Murió Vicente Aranda y muy pocos se han acordado de que, además de Amantes y otras películas coyunturales en las que explotó el atractivo erótico de las actrices del momento, dirigió una eficaz película que podría figurar sin desdoro en la tradición del mejor cine policíaco barcelonés, en la línea de El cerco de Miguel Iglesias o Atracadores de Francisco Rovira Beleta. Me refiero a Fanny Pelopaja, una de esas películas que nos hacen pensar, como los ya mencionados thrillers barceloneses que la precedieron, que el cine negro, con todos los débitos genéricos que se quiera, suele retratar la realidad mejor que las películas que practican el realismo plano o el afán oportunista de historiar una época.
Aquel 1984 fue, en efecto, un año violento, y la naturaleza política de aquella violenta dejaba poco lugar a su consideración artística. Bastaba que una película se metiera por esos vericuetos para que aparecieran en ella los mismos latiguillos ideológicos que tanto se prodigaban en la prensa de entonces. Y no había modo, al parecer, de ir más allá. O sí: películas como El cerco, de Miguel Iglesias, estrenada casi treinta años antes, daban a entender que la violencia urbana es siempre espejo de la que emana del poder. Lo que impresiona en esa olvidada película no es la lamentable trayectoria de unos delincuentes de poca monta, sino la magnitud del despliegue policial que acaba con ellos en una Barcelona destartalada y mísera que recuerda la que retratan las novelas de Juan Marsé. También Fanny Pelopaja, la película de Vicente Aranda, tiene algo de reflejo oblicuo de una sociedad violenta: Fanny, la protagonista, es un desecho urbano; y su amante, un policía corrupto y sin escrúpulos, procedía de esa misma España negra que otras películas más obvias y torpes del momento consideraban superada y vencida.
El momento álgido de la película es cuando Fanny, para vengarse de su antiguo amante, decide humillarlo en su condición de vigilante de un furgón blindado, que es el oficio al que ha venido a parar después de haber sido expulsado de la policía. Y ya se sabe que atracar un furgón blindado no es lo mismo que atracar un banco. El banco se alza en medio de la ciudad como depositario de ese bien abstracto por cuya posesión todos se afanan, y que algunos no dudan en tomar directamente del lugar donde se acopia, como hacen las moscas con la materia orgánica que se acumula en los vertederos. El furgón, en cambio, es itinerante y exige la estrategia y la determinación del cazador que está dispuesto a salir al paso de una presa también dispuesta a defenderse. La violencia del choque es previsible, como lo es también que, en nombre de una vieja convención del género, en el momento supremo el agresor triunfante tenga un rasgo de debilidad que eventualmente será causa de su perdición. Fanny se apiada del viejo policía caído en desgracia, como quizá la naciente España democrática no tuvo otra opción que mostrarse benevolente con sus antiguos verdugos. El resto ya se sabe. De esa violencia de fondo, omnipresente y casi imperceptible por lo reiterativa, queda hoy el testimonio que aportan las portadas de los periódicos. Oficialmente, el país remataba sin sobresaltos su Transición a la democracia. Y el cine, salvo contadas excepciones, aplaudía.



Muy bien. Deberíamos empezar a analizar así de seriamente nuestra transición. Gracias