Ajena a los dictados teológicos, a las ceremonias establecidas, a la ortodoxia impuesta y a las leyes sagradas, la religiosidad popular ha entendido siempre los milagros “de tejas para abajo”. Así lo vio ya Gonzalo de Berceo en Los milagros de Nuestra Señora, cuando hizo bajar del cielo a una Virgen arremangada y algo ordinaria para increpar a algún pecador disoluto. Así se evidencia en los exvotos, esas ofrendas que, como agradecimiento por el favor o el milagro concedido, cuelgan de retablos y paredes en ermitas, capillas y templos de todo el mundo hispánico.
Representación diminuta de un hecho grande y portentoso, el exvoto se presenta en tres modalidades fundamentales: objetos relacionados con la dolencia o el mal que se ha tenido (bastones, muletas, gafas, ortopedias o simples cintas de seda cuyo color simboliza el dolor extinto o el agradecimiento); objetos del propio cuerpo (trenzas de pelo, piezas dentales y hasta cálculos renales, además de gorros, zapatos y mortajas); pinturas, fotografía y textos, objetos narrativos que dan detalle de cómo ocurrió el milagro. Sea como fuere, el exvoto es la corporeización de una idea, de un sentimiento, de una pena o de una alegría, manifestando así la necesidad que tiene la cultura mediterránea de expresar mediante la carne lo que al espíritu emociona.

El exvoto expresa una comunicación coloquial con los seres sobrenaturales. En México –país en el que particularmente la devoción popular se expresa mediante el exvoto– se venera al Niño Dios de Tingambato, a quien la gente procura ofrendar con juguetes pues, por muy Dios que sea, no deja de ser niño. En Argentina las quince capillas dedicadas a La Difunta Correa acogen toneladas de exvotos que, por encima de curaciones particulares, expresan el asombro ante una mujer, Deolinda Correa, cuya tenacidad y valentía hicieron que la leche de su pecho le sobreviviera, salvando así a su hijo recién nacido de los rigores del desierto, allá por la mitad del siglo XIX.
Más cerca, en Alcalá de los Gazules, el Santuario de Nuestra Señora de los Santos alberga una de las colecciones de exvotos pintados más ricas y espectaculares de Europa. Acorde con la tipología general de estas pinturas, las tablas de Alcalá reproducen con frecuencia la convivencia de seres humanos y seres sobrehumanos en un mismo espacio, como si la conversación entre unos y otros fuera fácil y fluida. La mayoría son de los siglos XVIII y XIX y nos evocan un tiempo, si bien de superstición, también de confianza en la relación entre el hombre y la naturaleza, un tiempo naif si se quiere, pero asimismo un tiempo en el que la mezquindad era atribuida más a los demonios y menos al prójimo.
Los exvotos son patrimonio, testigos de nuestra memoria cultural, informantes de algunas de nuestras emociones y de no pocos de nuestros temores. Nos haría falta conocerlos para entendernos del todo. Alguna vez he ido a buscarlos a una ermita perdida o a una capilla en ruinas y el sacristán o el funcionario de la comunidad autónoma en cuestión me ha contado orgulloso que allí hubo exvotos, pero que los habían tirado a la basura porque solo eran nido de ratas y de suciedad… Cada exvoto –de cera o de metal, de madera o de tela, pintado o escrito- tuvo detrás un artesano y detrás del artesano hubo un milagro, o al menos hubo una esperanza.

