El humanismo necesario de Masaki Kobayachi

En el centenario del nacimiento de Masaki Kobayashi (1916-1996), parece más oportuno que nunca su alegato sobre qué sucede cuando se quebranta el principio de mutua lealtad que debe existir entre dirigentes y subordinados, según se desarrolla en Harakiri (Seppuku, 1962), una tremenda película sobre la venganza que un samurái decide tomar cuando descubre que su sobrino ha sido víctima de un abuso de poder resultante en un crudelísimo seppuku ordenado por el señor feudal de turno. Ya el crítico Roger Ebert señaló en su día, al hilo de esta película, la semejanza entre la situación de los samuráis en el Japón pacificado del periodo Tokugawa y la de los modernos empleados que han quedado sin trabajo en la actualidad debido a las reducciones de plantilla de las grandes corporaciones. En ambos casos, el problema es el mismo: quienes ofrecían una lealtad sin límites a sus señores se vieron obligados a confrontar la triste realidad de que esa lealtad no era correspondida. Y los efectos de esa quiebra de confianza –lo estamos viendo– son imprevisibles.

No es Kobayashi, desde luego, el típico director de películas de samuráis y de otros aspectos de la cultura tradicional japonesa que muchos quieren ver en él, por más que El más allá (Kwaidan, 1965), su bellísima película sobre relatos folklóricos de asunto sobrenatural, pasa por ser el paradigma de todo aquello que distingue la cinematografía japonesa de la occidental: una proverbial lentitud narrativa, acompasada a un  acompañamiento de música tradicional y a unas interpretaciones más inspiradas en la gesticulación del teatro nô que en el naturalismo al que aspiran los actores occidentales; situado todo ello, por supuesto, en unas escenografías también claramente pictóricas y teatrales, cuya delicada belleza es convenientemente recogida por una cuidada fotografía. Pero lo verdaderamente perturbador de Kwaidan, así como de las mencionadas películas de samuráis, es cómo el director utiliza lo tradicional para ponerlo en cuestión, para describir lo opresivo de un modo de vida que prescinde de la individualidad y regula hasta los aspectos más nimios de la existencia, dejando escaso campo de acción a la conciencia individual; que no ha de entenderse como el individualismo occidental, sino como la manifestación más elevada de la conciencia moral a cuyo cultivo se aplica el budismo.

Una escena de 'El más allá (Kwaidan)'.
Una escena de ‘El más allá (Kwaidan)’.

Por eso en La condición humana (1959-1961), la película más ambiciosa de Kobayashi –y la más extensa y compleja: nueve horas repartidas en tres partes–, el héroe, Kaji, recibe en alguna ocasión las burlas de sus compañeros, que lo tildan alternativamente de “rojo” –lo es: en más de una ocasión mostrará sus simpatías hacia el socialismo– y de “monje”. Algo de esto último hay también en él: abstenerse de tener relaciones sexuales con las mujeres que en ocasiones se le ofrecen es una de sus normas de conducta; aunque este rasgo de rigor moral ha de entenderse como una manifestación más del exigente código de conducta que se aplica quien, como él, aspira nada menos que a atravesar las vicisitudes de la guerra sin comprometer su humanidad. Para ello intenta, primero, soslayar el servicio militar, lo que lo lleva a aceptar, a cambio de la exención, un duro puesto como supervisor de minas en la ocupada Manchuria, donde intentará con escaso éxito suavizar las duras condiciones de vida de los trabajadores, muchos de ellos prisioneros de guerra. Sus jefes, lógicamente, optan por desembarazarse de él y retirarle el privilegio de exención, lo que lo lleva al ejército y a una lejana guarnición fronteriza, también en Manchuria, donde se opondrá al durísimo trato que reciben los reclutas y, sobre todo, a la vigencia entre la propia tropa, y especialmente entre los veteranos, de todo tipo de prácticas crueles derivadas de la manera tradicional de entender el honor entre militares. A pesar de eso, el soldado Kaji demostrará gran valor en el combate y, sobre todo, una vez sobrevenida la derrota a manos de las tropas soviéticas que invaden Manchuria en los últimos días de la guerra, en el modo de conducir a sus compañeros en una agónica retirada hacia el sur. A lo largo de todas estas vicisitudes, Kobayashi –que fue también soldado en Manchuria y encauzó su pacifismo negándose a aceptar ascensos– no ahorrará al espectador ninguno de los horrores de la guerra, pero tampoco querrá ocultarle algunos pocos, decisivos, instantes de elevación humana, fugaces destellos de felicidad o belleza entrevistos en medio del horror. De alguna manera, en Kaji las virtudes viriles del bushido o código de honor samurái se han mutado en pura voluntad de resistir. Hay también, al fondo, una remota ilusión de que la sociedad podría dotarse alguna vez de modos más civilizados y justos de organizarse; pero el contacto con los representantes del “socialismo real”, los invasores soviéticos, desengañarán al protagonista de la efectividad de las meras ideas para mejorar la existencia humana. Tampoco le merece ningún crédito, por cierto, la posibilidad de una conversión del Japón a la democracia: ¿Quiénes serán esos demócratas sobrevenidos?, se pregunta. ¿Los conversos del brutal militarismo recién derrotado?

Tatsuya Nakadai, en 'La condición humana'.
Tatsuya Nakadai, en ‘La condición humana’.

La condición humana es, además, una película formalmente muy distinta de las otras que hemos citado. La narración, sin ser rápida, avanza a buen ritmo. La música de fondo es sinfónica y dramática, al estilo occidental, sin resabio alguno de las sonoridades tradicionales. Y la cámara es siempre dinámica y expresiva, logrando el raro milagro de situar al espectador dentro de la acción y, a la vez, mirar a los personajes desde una distancia que permita comprenderlos. Y es, por supuesto, una de las mejores y más ambiciosas películas sobre las consecuencias de la guerra que se han hecho nunca, participando de muchos detalles y situaciones de filmes tan señalados como El puente sobre el río Kwai (1956) de David Lean –la figura, en la película de Kobayashi, del oficial japonés prisionero que colabora con sus captores rusos y empeña su honor en cumplir los objetivos que éstos le marcan recuerda la del coronel Nicholson en la de Lean– o De aquí a la eternidad de Fred Zinnemann (1953) –en los tratamientos de figuras tan características como el suboficial concienciado que quiere distanciarse de la moral de los oficiales, el recluta cruelmente maltratado o el sádico que encuentra en el ejército absoluta impunidad para dar rienda suelta a sus impulsos-; a la vez que se anticipa a otras como La lista de Schindler (1993) de Stephen Spielberg, en su tratamiento del sentimiento humanitario por encima de adscripciones nacionales, o el díptico de Clint Eastwood sobre la batalla de Iwo Jima: Banderas de nuestros padres y Cartas desde Iwo Jima (2006), donde también se pretende representar la gama de sentimientos y dilemas morales que pueden coexistir en el soldado en combate.

Como todos ellos, Kobayashi pertenece al escaso grupo de cineastas que aúnan excelencia artística y humanismo esencial. No hay que dejar de verlos.

Autor

  • José Manuel Benítez Ariza

    José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) vive escribiendo y escribe sobre la vida: un poco cada día, un poco de todo, en una profusión hecha de muchas brevedades. Narrador, poeta, traductor y articulista, el hilo conductor de esta aparente dispersión de fuerzas es su "diario abierto" Columna de humo, en el que trata de explicarse.

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