En la autopista que va de Toulouse a Montpellier hay carteles que invitan a la evocación. Empiezan a aparecer a pocos kilómetros de Sète, ya en la Costa Azul, son grandes y azules, no señalan kilómetros ni áreas de descanso ni cambios de dirección. Sólo dicen «Evocación de Brassens», deteniendo así la sensación de velocidad y sugiriendo la entrada en un espacio ajeno al tiempo y a la linealidad de la vida que siempre imprime la carretera. Establecen un no aquí y un no ahora que permite la cabal comprensión -después de tantos años- de aquellos Autonautas de la cosmopista de Julio Cortázar y Carol Dunlop.

Por extravagante que eso parezca a un español, a quien se evoca desde el asfalto es a un poeta y cantor, George Brassens, a quien su ciudad natal, Sète, mantiene como referencia cultural y anímica. «En mi pueblo sin pretensión / tengo mala reputación» cantó Brassens -y luego cantó Paco Ibáñez y luego cantamos todos-. Pueblo que no quedó ofendido por ello, antes al contrario, pues todas las calles de Sète llevan a la tumba de Brassens, al Espacio Brassens, al bar musical Los amigos de Brassens, o a alguna taberna portuaria que se titula con orgullo La mala reputación.
Más evocaciones. Siguiendo la misma costa hacia el sur está Collioure, una pequeña y melancólica villa (días azules y sol de la infancia) que parece vivir ajena a los imponentes Pirineos que, a muy pocos kilómetros, la hacen francesa. Lo supo Antonio Machado –que aquello no era España- y llegó allí en el invierno de 1939 para no sobrevivir a la primavera feroz del fracaso de la República. Collioure también evoca a Machado. En el mapa de la oficina de turismo se localiza fácilmente el pequeño cementerio porque sobre él figura el nombre del poeta. Su tumba casi te sale al paso en un simple paseo por la villa, y la casa en que murió, el hotel de la familia Quintana, ocupa la esquina de la Rue Antonio Machado.

La Casa Quintana está deshabitada y abandonada, eso sí es muy español. Supongo que fueron muchos, muchísimos, los españoles cultos que en los años sesenta y setenta pasaron por allí camino de Perpignan para ver el cine que Franco prohibía. Sé –por lo que luego han ido contando esos españoles cultos- que muchos de ellos llegaron a desempeñar altos puestos en la política y en la cultura de la democracia. ¿Ninguno cayó en la cuenta de que aquella casa debía ser “espacio de evocación”, Espacio Machado?, ¿ninguno reclamó fondos a la Unión Europea para rehabilitar y salvaguardar ese espacio y salvaguardar así la memoria del exilio?, ¿quedaron todos cegados por las ostentosas millonadas que Europa destinó al patrimonio intangible del flamenco?, ¿les resultó demasiado incómodo o demasiado barato pagar a un funcionario para que la tumba de Antonio siempre estuviese limpia y para que las flores que tantos allí depositan no estuvieran en botellas de plástico?…
Todo es explicable. Éste es un país de bárbaros y rencorosos. Sevilla, por ejemplo, se llevaría las manos a la cabeza si alguien propusiera colocar carteles grandes, malvas, amarillos y rojos, a lo largo de la autopista que viene de Madrid, en los que se leyera “Evocación de Machado”. Porque el poeta tuvo aquí mala reputación y los hombres del casino provinciano y los Don Guidos se han multiplicado y se han metamorfoseado en la nueva clase dirigente política y cultural. Y ninguno perdona a Machado que quisiera vivir fuera del rebaño. Qué vergüenza.


Este viaje de autonautas lo hice con Julián Oslé, tan autor como yo de las ideas de este artículo