estruja la bayeta. Imagino el movimiento enroscado de sus manos, el agua que aflora de ella en un goteo escalonado.
—Su historia es bien sencilla. Al parecer, la gente dejó poco a poco de asistir a la fiesta y eso hizo renunciar a los apoderados. Fue la ruina del empresario. La demolieron hará casi cincuenta años. Llevaba diez sin ser utilizada para lo que en realidad la construyeron. Se supone que había algo en la conciencia de los vecinos que se negaban a celebrar en ella lo que a su entender no debía hacerse. Probablemente, un castigo. Tampoco sé si a los toreros de la época les haría mucha gracia capotear por aquel redondel. Ya conoce la superstición en el oficio. Si se pregunta qué hago yo aquí, también es sencillo. Mi padre nació en la parte vieja, pero se le presentó la oportunidad y abrió por el barrio una taberna. Para tertulias taurinas, en principio. Resulta curioso pensar que al final acabé heredándola, la reformé y me instalé aquí con toda la familia.
No ha concluido que tras su demolición volaron además de los pañuelos blancos miles de muertos, con su memoria, como cada vez que se destruye una mansión antigua y terminan con el lamento apesadumbrado de sus enmudecidos e indefensos fantasmas. De ellos, no ha quedado más que una seca, terca e incómoda referencia en el nombre.
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Mi mujer nunca quiso volver a poner los pies en esta ciudad. Respeté su deseo.
Yo conocía esta capital por documentales, referencias literarias, la tele o el cine, de nombre y de oídas. Y quiero dar una vuelta, explorarla en lo poco de añejo que queda por aquí, hacerla mía, sin nostalgias, en un afán de armonía con su recuerdo. Por puro disfrute.
Aquí nació ella. Ya lo he comentado. En el invisible rosario de casitas bajas apartadas del centro. Pescadores, algún comerciante, una venta, algo alejado de la vieja y ancestral ciudad marítima en su bosquejo de preciosas villas de una planta y, a su espalda, la playa de arena amarilla batida por la espuma de las olas.
Todas aquellas viviendas blanqueadas con cal, tenían su entrada con un terreno propio de cara a la cañada real, plantado de ficus, carrizos, palmeritas o bananeras, sus puertas azules, su zócalo de un amarillo casi ocre, su azotea. Con algunas, se hicieron a precios de risa gente sin escrúpulos. De otras, se apropiaron los vencedores y su afán especulador. La misma, para entendernos. En cuanto eso ocurrió, las fueron arrasando en breve espacio de tiempo y en su lugar comenzaron a construir sin freno. Levantaron grandes edificios de pisos y apartamentos hasta convertir la avenida principal en un sórdido entramado de manzanas unidas por calzadas que transformaron su firme de tierra y grava en pestilente alquitrán.
Su padre desapareció por estas calles, como su casita de vacaciones. Nunca volvieron a encontrar sus restos. De la casa, tampoco. Ella era una niña de cuatro años que intentó hilarlo todo a base de lejanía, lágrimas y reserva. Estupenda manera de explicarse a sí misma su orfandad, de intentar sanar el alma de ingenua chiquilla abandonada.
Le dediqué un largo poema —también lo he dicho—, un escrito surreal para el que necesité borrar la misma hoja casi cien veces. Bueno, creo que fue así porque, en esas semanas, yo acompañaba a Eladio en sus correrías alcohólicas nocturnas y mi memoria puede que me traicione.
Lo cierto es que a su finalización la música quedó adherida al texto, porque el sentido se perdió tan hermético (se supone que para sortear el celo de ciertos censores) que ni siquiera mi mujer lo entendió o eso me dijo. Y yo no tuve otra alternativa que la de creerla.
Lo leeré en el aula. No haré otra cosa. Después si no estoy muy cansado, responderé a las preguntas que me propongan los asistentes en el coloquio y firmaré libros. Es lo más agradable e interesante, el contacto con la gente.
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Más allá de la catedral amurallada, cuya visita he obviado, en este jardín botánico, veo por primera vez en mi vida un cedro de incienso de California. Veo también por primera vez un cedro gigante del Líbano. Y recuerdo con más intensidad a Inés, si cabe.
Diviso sus altas copas. Como si tomara parte en un rito pagano, he levantado mi brazo y he acercado mi mano hasta las ramas más bajas. He rozado levemente con el dorso sus manojos de acículas planas. Me lo he llevado a mis fosas nasales. Con un tenue perfume a resina por el interior de mi cuerpo, me he apostado en un banco, a su sombra, entre los dos troncos, y he sacado de mis bolsillos con lo que anotar.
Entonces, me ha penetrado en la piel el niño que escribía vocales en planas largas sobre su cuaderno infantil con su lápiz recién afilado, la fina silueta y el rostro de mi mujer. He llegado a verla incluso en el claroscuro enrejado que el sol motea sobre la tierra seca en la que se asientan esos troncos y sus raíces.
—¿Nos casamos? —oigo su tierna voz que me dice, prendida de mi antebrazo, en una pregunta que me sacude de pies a cabeza y no sé descifrar, ni como declaración de amor ni como advertencia ni como pérdida ni como llamada de desesperación ni de desconcierto, en su truncada travesía por ciudades, afectos y pasiones.

Tan de sorpresa me pilla que me veo anudado en un abrazo, cautivo de un infinito y azucarado beso. Y, al instante, enfrentado al paso por la vicaría. Un corto viaje de novios felices por la península. La carga de pasado, presente y futuro que uno asume sin rechistar. Y siempre Eladio, sus chocantes modales a la hora de encarar la vida y las relaciones, su borrachera durante la boda, sus maneras absurdas al perturbar la ceremonia y sus momentos de solemnidad, la intimidad de la pareja y la compostura de las familias invitadas, pura provocación.
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Desde pequeño, mi nariz fue incapaz de deshacerse del perfume que desprendían. Me convertí en un especialista en diferenciar, con los ojos cerrados, como si fuera un enólogo de lo arbóreo, cada lápiz por su marca y por la especie botánica con el que hubo sido fabricado.
Mi primer lapicero fue un Johann Sindel. Era de cedro, de una madera de un ejemplar gigantesco de enérgico aroma que se da por países lejanos, cuyos habitantes ya estuvieron por nuestra península hace casi cinco o seis mil años manejando el comercio en sus orígenes o de aquellos otros que medraban por los inmensos bosques norteamericanos poblados de animales salvajes.
«¿Cuántos lápices pueden fabricarse con el tronco de un árbol tan grande como ese? —siempre la misma pregunta a mis padres».
«Millones —oía, porque ellos no sabían responderme con exactitud, y yo los creía en su exageración».
Qué decir de aquella liturgia del sacapuntas. Del placer de observar que las virutas, en parte mina, en parte madera de dos tonos, formaban un oleaje ensortijado. Del cuidado a la hora de apretarlo contra el cuaderno y de la tragedia que sobrevenía a la rotura de la mina. De su renovación emocionada cuando su estilizada longitud empequeñecía tanto por el uso que se convertía en inutilizable.
Con él me llegaba al olfato el aroma a jabón de glicerina que despedía aquella señora oronda, de sonrisa perenne, que los vendía en una casa en la que nada revelaba la existencia de material escolar —gomas de borrar, cuadernos de grapa o de muelle, cuadriculados o milimetrados, escuadras y cartabones, estuches, plumas, tinta china y bolis—. De cómo los extraía de debajo de un grueso tablero que le servía de mostrador, como maga reidora que era de una chistera imaginaria.
Me llegaba el camino escoltado de robinias, la puerta de la escuela y la regla con la que el maestro nos azotaba la palma de las manos, los juegos de bolindres con Eladio en el recreo de patio polvoriento y los gritos, carreras alocadas y travesuras de los demás niños.
Me llegaba la letra a. Mi primera plana en un cuaderno de dos rayas, una sarta de aes pegadas a la eme. La eme con la a, ma. Dos veces ma es mamá. Con su acento o tilde por encima. Las otras cuatro vocales. La e, parpañeta. La i, una vela con su llama en un puntito. La o, en un asombro de labios redondeados. La u, como una ene boca abajo, un mugido de vaca o un espectro que asusta por ese pasado que siempre regresa arrastrando sus grilletes chirriantes y dolorosos, sus papeles amarilleados por el tiempo, esos amores maliciados y consentidos.
Con menor interés para mí, llegaban las consonantes. Cómo me gustaba la i griega, horquilla de un tirachinas. Y cómo lamentaba no haber utilizado jamás la uve doble, aquella eme o cordillera invertida, ni siquiera para un nombre como Wenceslao o un módulo del tren que se decía wagon en otras lenguas.
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Con los años, uno crecía. Y fueron cobrando vida los lapiceros rojos y negros, alemanes, aristócratas del dibujo, manejados por delineantes, peritos y arquitectos. Y los amarillos y negros, también alemanes, tan seductores para todos, que eran más caros y tenían un número según la dureza de su mina.
Y ya, al final, los lapiceros mecánicos o portaminas, de tan escasa atracción para mí porque no funcionaban bien. La barrita que se quebraba. O, al rozarlos sobre la superficie del papel, la punta que se escondía en su interior, como la cabeza de una tortuga o los cuernos de un caracol. Con sus trazos demasiado finos que rayaban el papel hasta el punto de traspasar la hoja, imborrables, carentes de olor y con su envoltura plástica a la que no se le podía sacar punta.
Vi siempre a Eladio con un lápiz en la mano, clásico o de colores, a la caza de de un verso. ¿Despertaría eso en mí una obsesión? ¿Serían las maravillas surgidas del lápiz las que provocarían una herida honda en la piel de mi infancia cuya cicatriz jamás volvería a cerrarse por completo?
Yo quise imitar a Eladio. Pero no me limité al lápiz. Escribí incluso con lo que otros dibujaban, como grafito o blando carbón, que se extendía como una niebla oscura por la página, borrones de bruma negra que no se iban con la goma. Al contrario, se agrandaban y yo no hacía más que lacerar el papel y mancharme dedos y manos con desesperación.
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Entendí que, desde el punto de vista policíaco, era complicado establecer el año en el que fueron escritos unos poemas. Sólo el papel chivatea su fecha.
Yo he guardado papel de hace ochenta o noventa años, quizás más, rebuscando por arcas y baúles en la casa de mis abuelos. Y nunca tiré ninguno.
Garabateaba. Borraba lo escrito si no estaba satisfecho con mis estrofas, hasta que el poema, una vez terminado, casi era un texto indescifrable sobre una superficie raspada mil veces. Y no tiraba, no malgastaba ni un papel. Me aficioné a su primera blancura o a su color hueso. Como si el papel así dispuesto me retara y me dijera, aquí estoy, a ver si eres capaz de plasmar algo sobre mi espalda lisa y añeja, y yo aceptara su desafío.
Mi amigo Eladio Cáceres me decía que yo era un miserable, un avaro que no me prodigaba en la compra de papel, ni un duro. Es probable que tuviera razón, el infeliz.
Nos dejó siendo muy joven, unos meses después de mi boda con Inés. Fue de lo más absurdo. Se salió de la calzada en una curva cerrada y se estrelló con aquel coche de gruesa carrocería de su padre contra el muro de contención de un canal. No llegó a aclararse si murió en el acto o ahogado. Qué importancia podía tener ese detalle. Se había apagado y se acabó.
Tras su accidente mortal, no se encontraron sus escritos. Nos temimos con ello que su accidente de automóvil hubiera sido ideado por él mismo como un epílogo a su propia vida. Así, muchos dudaron, cómo no, de que su accidente no hubiera disfrazado más que un lamentable y sibilino suicidio. O como especularon las mentes más enrevesadas con sus lenguas viperinas —desesperación de los que no se resignan a creer que la muerte pueda segar una vida joven—, un crimen.
Sabíamos que Eladio no le hacía ascos a la bebida. No nos hubiera extrañado que, tras una última conversación entre ambos, regada con el más abrupto de los aguardientes, los hubiera recopilado en un atado y los hubiera destruido a conciencia. O puede también que los hubiera extraviado precisamente durante una de sus clamorosas melopeas.
Para qué ahondar en el dolor. Jamás llegaríamos a ciencia cierta hasta el fondo de la cuestión. Pronto, él con sus historias, su infortunio y sus originales (que yo imaginaba flotando hacia el mar por las aguas del canal) quedaron en el más cruel olvido, excepto para aquellos que más lo queríamos.
Los padres de Eladio se interesaron durante el sepelio por aquellos enigmáticos manuscritos.
«Nos quedaría al menos algo suyo, de su puño y letra, muy personal y enormemente valioso por lo sentimental, ya que el azar nos ha privado de un hijo al que siempre habíamos alentado en su carrera de leyes y no en la de niño mimado y bohemio trasnochado».
Yo les aseguré que no sólo desconocía aquella pasión poética, que Eladio por su parte intentó disimular sin éxito, sino la existencia de una obra oculta.
No sé si me creyeron.
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En la sala de conferencias de la caja de ahorros, luces halógenas, incisivas como un bisturí luminoso, olor a nuevo por la madera de las sillas recién estrenadas, aguardan expectantes unas cincuenta personas (afluencia bastante elevada según uno de los jóvenes que me presenta).
Dos especialistas me han precedido en la charla, los mismos que fueron a recogerme a la terminal y me devolverán a ella. Han hablado muy bien, de manera precisa, profundizado en mi obra con rigor, inteligencia y conocimiento. De ambos se han desprendido esas esencias teóricas de las que yo, cuando estudiaba y me ponía a escribir, aborrecía como de la peste.
Luego, me han cedido la palabra. Con ella en la boca, no he sabido qué decir porque ya estaba todo dicho. No he analizado o descrito o desvelado el sentido de mi poesía, allá cada cual con su cultura, sus conocimientos sobre mi aburrida existencia, su sensibilidad a la hora de abordar el conjunto de mis poemas. Me he limitado a hablar de la infancia, de árboles, de lápices, de vocales, de consonantes, de escombros, de casitas de fachadas blanqueadas de cal, de amores envejecidos, de la traicionada memoria y a recitar poemas. El último ha sido ese que mi mujer, ya fallecida, nunca comprendió y, si lo comprendió, hizo como que no lo comprendía.
Una voz femenina. Un lugar extramuros, junto a la playa, de oleaje no siempre sereno. Fragancias marinas. Ventanas coloreadas. Muros de tiza. Disparos. Cuerpos que se desbaratan en el aire y en la arena. Una mirada al padre que falta. Un exilio en Madrid. Un ruido ensordecedor de bombas que caen del cielo. Desfiles patrios. La soledad impuesta y una memoria truncada. El silencio de los vencidos en una postguerra tan inacabable como agria, necesitada, represiva y sombría. Disipada esa infancia, traspuesta esa juventud que nunca existió, besos a escondidas, punzantes y culposos. Un idilio previo a una boda, momentáneo, ingrato, de los que pasan factura, de los que no dejan a nadie indemne. Y otro posterior, irreversible, en el que su lógica y su pureza andan siempre escondidas o disfrazadas. Máquinas de carne que tiran paredes curvas, abren cimientos en un albero manchado de sangre. Lágrimas de sal como el oleaje de aquel mar en movimiento. Versos breves, tan cortantes como certeros.
Queda el coloquio y la firma de libros. Espero que no se alarguen. Me encuentro muy cansado. El paseo de la tarde ayer, que he repetido hoy, me ha agotado en todos los sentidos.
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Viajo en el avión, de regreso a casa. Por encima del zumbido continuo de los reactores, todavía resuena en mis oídos esa potente y larga ráfaga de aplausos que me despide del aula de poesía y que no sé si merezco.
No tengo con quién hablar de lo que sea. El asiento contiguo está libre.
Nubes en el cielo. Un sol que deslumbra me hace daño en los ojos al pegar de plano sobre ellas. Tiro hacia abajo del toldillo de protección del ojo de buey.
Se me acerca una sonriente azafata vestida de verde jade. Me pregunta si quiero beber algo caliente.
Le sonrío. Afirmo con la cabeza.
Agarro la jarrita de plástico en el que me ha traído y servido un café sobre una bandeja, con una golosina y su envoltura translúcida y crujiente. Tomo un sorbo. Siento en la boca y luego en la piel la sospecha de una triste farsa, una amargura que no procede de ese café sin azúcar.
Algo indescriptible merodea en la penumbra, algo profundo que flota a mi alrededor desde mi adolescencia y primera juventud hasta el presente, algo que no tuve la valentía de comentar ni en mi exposición ni en el coloquio en público.
Ligeras turbulencias. Salta una señal sonora. Se ilumina un piloto anaranjado con el icono de un cinturón de seguridad a medio abrochar.
Reclino el respaldo del asiento para echar una cabezadita durante el vuelo. Cierro los ojos.
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Reflexiono sobre lo no dicho, sobre los residuos indelebles que deja un lápiz sobre el papel de una vida en forma de versos atormentados.
Cada cual posee sus mecanismos de defensa para enterrar los remordimientos o curar las heridas de su memoria. Muchos lo hacen con toneladas de cascotes, infamia, negativas, olvido forzado y los menos con una improbable, escurridiza y embustera palabrería, rimada o no rimada. Simples y vanas excusas.
Estoy seguro de que la poesía no es revelación, liberación, de que no hay redención en ella. En absoluto. Sobre todo en la mía. Y me temo que jamás sabré enfrentarme cara a cara con ese otro ser invisible que surca los cielos sentado junto a mí en el avión, que jamás seré del todo sincero con él ni con mi mujer ni con los jóvenes que dirigen el aula ni con la gente que me leyó un día y ayer me ovacionó.
Preso de mi destierro, de mi amargura, de mis alucinaciones, no me encuentro bien. Como versos malditos que no se dejan atrapar sobre un papel sin fecha, torturadas sombras revolotean a mi alrededor y me acompañan por los cielos.
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Antes de la partida, volví a aspirar profundamente para llenarme los pulmones de aire salobre, de algas húmedas y traérmelo conmigo a mi mar de granito. Igual no tengo otra oportunidad.
Y fueron los mismos jóvenes quienes me escoltaron hasta la terminal de salidas. Me abrazaron.
Yo me encendí en un sonrojo del que ellos fueron más que conscientes. Presiento que mi rubor en la terminal no venía de mi felicidad agradecida por los abrazos con los que me despidieron, de su cariño y reconocimiento, sino de cierta irritación embarazosa, de un desencanto que jamás lograré vencer, de una subterránea ansiedad a la que alguien no podría denominar de otra manera que no fuera sino con esa palabra tan distinta, según el que la emplee para su propio provecho y equilibrio: verdad.
Ellos se dieron media vuelta y partieron entusiasmados, no cabe duda. Su encuentro con un poeta conocido, mi estancia, la exposición, la conferencia, la lectura, el coloquio, fueron un éxito.
Y, de repente, a solas, me sobresalté.
Cuando traspasaba el control de seguridad, creí que la alarma del arco y de la cinta transportadora con su máquina de rayos y su pantalla fisgona se activaban con una luz roja y un sonido ensordecedor, que me inmovilizaba gente uniformada de manos enfundadas en látex, que me registraban repetidamente de arriba abajo sin encontrar nada, que me hacían pasar de nuevo por el arco y por la cinta ante la mirada estupefacta de otros viajeros y una larga cola que no dejaba de aumentar, que me hacían desfilar una y otra vez de cuerpo y de equipaje por esas instalaciones y que el piloto rojo y la señal sonora redoblaban sin parar e iban en aumento y me quedaba varado en ese bucle de luces y sonidos para siempre, sin escapatoria, en el interior de esa área del aeropuerto como fronteriza con el Tártaro, con la policía asombrada de no encontrar la causa de semejante incidencia, pero sin la autorización que me permitiera el acceso definitivo al embarque.
Tuve miedo, el miedo del cobarde, por qué no decirlo. Fue un miedo al vacío que duró una décima de segundo y toda una vida, a mi edad, a mis años, un miedo comparable a nada, como no había sentido jamás.
Ya a bordo, salvado el temblor de mi cuerpo, la ofuscada desorientación imaginaria de un viejo, me serené dulcemente. Sólo acerté a esbozar una tardía y amarga sonrisa de alivio, más bien mueca, que la azafata que pasaba junto a mí interpretaría quizás como un cumplido, un agradecimiento por el café o un saludo considerado.
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No volveré más por aquí. Es innegable. Y ahora, lo lamento.
Por estas alturas, en mi sueño fingido, me pregunto por qué dejé ir a esos jóvenes, por qué no levanté un brazo. Por qué no los llamé a voces para que volvieran, como el que ha olvidado lo más importante. Por qué no les dije qué lápices eran los mejores, por ejemplo. Cómo me gustaban las planas de vocales sobre un cuaderno nuevo. Cuáles eran mis dos consonantes preferidas o un comentario superficial sobre el microclima de la bahía, que me hubiera permitido romper el hielo y enlazar luego con las oportunidades encontradas, aprovechadas o perdidas, justo antes de que se fueran para siempre.
Estoy seguro de que me habrían escuchado con atención e interés. Estoy seguro de que me habrían comprendido y arropado, incluso absuelto. Y como lo sé, antes de que se perdieran definitivamente por la cristalera automática, les habría contado cosas. Les habría narrado en una limpia confesión, a ellos nada más, aun a riesgo de perder el vuelo de regreso, cosas deplorables, cosas que, a pesar de su erudición, lucidez y agudeza literaria ni siquiera imaginan.

