CriSSis

Ilustración de Manuel Martín Morgado.

Capítulo 47. Paparazzo.

Londres ya no era lo que un día quizá tampoco fue. Ni ese panorama lleno de humo y humedad de las películas de Sherlock Holmes y el Destripador (smog,  le decían), ni aquella otra ciudad victoriana de landós y criados de libreas y señoronas de meñique alzado y comunistas de barba cana que redactaban Das Kapital en las catacumbas del Museo Británico. Tampoco era aquel Swingin’ London donde en realidad a Jesús Parker le habría gustado vivir y que buscaba afanosamente igual que Indiana Jones podía buscar artefactos mágicos que llevarse en la mochila: el Londres de las minifaldas y los mods, de los coches de colores y los niños de flores, el de los manifestantes patilludos y las niñas de ojos como pétalos y piernas de palillo.

Londres ahora era otra cosa, una megalópolis como otra cualquiera donde lo nuevo se abría paso a codazos sobre lo antiguo. Una mezcla fea de casas cuadriculadas que crujían como cofres del tesoro y rascacielos de metacrilato y cromo que hacían irreconocible el paisaje desde las alturas. Frente a la serena postal del Big Ben y el Parlamento, detenidos en el tiempo como en un cuadro, aquel horror de la noria  high tech que era el London Eye, que parecía puesto allí para que, en las películas, los supervillanos de turno o los extraterrestres venidos de cualquiera sabía dónde lo hicieran rodar contra los ciudadanos y turistas después de largarles un bombazo o un rayo de color celeste.

Jesús Parker, que debía su mote, naturalmente, a aquel otro fotógrafo que lo llenó de curiosidad cuando leía tebeos en su adolescencia, el alter ego del Spiderman de sus tebeos en color, había venido a Londres en busca de la instantánea que reflejara el modo de vida distinto, la poesía de las calles, la mezcla de las razas y aquel reguero de música y protesta que Margaret Thatcher había ahogado hacía treinta años, los mismos sueños de libertad y progreso que ahora también estaban ahogando en España.

Trabajos de camarero, de au pair, de night porter. Más contactos con universitarios exiliados que con agencias que pudieran contratarlo como lo que siempre había soñado ser. De vez en cuando, una foto en algún concurso. De tarde en tarde, una instantánea curiosa que lograba colar en algún periódico. Los Premios Bafta, que siempre llamaban la atención de los suplementos culturales de los diarios españoles. Los partidos de fútbol de la Premiere en las grandes catedrales del deporte, sobre todo ahora que el mundo se dividía entre el Madrid y el Barça. Las parrafadas despectivas del insufrible Mourinho, la serenidad de caballero de Pellegrini. Algún que otro reportaje sobre las pelis de James Bond o la nueva starwarsmanía que devoraba el mundo le habían dejado por fin un huequecito en alguna revista de tirada cada vez más pequeña, pero por lo menos pagaba las facturas y le permitía seguir alimentando el sueño de ser fotógrafo. No un fotógrafo artístico, como aún esperaba ser algún día, sino reportero de sucesos. Los disturbios contra los terroristas islámicos en los barrios marginales habían llamado la atención de Blanca García, y gracias a eso publicaba reportajes gráficos en su revista cada dos o tres semanas.

Ilustración de Manuel Martín Morgado.
Ilustración de Manuel Martín Morgado.

Como ahora. Un pedido especial, como si dijéramos. Una llamada que lo pilló en el váter, lamentando haberse atiborrado de curry la noche anterior en el restaurante indio de la esquina. Una orden concreta. Por wassap, al día siguiente, el dato del vuelo y un par de fotos de la mujer en cuestión. Raquel Tirado, la expresentadora de televisión que había dejado el oficio hacía lo menos un cuarto de siglo, cuando pegó aquel braguetazo y se casó con quien luego resultó ser un sospechoso habitual de los escándalos de sobres y desfalcos, Trajano Roldán, al que habían asesinado hacía semanas en una acción terrorista que reivindicaba una gente  a la que no conocía nadie.

Lo curioso era que en esas pocas semanas Raquel Tirado viajaba por tercera vez a Londres. La desconsolada viuda parecía ahogar sus penas con las rebajas de Harrod’s. O, como sospechaba Blanca García y quería que Parker comprobara, lo mismo desde algún banco de la City manejaba cuentas negras y desviaba dineros a paraísos fiscales.

Un coche de lujo esperaba a Raquel Tirado en Heathrow. Cristales tintados, chófer paquistaní de aspecto acicalado, sin turbante por si las moscas. Desde su motocicleta (a Parker le habría gustado tener un Mini, pero los modernos no le convencían y los vintage estaban fuera de su alcance, y a fin de cuentas la moto le permitía moverse mejor entre las calles), Parker tuvo tiempo de hacer un par de fotos antes de arrancar la motocicleta y seguirlos por un dédalo de autovías. Por un momento, temió que la bella exbella fuera a salir de Londres, pero no. El coche de lujo serpenteó entre las calles colindantes a Hyde Park y, en efecto, se detuvo en un hotel impresionante cercano a aquel monumento al kitsch en que se había convertido ya (si no lo había sido siempre) el mítico Harrod´s.

La mujer bajó del coche, mientras el conductor paquistaní se encargaba de entregar su escaso equipaje a un conserje del hotel que más parecía un almirante. Parker se apostó en la calle. Ahora llegaba la espera. Horas bajo el frío del mes de enero, soportando el feo olor de comida cocinada sin aceite de oliva que de vez en cuando asalta las calles de toda Inglaterra. La mujer no salió en toda la tarde.

Medio dormido y sediento, Parker estaba a punto de suspender la guardia para acercarse a la deli veinticuatro horas y comprarse un sándwich (al que tendría que quitar el pepino; la maldita manía de los ingleses con el cucumber) y una cocacola, cuando la bella salió del hotel.

Parker preparó la cámara. El dedo estuvo a punto de atascarse antes de pulsar.

Un hombre acompañaba a la viuda. Un hombre con bigote, gafas oscuras y una cabellera tan mal ajustada que sólo podía tratarse de una peluca.

Parker era lo bastante buen fisonomista para no olvidar una cara. Ni los detalles de esa cara.

Pese al bigote, pese a las gafas oscuras y la peluca mal ajustada, Parker reconoció al hombre.

Era Trajano Roldán, el esposo de la viuda. El asesinado.

O estaba viendo a un fantasma o aquí había algo más complicado que un simple asunto de mover dinero negro o evadir impuestos.

Los muertos no usan peluca.

Autor

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *