El alma flamenca de Bécquer

El anhelo de una Edad de Oro perdida surge en la literatura de trecho en trecho; sucede en momentos en los que la melancolía se apodera de la sociedad, que cree vivir un instante crítico —y único— de cambios irreversibles: la extinción de un mundo más o menos humanizado y el surgimiento de otro cruel, corrupto y sanguinario. Lloró Ovidio en el siglo I la pérdida de la Edad de Oro, lamentó Don Quijote otro tanto en el XVII y volvieron a hacerlo los románticos del XIX. Uno de estos, Gustavo Adolfo Bécquer, ubicó el sueño áureo en las afueras de Sevilla (“en mitad del camino que se dirige al convento de San Jerónimo desde la puerta de la Macarena”) y le otorgó ritmos populares: canciones de columpio y coplas flamencas.

Detalle del ‘Retrato de Gustavo Adolfo Bécquer’ de Valeriano Domínguez Bécquer.

La leyenda becqueriana más costumbrista, la menos onírica, La venta de los gatos (1862), es el texto que más fielmente recoge la utopía romántica de un mundo sostenido por la armonía entre los hombres y la naturaleza. Las dos partes del relato cuentan, respectivamente, el amor inocente e idílico entre la niña Amparo y el hijo del ventero y la posterior separación trágica de los amantes. El primer momento tiene lugar en unos tiempos luminosos en los que en la Venta de los gatos reinaba la alegría, el bullicio y la convivencia pacífica (“… una turba de muchachas, con su pañuelo de espumilla de mil colores, y toda una maceta de claveles en el pelo, que tocan la pandereta y chillan y ríen y hablan a voces, en tanto que impulsan como locas el columpio colgado entre dos árboles…”); la segunda, años después, retrata la desolación atroz que se ha adueñado del mismo lugar tras las construcción de un cementerio en sus cercanías.

Al escribir La venta de los gatos, Bécquer se sumaba a las muchas recreaciones artísticas que en la España del siglo XIX se hicieron de la exitosa novela francesa Pablo y Virginia (1788).  Bernardin de Saint-Pierre, su autor, situaba el amor perfecto de sus protagonistas en Isla Mauricio, y retrataba allí no solo un paraíso natural, sino también un paraíso social, una propuesta de convivencia entre iguales, una sociedad justa y equilibrada, sin esclavos ni dueños, explícitamente basada en la filosofía de Rousseau, en la defensa del buen salvaje. Una propuesta de felicidad que —igual que recrea Bécquer en su leyenda— desemboca en el fracaso al verse interferida por la civilización, por la corrupción moral de la sociedad no ilustrada y su falsa idea de progreso.

La venta de los gatos a principios del siglo XX.

Al españolizar el relato de Saint-Pierre, Bécquer opta por renunciar al exotismo de la lejanía insular y convoca al campo sevillano y a la copla flamenca como fundamentos del paraíso. La soleá y la seguiriya que el poeta inserta, respectivamente, en la primera y en la segunda parte de La venta de los gatos testimonian —a juicio del profesor Reyes Cano— una familiaridad de Bécquer con el flamenco que tendría sus orígenes en experiencias de su infancia y adolescencia y que iría madurando, ya en la edad adulta, con su interés por la poesía popular y su apego intelectual al incipiente folklorismo de la segunda mitad del siglo XIX. Habría, así, que leer las Rimas y otras creaciones del autor —según este punto de vista— como los inicios imprescindibles del neopopularismo que cuajará en la obra de Machado, Alberti o Lorca.

Las coplas incluidas en la leyenda —vigentes hoy en el repertorio flamenco— concentran los significados de cada momento del relato. La soleá inicial (cantada por el hijo del ventero) sintetiza la divinización de la amada (Amparo) y el amor rendido expresado por el amante: “Compañerito del alma, / mira qué bonita era, / se parecía a la Virgen / de Consolación de Utrera”. La seguiriya aparece en el desolador momento final, informa de la muerte de la amada y la vez comunica el luto del que se ha vestido lo que fue un paisaje luminoso: “El carrito de los muertos / pasó por aquí, / como llevaba la manita fuera / yo la conocí”.

La transformación del sueño exótico de Saint-Pierre en el sueño cercano —conocido, reconocible— de Bécquer a través de la copla flamenca permite la entrada del mito de Pablo y Virginia en la órbita de lo popular, camino que sigue en ulteriores recreaciones. En 1943 se estrenará la zarzuela La venta de los gatos, con música de José Serrano y libreto de los Álvarez Quintero; por los mismos años y con el mismo título, Gracia de Triana graba un pasodoble firmado por Juan Mostazo que alcanzará un enorme éxito. Son, ya, los años cuarenta del siglo XX, los de nuestra hambrienta postguerra, y en estos epígonos apenas si queda rastro de ese sueño social de Rousseau, de Saint-Pierre y de Bécquer. El pasodoble y la zarzuela pasearían por las radios amarillentas del franquismo con el mismo pesar que el poeta sevillano volvió a la desvencijada Venta de los gatos: “Por el camino que pasan los muertos, hasta los árboles y las hierbas toman al cabo un color diferente.  Por lo menos allí se me antojó que faltaban tonos calurosos y románticos, frescura en la arboleda, ambiente en el espacio y luz en el terreno.  El paisaje era monótono, las figuras negras y aisladas”.

Imagen de portada: ‘Baile en una venta’ de Rafael Benjumea (1850).  Museo Carmen Thyssen (Málaga).
María Jesús Ruiz

Autor/a: María Jesús Ruiz

María Jesús Ruiz es doctora en Filología Hispánica y profesora de la Universidad de Cádiz desde 1987. Ha dedicado su docencia e investigación a la narrativa del Siglo de Oro, la literatura española del exilio de 1939 y fundamentalmente a la tradición oral, el folklore, la cultura popular y el patrimonio etnográfico. Sobre estos temas tiene publicados una docena de libros y más de un centenar de artículos.

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