La Calumnia

Cuando don Quijote y Sancho se reencuentran al comienzo de la segunda parte del Quijote, lo primero que hace el caballero es preguntarle qué se dice de él. Sancho lo pone al día y le cuenta que “unos dicen loco, pero gracioso; otros, valiente, pero desgraciado; otros, cortés, pero impertinente; y por aquí van discurriendo en tantas cosas, que ni a vuesa merced ni a mí nos dejan hueso sano”, a lo que don Alonso responde que “donde quiera que está la virtud en eminente grado es perseguida; pocos o ninguno de los famosos varones que pasaron dejó de ser calumniado de la malicia”. Al pensar lo que se dijo de Julio César (ambicioso y sucio), Alejandro Magno (borracho), Hércules (lascivo y muelle), el caballero don Galaor (rijoso), y su hermano Amadís de Gaula (llorón), “bien pueden pasar las mías, como no sean más de las que has dicho”, dice don Quijote. Causa cierto candor ver  el tipo de infamias que cuestionaban entonces la fama de las personas. Si el héroe cervantino tuviera ocasión de escuchar hoy a políticos y tertulianos, o de asomarse a las redes sociales, a buen seguro que palidecería de cólera ante tantos bellacos y malandrines que manchan el buen nombre de las personas con adjetivos de grueso calibre, con bastante impunidad y sin reparar el daño que a veces causan, o quizá sí y por eso lo hacen. 

Ilustración del Quijote. Gustavo Doré.

Fue el filósofo inglés Francis Bacon quien escribió en su obra De dignitate et augmentis scentiarum (1605): “Calumniad con osadía, siempre quedará alguna cosa”, una frase inspirada a su vez en un antiguo proverbio romano y que ha dado pie al refrán “calumnia, que algo queda”. Y es que el daño que causa la calumnia puede ser demoledor, irreparable, por lo difícil o imposible que le resulta la mayoría de las veces al calumniado, aún demostrada su inocencia, restaurar su buena reputación.

Una de las piezas más populares de El Barbero de Sevilla es conocida precisamente como el aria de la calumnia. Rossini reconstruye magistralmente con la música el implacable y eficaz mecanismo de destrucción de la calumnia que describe Beaumarchais en la obra teatral que inspira la ópera. El aria comienza con una música ligera, suave, casi susurrante, dejándose llevar de la tenue brisa de la que habla el texto y que sirve para propagar la calumnia, “piano piano, terra terra, / sotto voce, sibilando” dice la letra de Sterbini; a medida que avanza, se hace más vibrante e intensa, como el clamor que la extiende, “e ti fa d’orror gelar”; continúa la música in crescendo y estalla al fin como un cañonazo que provoca “un tremuoto, un temporale, / [un tumulto generale] / che fa l’aria rimbombar”. Las abundantes erres de este último pasaje, arrastradas convenientemente por la voz baja y profunda del bajo subrayan el efecto buscado de fuerza e insidia que pretende ilustrar el compositor. Después de aquello, no hay salvación posible, y al calumniado, “avvilito, calpestato” (humillado y aplastado), lo mejor que puede ocurrirle es la muerte.

‘La Calumnia’ de Sandro Botticelli.

Pero la Calumnia no actúa sola. Si el aria de Rossini le pone música, Botticelli le pone rostro y nombre, a ella y al resto de los actores sin los cuales no sería posible, colaboradores necesarios podría decirse. El cuadro puede verse en la Galería de los Uffizi, en Florencia, y se le conoce como La Calumnia o La Calumnia de Apeles. Apeles fue un famoso pintor de la Antigüedad clásica de quien Luciano de Samosata (s. II dC) narró una conocida anécdota de cuya veracidad dudan hoy los historiadores. Según cuenta, el pintor se encontraba en la corte egipcia del rey Ptolomeo Filadelfo cuando, empujado por los celos, el también pintor Antifilo le acusó de participar en una conjura contra el rey, quien lleno de cólera estuvo a punto de ejecutar a Apeles, que finalmente se salvó por la declaración de uno de los conjurados. Ptolomeo, arrepentido, compensó a Apeles con una cantidad de dinero y a su calumniador lo vendió como esclavo. De aquel episodio dejaría Apeles un famoso cuadro que se perdió, y cuya descripción sirvió a Botticelli como inspiración para el suyo.

Botticelli sitúa la escena en un elegante palacio de arquitectura clásica. Un mar tranquilo y un cielo intensamente azul, limpio y despejado, asoman tras las arcadas, recorridas por relieves y esculturas en las que se mezclan escenas de la antigüedad clásica con personajes del Antiguo Testamento. La serenidad del entorno y del paisaje se muestran ajenos por completo a la tragedia que se desarrolla en el interior, un contraste que busca un efecto dramático. En primer plano contamos hasta diez personajes alegóricos cuya identificación es interpretada de diferentes maneras, y que siguiendo el sentido narrativo que suele presidir la pintura del Quattrocento, hay que leer en este caso de derecha a izquierda.

Sentado en su trono vemos al rey Midas, un mal juez con enormes orejas de asno, conforme al castigo impuesto por Apolo por su actuación en el juicio de Marsias. A su lado la Ignorancia y la Sospecha actúan como falsas consejeras envenenando sus oídos de susurros y murmuraciones. El rey extiende su mano hacia el Odio –hay quien ve en él al Engaño, a la Envidia o a la Ira—, un hombre vestido de oscuro, aspecto siniestro y mirada penetrante, que conduce de su mano tras de sí a la Calumnia. Botticelli la presenta como una hermosa joven que lleva una antorcha en una de sus manos, probablemente para decirnos que la calumnia se extiende como el fuego; con la otra mano arrastra por el suelo, asido por los cabellos, a un infausto joven, la víctima aterrada que con sus manos unidas hacia el cielo invoca el socorro divino.

Detalle de ‘La Calumnia’.

La Calumnia recibe la ayuda de la Insidia y la Envidia, que se prestan solícitas a  arreglar sus cabellos con flores y cintas para presentarla más atractiva aún si cabe. Vemos en ellas la belleza propia de las figuras femeninas de Botticelli, cuerpos estilizados de piel muy clara, largos y ondulados cabellos rubios, rostros ovalados delicadamente perfilados, miradas lejanas y ausentes; mujeres que se antojan inaccesibles e inalcanzables para el común de los mortales.

Detrás de este grupo, vestida de bruja viene la Penitencia y, finalmente, tras ella, la Verdad, cuya naturaleza sencilla y pura no admite tapujos ni adornos de ninguna clase, de ahí que se la represente desnuda. Su abandono es revelador, nadie salvo la Penitencia repara en ella, a nadie le importa, ausente de todo cuanto acontece en el juicio.

Se piensa que Botticelli pintó la pintura hacia 1495, durante las predicaciones de Savonarola en Florencia, para defenderle de los ataques de que era víctima por el papa Alejandro VI, los Médicis y el resto de sus enemigos, y que para los defensores del monje no eran más que calumnias. Botticelli fue uno de aquellos llorones, como se conocía a los enfervorecidos seguidores del fanático dominico, al punto de estar totalmente “obsesionado con la secta —escribe Vasari—, dedicándose continuamente a hacer el lloraduelos, abandonando su trabajo, envejeciendo y olvidando”, hasta terminar, viejo y desvalido, arrastrándose enfermo con dos muletas y en la más absoluta miseria.

‘Retrato de Savonarola’. Fra Bartolomeo.

Savonarola incendió Florencia, primero con la palabra, atacando en sus sermones el lujo de los ricos y poderosos, empezando por los Médicis, a quienes acusaba de haber acumulado sus riquezas de forma ilícita; denunciaba la corrupción de la Iglesia; atacaba también las formas deshonestas al vestir de las mujeres, invitaba a los hijos a denunciar a sus padres pecadores, denunciaba a los homosexuales y a las adúlteras, y profetizaba todo tipo de calamidades y la destrucción de la ciudad como consecuencia de estos pecados. Cuando los Médicis fueron expulsados de Florencia en 1494 se hizo con el poder de la República y en su fanatismo religioso llegó a proclamar a Cristo como rey de la ciudad. Es entonces cuando Florencia literalmente arde en la llamada hoguera de las vanidades, a cuyo fuego ordena arrojar todo tipo de objetos que alejaban al hombre de una vida sencilla: joyas, perfumes, instrumentos musicales, libros de poesías profanas como las de Petrarca, historias libertinas como las que narraba Bocaccio,  e innumerables obras de arte del Renacimiento cuyos desnudos eran considerados como lascivos. La locura que se apoderó de Florencia duró hasta que las tropas del papa Alejandro VI ocuparon la ciudad en 1498, detuvieron a Savonarola, le juzgaron, le excomulgaron y le condenaron a morir en la hoguera acusado de herejía.

Savonarola fue capaz de arrastrar tras de sí a aquel pintor que había gozado siempre de la protección de Lorenzo el Magnífico, en cuyo taller dice Vasari que había siempre mucha diversión y entretenimiento y “donde continuamente tenía muchos jóvenes aprendices, que solían hacerse mutuamente muchos retos y bromas”. Aquel que había deleitado a la sociedad florentina con sus diosas paganas desnudas terminó entregando a la hoguera él mismo, arrepentido, muchas de sus obras. Su pintura cambió radicalmente a raíz de aquellos sucesos, en un giro hacia lo místico, lo trágico y lo dramático.

Gonzalo Durán

Autor/a: Gonzalo Durán

Gonzalo Durán es profesor. Desde hace varios años se dedica a la divulgación del arte a través del blog 'Línea Serpentinata' y colaboraciones en diferentes medios de comunicación.

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2 Comentarios

  1. Gonzalo Durán

    Muchas gracias.

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  2. María Jesús Ruiz

    Emocionante, magistral, como para, después de leerlo, convertirse eternamente en llorona. Gracias

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