Francisco Giner de los Ríos murió en 1915. No pudo ser testigo, pues, del efímero intento de regeneración educativa de la II República inspirado en sus ideas, ni mucho menos sospechar que hasta setenta años después de su muerte en España no podría volverse a hablar de krausismo, una perversidad pedagógica así bautizada por la derecha del siglo XIX.
El silencio impuesto por el tiempo, por la Guerra Civil y por la dictadura de Franco hace, sin embargo, más actual que nunca el nombre de Giner de los Ríos, precisamente por encarnar la España que no pudo ser, la que quedó arrasada entre las cenizas de las bibliotecas populares en la primavera de 1939, ahogada en el Atlántico que el exilio americano dejó atrás, marchita entre las flores de una tumba del cementerio de Collioure.
Francisco Giner de los Ríos había nacido en 1839 y en 1876, junto con otros profesores, había fundado la Institución Libre de Enseñanza, a lo que siguió la creación de diversos centros escolares, todos orientados al propósito principal de regenerar la sociedad española (postrada en la miseria rural, el clasismo y el analfabetismo) a través de la cultura y el arte. Los principios krausistas que alentaron la ILE se congregaban en torno a un ideario esencial, a saber: laicismo, coeducación y aprendizaje en libertad. Desde el primer momento, el krausismo inquietó enormemente a los pilares de nuestro tridentino país: la Iglesia, la Aristocracia y el Ejército, que veían amenazada su hegemonía por un sistema educativo que centraba sus esfuerzos en promover individuos racionales, libres, pacíficos, igualitarios y creadores. En el magisterio español, además, prendió muy pronto –y con fuerza- la mecha krausista, de manera que la escuela nacional, en los umbrales del siglo XX, estaba plagada de maestros que alentaban el pensamiento crítico de sus alumnos, su contacto con la naturaleza, su felicidad a través de la cultura y su derecho a la duda. Maestros que empezaban a sustituir en liderazgo moral a los curas y que repartían libros en vez de hostias. Alguien pensó que había que acabar con ellos.
El ideario de Giner de los Ríos se hizo verbo y habitó la escuela española mucho después de su muerte, en 1931, cuando el Ministerio de Instrucción Pública de la II República crea el Patronato de las Misiones Pedagógicas y emprende decididamente la tarea de llevar hasta el último rincón del país la cultura y el arte a través del teatro, la música, el cine, la pintura y los libros. Las Misiones Pedagógicas -alentadas entonces por Manuel Bartolomé Cossío e impulsadas por un ministro excepcional, Fernando de los Rios- llegaron a crear más de dos mil bibliotecas populares y su Teatro del Pueblo alcanzó cientos de representaciones. Los misioneros eran, en su mayoría, estudiantes universitarios, guiados y amparados en su labor por personas como Antonio Machado, Luis Cernuda, Federico García Lorca, Rafael Dieste o Alejandro Casona.
A la creación de Casona se debe Nuestra Natacha, una pieza teatral estrenada en Madrid en febrero de 1936 y a finales de ese mismo año restrenada en Valencia, en lengua valenciana, una vez desalojado el Gobierno de la República de la capital. Natacha, su protagonista, es doctora en ciencias educativas y acepta dirigir el Reformatorio de las damas azules, una institución en la que debe enfrentarse al autoritarismo represor de la Señorita Crespo y, sobre todo, al poder de la Marquesa, principal “benefactora” del establecimiento. Natacha es un compendio de las mujeres que –para Casona- encarnaban entonces “la nueva clase estudiantil…, compañeras en igualdad de condiciones con el hombre”. En sus intentos de redimir a las alumnas oprimidas del Reformatorio, Natacha despliega el ideario krausista –ya casi asfixiado, a esas alturas, por los acontecimientos políticos-, defiende la coeducación (“Un centro educativo no debe organizarse de modo distinto a como está organizada la vida”) y sobre todo condena el castigo como herramienta pedagógica (“Hoy la educación no admite más esclavos que los maestros. La letra con sangre entra… pero con sangre del maestro”). Finalmente, Natacha abandona el Reformatorio y funda con otros compañeros una granja de trabajo comunal: “Vaya a buscar a los pobres, a los enfermos, a los trabajadores que se nos mueren de tristeza en las eras de Castilla. Y repártase entre ellos generosamente. Lléveles esa alegría, enséñeles a reír, a cantar contra el viento y contra el sol”.
En 1939 los ideales de Natacha –el ideario de Giner de los Ríos- fueron silenciados, encarcelados o exterminados por las marquesas rebeldes, los militares temerosos y los curas furibundos. Procedieron todos ellos, estratégicamente, a un disciplinado memoricidio que, junto a los cadáveres, enterró en las cunetas a las canciones, al teatro, a las pinturas y a los libros. Fundaron todos ellos una nueva España, la España que no pudo ser. Puede que el exterminio se aliviara algo –muy poco- con el fin de la Dictadura, pero la felicidad es irrecuperable: “¿Puede alguien volver a los lugares luminosos?”, preguntaba desde el exilio José Otero Espasandín, un historiador krausista.


Comentario enviado por Susana Weich-Shahak, catedrática de musicología de la Univ. de Tel-Aviv (Israel).
Si, es importante regodearse en la memoria de un pasado hermoso, breve pero profundo. No se cuanto ha quedado de el, pero solo recordarlo , emociona. Como me emocionaron las pocas obras de teatro de Alejandro Casona que pude ver, alguna en Madrid y otras, hace mucho, en Buenos Aires (Los arboles mueren de pie, La sirena varada, La barca sin pescador…) y eso que no sabia que el mismo era parte de las misiones encargadas de llevar arte, cultura, musica y teatro a los confines de la entonces tierna Republica.
Gracias, por el goce de leer, de pensar en aquello, y de aprender .