La constancia de la veleta

Con el tiempo, suponemos, del gran escritor que fue José Bergamín (1895-1983) sólo recordaremos eso: que fue un gran escritor; y sin duda tenderemos a olvidar o disculpar, e incluso a entender, el hecho de que fuera también un acabado ejemplo de las sinuosidades de quienes tuvieron que ejercer su tarea intelectual en medio del pavoroso escenario histórico que fue la mayor parte del siglo XX. De ellos, de los intelectuales de ese tiempo –que se extiende hasta el nuestro, para qué negarlo–, puede decirse mucho, y no todo bueno: que proporcionaron coartadas a los totalitarismos rampantes; que frecuentemente traicionaron a sus pueblos y a su clase; que navegaron con admirable cinismo entre las más destructivas propuestas nihilistas y los más llamativos repliegues acomodaticios.

CV_06_portada_El duende malpensante_v3De esto último al menos podemos exonerar a Bergamín: murió pobre e incomprendido, arropado por una minoría radical a cuyos brazos lo arrojó ese mismo sentimiento de incomprensión y despecho que abrigó en sus últimos años; que fueron, paradójicamente, los que dieron lugar a lo mejor de su labor literaria: su excelsa obra poética, escrita casi íntegramente en su vejez.

Esa fue su última paradoja, el último desdoblamiento de un personaje cuya esencia residió siempre en la contradicción. No falta lo contradictorio, en efecto, ni en su vida ni en su obra: católico y comunista, sutil filósofo y agitador periodístico, renovador y casticista, profundamente imbuido de lo último del pensamiento europeo y, a la vez, tan español como el hoy discutido arte de la tauromaquia, al que dedicó páginas tan hondas y sentidas como las que escribió sobre música, teatro, religión o filosofía. Paradójicamente, el hombre que propició que en su revista Cruz y raya convivieran escritores de todas las ideologías fue también quien, desde la columna periodística anónima que se tituló “¡A paseo!”, y que se publicó durante la guerra civil en el periódico El Mono Azul, instigó a quienes “paseaban” o asesinaban a civiles indefensos en la retaguardia republicana. A todo esto se refirió en su día Andrés Trapiello en las esclarecedoras páginas de su monografía Las armas y las letras y no parece que nadie haya venido a enmendarle la plana.

Que un escritor que pareció vivir en el filo de la contradicción permanente fuera, a su vez, un maestro del aforismo, no resulta del todo inapropiado. En el mundo de pensamiento a ráfagas que supone la práctica y vivencia de este género, la contradicción es el elemento fundamental: el aforista frecuentemente no hace otra cosa que tomar partido contra el mundo circundante: acotar, por así decirlo, su disidencia. “La constancia de la veleta es cambiar”, dice uno de los aforismos que recoge El duende malpensante, la compilación que acaba de publicar la editorial granadina Cuadernos del Vigía. En eso sin duda fue constante: “No es bueno ser bandera, pero ser abanderado es peor”, dejó dicho quien no quiso ser abanderado más que de sí mismo y puso su inteligencia al servicio de su espíritu tornadizo. “Si España es una, ¿dónde está la otra?”, remachó ya en sus últimos años, desde la trinchera vasca donde creyó encontrar acomodo a un espíritu poco dispuesto a transigir con los calculados olvidos y omisiones en que consistió la Transición española a la democracia. “Un resistente es todo lo contrario de un terrorista”, dijo también, en un contexto donde no faltaban aspirantes a justificar sus crímenes desde esa óptica redentorista.

Los ejemplos citados, no obstante, no deben llamar a engaño: su brevedad facilita la cita; por lo mismo que la excesiva longitud –a veces, hasta página y media– de otros recogidos en la misma compilación convierte en discutible su propia condición de aforismos; a no ser que recurramos, claro está, a la noción de “aforismo extendido”, defendida por el profesor Gonzalo Penalva, responsable de esta edición. Aforismos o no, de lo que no cabe duda es de que esa especie de torbellino ideológico que fue Bergamín encontró en la brevedad –aunque sea la del ensayo en esbozo– su mejor modo de expresión. El libro que comentamos, que recoge textos que en su mayor parte el autor no había compilado en los libros de aforismos que publicó en vida, ofrece una buena muestra. Por no faltar, no falta en ellos ni siquiera el humor: “Un siglo para las rubias –escribía Pascal– y otro siglo para las morenas. ¿Y otro siglo para las castañas, por qué no? Porque las castañas son las más difíciles de sacar del fuego”. La España deportiva que se permitía estas fintas de humor de vanguardia duró poco. El autor, desde luego, aprendió mucho de esa fugacidad: “La voz del agua en su huida / parece que va diciendo: / vivir es perder la vida. / Y el alma muda en su sueño / también parece decirnos: / vivir es perder el tiempo”. Publicadas en 1976, estas coplas indicaban ya a dónde quería ir a refugiarse el asendereado espíritu de Bergamín. Lo otro, la gesticulante sombra de su dueño, quiso otro destino.

Autor

  • José Manuel Benítez Ariza

    José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) vive escribiendo y escribe sobre la vida: un poco cada día, un poco de todo, en una profusión hecha de muchas brevedades. Narrador, poeta, traductor y articulista, el hilo conductor de esta aparente dispersión de fuerzas es su "diario abierto" Columna de humo, en el que trata de explicarse.

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